Pedí dos malteadas grandes y parecía que todo volvía a la normalidad, mire el beige de las paredes, la luz que pasaba por los amplios ventanales y los grupos de amigos que parecían muy concentrados cada uno en lo suyo. Era una pena que yo había llegado para arruinar la paz del lugar, con las dos malteadas grandes caminé entre las mesas hasta estar parada detrás de Christopher, sus amigos que antes estaban hablando se quedaron con la boca medio abierta mientras él seguía hablando como si nada estuviera sucediendo ahí.
—Les estoy hablando —chasqueó los dedos frente a los ojos del Moreno que logró cerrar la boca y lo miró apenas aguantando la risa.
—Me parece que es porque yo estoy aquí cariño, cuando yo estoy cerca esa es la reacción de los chicos —le susurré al oído y solté una risa.
Volteó medio rostro y cuando vio las malteadas se intentó levantar, fue un intento inútil, ahora le tocaba ser a él el muñeco de lodo. Disfruté de ver como cerró sus ojos al sentir la malteada caerle y su boca se abrió mientras limpiaba sus ojos, fue una escena que si hubiera podido la hubiera filmado con mi celular para repetirla una tras otra vez.
El hielo en el fondo de los vasos los tomé y me armé de valor para meterlos dentro de sus jeans, parecía un perro con pulgas sin dejar de moverse ni un segundo.
—¡Eres una bruja! —gritó casi en un chirrido.
—Guerra de comida —gritó mi mejor amiga desde la primera mesa al entrar a la cafetería y con un sándwich en la mano se lo lanzó a la primera persona que vio.
—Esto es una lección cariño, por lo de esta mañana —le dije en voz baja cerca de él para luego morder mi labio— ¿Pensabas que tocarme era una buena idea? Ahora vez de lo que es capaz una verdadera bruja.
Me agaché y un pastelito se le pegó en la mejilla para luego caer, entonces no pude evitar empezar a reír. Fran el chico moreno quiso reírse, pero no le fue muy bien en el intento, una chica con un plato de pastas en la mano se lo pasó por toda la cara y a Richi, un chico de cabello oscuro y ojos color miel le tocó lidiar con un baño de capuchino que mi mejor amiga en persona le lanzó. Las cosas comenzaban a perder el control y cuando pude darme cuenta el odioso de mi peor enemigo me estaba lanzando una malteada extra grande de fresas.
—Con que esas tenemos —alcé una ceja que en esos momentos era invisible y me hice hacia atrás mi cabello que estaba empastado, pegajoso y que seguramente sería imposible de quitar— ¡Esto es una guerra!
Le quité a alguien de las manos un lato de pastas con albóndigas y se lo puse todo por encima, estaba a centímetros de él, tomé una albóndiga de su cabello para colocársela en la boca. Pude ver una sonrisa llena de maldad en su rostro y cuando tomó un Pay de limón en las manos retrocedí y salí corriendo de la cafetería. Las cosas dulces son lo más asqueroso de sacar del cabello y ya había tenido demasiada comida por un día en mi cuerpo.
Llegué al final del pasillo y me apoyé en la pared con un suspiro en la puerta de mis labios, no tuve oportunidad de dejarlo salir porque él estaba justo frente a mis ojos.
—¿Creías que ibas a escaparte luego de iniciar todo esto bruja? —relamió sus labios con una sonrisa traviesa y por alguna razón mi corazón se aceleró al tenerlo cerca.
—¿Pero qué dices? Yo no empecé esto, tú fuiste el que empezó todas estas bromas y esta competencia fuiste tú —traté de retroceder, pero la pared estaba allí impidiendo que no hubiera una distancia y eso me ponía aún más nerviosa.
—Voy a perdonarte que me hayas dejado así, solo por lo que sucedió hoy —tiró el pay en un basurero que estaba a nuestro lado y colocó la mano en la pared— Pensaba que me odiabas, pero me tienes cerca y te pones así.
—¿Y como me pongo? —mire fijamente sus ojos y cuando me di cuenta nuestros labios estaban tan cerca que podía sentir su aliento caliente.
—Te pones nerviosa, como hoy temprano que me golpeaste —sentí rozar sus labios tibios y húmedos.
Estaba jodida, desde el momento en que me había tocado hoy temprano lo estaba y es que cuando miraba a Christopher ya no veía al impertinente chico que me molestaba todos los días. Estaba jodida porque lo empezaba a ver como las demás chicas, lo empezaba a desearlo e incluso en ese momento lo único en lo que podía pensar era en que sentir sus labios debía ser como tocar el cielo por un puto momento.
—Puedo adivinar lo que piensas incluso si no me lo dices, la manera en que me miras —esa sonrisa de lado me hizo morder mi labio de una manera inconsciente.
Era un maldito juego, un juego que no iba a acabar bien si continuábamos, porque cuando ocurre algo así ya nada vuelve a ser lo mismo. Las bromas se acabarían y solo nos veríamos desde lejos como los chicos que alguna vez se odiaron, pero que de la nada se volvieron unos completos extraños, cada uno por su camino.
—¿Qué estoy pensando? Un tonto como tú no puede saber ni lo que pienso, ni lo que me pasa y mucho menos lo que quiero —miré hacia un lado esperando que por su mente pasara la idea de alejarse.
Contuve la respiración y un calor intenso recorrió mi cuerpo, sentí sus labios suaves y húmedos sobre la piel de mi cuello. Poco a poco subieron, recorrieron hasta mi mentón y su mano fuerte sostuvo mi cintura.
—Niégalo, dime que tú no quieres sentirme como yo quiero —susurro rozando mis labios y allí estaba mi límite.
Lo tomé por las mejillas y pegué mis labios a los suyos, tenía que ponerme en puntitas para poder llegar a sus labios incluso cuando estaba inclinado. Me hubiera vuelto una jodida bailarina de ballet si hubiera sido necesario para poder besarlo, sentí un escalofrío por todo mi cuerpo de siquiera pensar que estaba besando al chico que llevaba haciendo mi vida una miseria.
Llevaba tratando de ocultar mis sentimientos tanto tiempo tal vez porque sentía que estaba mal, o era mi madre que me había hecho sentir que él era un monstruo al cual debía de destruir.
—¡Shayla! —mis labios se separaron y ambos nos miramos— Siento la interrupción, pero hay problemas, el director te está buscando y a ti también Cris.
Me acerque a mi mejor amiga y la sonrisa sobre sus labios no se borraba, rodee mis ojos con cierta irritación, la mano de Christopher me tomó el brazo y me detuvo.
—Más tarde camino a casa tendremos tiempo de hablar de esto —alzó una ceja y se adelantó a nosotras.
—Creo que al fin te hechizó el alienígena ¿De dónde dijiste que venía? —aguantó sus ganas de reír.
—Puedo decirte donde vas a terminar si dices una palabra más o comentas algo al respecto de esto —relamí mis labios.