Buscó inútilmente con el tacto un interruptor a la derecha de la rampa, pero no lo encontró y, antes de poder intentarlo en el otro lado, las lamparillas de la rampa, igual que se habían encendido solas, se apagaron: un temporizador, se imaginó con desaliento. ¡Además, un momento después desapareció también la poca luz que entraba por las grietas! ¿Cómo? ¡La luna no podía haber desaparecido! Trató de razonar: No, debían haberla cubierto nubes muy negras y, por casualidad, había sucedido un momento después de que desactivara el temporizador de la escalera. No estaba sin embargo del todo convencido y, fuera cual fuera la razón de esa oscuridad, le invadió una lúgubre consternación al pensar en las fieras de abajo y de su imposibilidad de ver y lloró inconteniblemente. Las lágrimas cayeron d

