La oficina de Victoria estaba sumida en un tenso silencio. Su escritorio estaba cubierto de papeles, reportes financieros y contratos que había pasado horas revisando. Aún con toda la información en sus manos, el peso de la situación era abrumador. La traición dentro de la empresa de su padre había sido más profunda de lo que imaginó, y aunque sabía que el enfrentamiento era inevitable, no pudo evitar sentir un nudo en la garganta.
Un golpe firme en la puerta la sacó de sus pensamientos.
— Adelante —dijo, enderezándose en su silla y adoptando la postura de una mujer impenetrable.
La puerta se abrió y Liam Carter entró con la misma seguridad y frialdad con la que gobernaba su mundo. Vestía un traje oscuro impecable, y su presencia dominaba la habitación con facilidad. Cerró la puerta tras él y la miró con una expresión ilegible.
— He revisado cada cifra, cada movimiento bancario y cada transacción sospechosa —dijo, dejando un folder sobre el escritorio de Victoria—. Tienes un problema más grande del que imaginabas.
Victoria tomó el folder y lo abrió. Las pruebas estaban ahí, en papel y números fríos. Desvíos de dinero, contratos falsos, cuentas infladas… era una telaraña de corrupción que enredaba a los ejecutivos de confianza de su padre.
Cerró los ojos por un instante, sintiendo la presión en el pecho.
— Lo sé —susurró, casi para sí misma.
— ¿Qué planeas hacer al respecto? —preguntó Liam, observándola con atención.
Victoria alzó la vista y lo miró con determinación.
— Hacer lo que se debe hacer —dijo con voz firme—. Despedirlos, demandarlos si es necesario. Pero no puedo hacerlo sola.
Liam arqueó una ceja.
— No estás sola.
El peso de esas palabras la golpeó más fuerte de lo que habría querido. Estaba luchando por restaurar el legado de su padre, y nunca había esperado encontrarse tal nivel de maldad y traición de parte de los que se decían amigos de su padre.
A pesar de su determinación y su fuerza de voluntad no podía enfrentarse a ellos sola. Se sentía con la espalda contra la pared. Necesitaba de Liam, el hombre frente a ella, que había jurado destruir, ofreciéndole su respaldo.
Un respaldo que, por mucho que odiara admitirlo, necesitaba en ese momento.
Respiró hondo y con aire de completa seguridad dijo:
— Bien — ajustando su blazer y caminando hacia la puerta—. Terminemos con esto de una vez. Los he situado a reunión, no esperaran verlo allí señor Cárter, su presencia será muy importante en esa reunión.
Victoria le hablaba como una mujer de negocios, cubierta con una capa de autoridad que la apartaba de él como una cortina de acero.
Eso lo hacía sentir incómodo.
— ¿Que esperabas? – se dijo. — Después de lo que le hiciste no podía recibirte con los brazos abiertos.
Los pensamientos de Liam lo apartaron por unos segundos del conflicto en la empresa Ainsley, para centrarse en Victoria como mujer.
Saliendo tras ella llegaron a la sala de reuniones donde se encontraban los ejecutivos seguros de que derrotarian a Victoria manipuladola como lo habían hecho por años con su padre.
Al entrar Victoria todos se llevaron la sorpresa de verla llegar con el magnate Liam Cárter. Un hombre temido en los negocios.
El ambiente en la sala de juntas era denso, cargado de tensión y nerviosismo. Todos los ejecutivos que Victoria había convocado estaban sentados alrededor de la mesa, intercambiando miradas de incertidumbre. Sabían que algo estaba mal, que la tormenta se acercaba.
Liam se encontraba de pie en un extremo de la mesa, con los brazos cruzados, observándolos como un depredador a punto de atacar. Su presencia era imponente, su autoridad indiscutible.
Victoria se situó a su lado, con el folder en sus manos. Sus dedos estaban fríos, pero su resolución era firme.
— Gracias por asistir —comenzó, recorriendo la sala con la mirada—. He convocado esta reunión porque hemos descubierto irregularidades graves en las finanzas de la empresa.
Un murmullo recorrió la mesa. Algunos fingieron sorpresa, otros mantuvieron la compostura.
— ¿Irregularidades? —preguntó el director financiero, cruzando los brazos—. ¿De qué estás hablando?
Victoria abrió el folder y sacó una serie de documentos, repartiéndolos entre los presentes.
— Transferencias a cuentas privadas, contratos inflados, pagos a proveedores inexistentes —enumeró con voz fría—. Todo perfectamente documentado.
El rostro de varios ejecutivos palideció. Otros se aferraron a su máscara de indiferencia.
Liam dio un paso adelante.
— Para ser claros —dijo con voz firme—, esto no es una acusación. Es una confirmación. Y las consecuencias serán inmediatas.
El director de operaciones, un hombre mayor de cabello entrecano, se inclinó hacia adelante.
— No tienes derecho a tomar decisiones aquí, Carter. Esta no es tu empresa.
Liam sonrió, pero no había calidez en su expresión.
— Lamento corregirte, sí lo es —respondió con calma—. Para tu información y la de todos ustedes … Soy socio de esta compañía.
Un silencio sepulcral cayó sobre la sala.
Victoria observó cada rostro. Había incredulidad, indignación y, sobre todo, miedo.
— A partir de este momento, los responsables de estas irregularidades quedan despedidos —anunció con voz gélida—. Sus accesos a la empresa serán revocados, y sus contratos anulados.
El pánico se apoderó de la sala. Algunos se levantaron abruptamente, otros comenzaron a lanzar excusas y justificaciones.
— Esto es un abuso de poder —protestó el director financiero—. ¡No puedes hacer esto! Esto es algo que solo le compete a Victoria Ainsley, no a ti.
El hombre trataba de intimidar con sus palabras a Liam, algo imposible de lograr con un hombre como él.
Liam se inclinó sobre la mesa, apoyando las manos con calma.
— Ya lo hice —respondió, mirándolo con severidad—. Y si alguno de ustedes considera que puede desafiar esta decisión, los invito a intentarlo.
El director financiero se levantó bruscamente, arrojando los papeles sobre la mesa.
— ¡No me quedaré a escuchar esto!
— No lo harás —confirmó Liam—. ¡Seguridad!
De inmediato dos guardias de seguridad entraron a la sala.
— Acompañen a los señores fuera del edificio —ordenó Victoria con firmeza—. Sus pertenencias serán enviadas a sus domicilios.
Uno a uno, los ejecutivos fueron escoltados fuera de la sala. Algunos protestaron, otros se marcharon en silencio, sabiendo que no había escapatoria.
Cuando el último salió por la puerta se cerró por completo dejando a Victoria y Liam solos en la sala de reuniones.
Ella sintió que el aire volvía a sus pulmones.
Se dejó caer en una de las sillas, pasando una mano por su rostro.
Liam la observó en silencio antes de acercarse y tomar asiento a su lado.
— Lo hiciste bien —dijo.
Victoria soltó una risa breve y amarga.
— No sé si sentirme aliviada o agotada.
— Ambas cosas —respondió él—. Pero te prometo algo: nunca más tendrás que lidiar con esto sola… Somos socios ahora.
Ella lo miró, buscando en su rostro alguna señal de burla o manipulación. Pero solo encontró determinación.
Por un instante, se permitió creerle.
Se inclinó ligeramente y, con un movimiento suave, depositó un beso en su mejilla.
Liam sintió el calor de sus labios como una descarga eléctrica.
Victoria se alejó con rapidez, sin mirarlo directamente.
— Gracias, Liam —susurró, con un tono cargado de emociones que ni ella misma podía definir.
Antes de que él pudiera responder, Victoria se puso de pie y salió de la sala, dejándolo con el eco de su nombre en los labios.
Liam cerró los ojos por un momento, sintiendo una extraña mezcla de triunfo y vacío.
Porque, aunque había ganado la guerra… sentía que estaba perdiendo algo mucho más grande, una batalla interna que lo derrotaba cada vez que la tenía cerca.