Pude ver (en sentido figurado), el «Obvio» que tenía mi madre pegado en la frente.
—Obvio que si, Gin. No es como si me quisiera aparecer por aquí sin que supieran... —miré al frente nuevamente, pero luego oí un murmullo de su parte—... Y aun sabiéndolo ellos no vuelvo por aquí.
Solté una carcajada. —Solo relájate y deja de apretar tanto el volante.
Mi madre miró sus nudillos ya emblanquecidos por la presión que ejercía en el volante. Un rato después, relajó el agarre. Le había dicho a mi madre que se tranquilizara, pero eso no significaba que yo estuviera tranquila, no. Al contrario, no veía la hora de salir corriendo e irme a mi cita con... Arg, j***r. ¡Que no es una cita!
Una risa llamó mi atención. Miré a mi madre con todo el rostro contraído de enojo.
—Yo no le veo la gracia.
Ella volvió a reír. —Me reiría más de tu situación, pero lastimosamente no la conozco. Puse mi vista en los zapatos blancos de tacón bajo que llevaba. El auto se detuvo.
—¿Es por tu cita con Ayden?
Suspiré. —Si... digo, ¡No! ¡Que no es una cita!
Puse la vista en mi madre nuevamente. —No es una cita, ¿Verdad?
Se encogió de hombros. —No tengo idea.
Mordí mi labio con nerviosismo. —No es una cita, no importa lo que digas tú o la cizañosa de Graciela.
El silencio volvió a reinar entre nosotras. El sonido de la verja abriéndose y cerrándose fue lo único que hizo ruido por unos segundos.
—Realmente depende de cómo te lo haya perdido —dijo finalmente.
—Espera... —pero Gris ya no estaba en el auto, caminaba a la puerta de la casa de manera decidida y firme—. Mami, espera —llegué hasta ella un momento después.
—Camina recta, Ginebra.
Seguí sus instrucciones y puse recta la espalda.
—¿Como que depende de cómo me lo pidió? —seguí la antigua conversación del auto.
Se paró en la escalera que llevaba a la puerta, solo a unos centímetros de esta.
—Si, linda. Todo cuenta con los hombres. Si estaban nerviosos, si parpadeaban mucho, si tragaban saliva exageradamente, si no tenían los pies tranquilos, si no dejaban de...
—Entendí, entendí... —me crucé de brazos mientras soltaba un bufido—. Hasta de qué color tenían la ropa cuanta —dije con sarcasmo.
—No exactamente con eso, si no más con su estado de ánimo. Ejemplo, si es ropa azul...
—¿Qué pasa con la ropa azul?
Ambas miramos el dueño de esa voz. ¡Era el hombre del cementerio!
Solo que ahora no traía ropa negra, sino un pantalón de vestir n***o, y una camisa de color... Azul. La última vez que lo vi, supe que no estaba exactamente feliz con mi madre, por lo que como siempre hago cuando no sé qué hacer, entré en pánico.
—¿Con su camisa? —empecé a hablar rápidamente y sin detenerme a respirar correctamente—. Digo, las camisas en general, no la suya solamente. No, hablar de la ropa de los demás está mal... Y... Y...
Miré a mi madre, tenía una sonrisa melancólica en la cara, y al mirar al hombre pude ver que también la tenía. Al parecer me parezco más a mi padre de lo que recuerdo. Volví a mirar a mi madre en busca de ayuda.
—Steven solía hacer lo mismo cuando estaba nervioso.
No fue exactamente a mí, pero me sirvió de explicación.
Después de ese comentario, el silencio se extendió entre nosotros hasta que unas voces dentro de la casa nos trajeron de nuevo a la realidad.
—Ven, pasa. Te presentaré a tu familia.
"¿A tu familia? Gracias a ellos esto pasó".
Fijé mi mirada hacia atrás de mi para poder pedirle ayuda a Gris, pero el señor ya estaba arrastrándome hacia dentro. No sabía si esto era seguro. Podían querer matarme y mi madre no estaba haciendo nada para ayudarme.
"Y después yo soy la rara y la odiosa", dijo mi subconsciente.
—Tranquilízate Gin —esa era la voz de mi madre, que me tranquilizó tan rápido y fácil que hasta yo me sorprendí.
Nota mental: Preguntarle a todos las personas que conozco si se sienten seguras con solo oí la voz de alguien en quien confían. El hombre caminó a través de un pasillo angosto, pero exageradamente largo, que daba a varias puertas. Al llegar a la sexta puerta, el hombre la abrió, dejando así ver un comedor amplio comedor de madera.
—Familia, les presento a Ginebra. La hija de Steven.
"Voy a preguntar una cosa, y lo voy a hacer enserio... ¿POR QUÉ RAYOS ESE SEÑOR SABE TU NOMBRE?"
—Mmm... Hola —murmuré.
Hay muchas personas mirándome, demasiadas. Pánico, pánico, pánicoooo...
Una joven (de más o menos la edad de mi madre, si no me equivoco) con la piel morena y de unos ojos azules pequeños, se acercó a mí, para darme un gran abrazo de oso.
—Hola, mi niña. Ven con tu tía.
Okey... Y cómo por qué me abraza esta señora.
Los presentes de la habitación les siguieron el hilo, y se pusieron de pie para saludarme un gran abrazo. Yo ni los conozco. Qué les pasa.
Uno por uno, me iban saludando, dándome abrazos y besos como si me conocieran de toda la vida. Si les soy sinceros, tengo que decirles que de verdad se me hizo raro el sentimiento de saber que tenía "familia".
"Yo no los llamaría así. Fueron los causantes de que hoy no esté tu padre."
Pasé saliva con dificultad. Eso era cierto.