Miré por centésima vez a mi madre.
—Si no me lo dices, nunca podré saber la historia.
Mi madre hizo una mueca muy graciosa, por lo que sonreí.
—De verdad desearía que nunca tuvieras que saber esto. Pero supongo que como perdonaste a tu padre, podrás perdonar a tus abuelos.
Fruncí el ceño, "¿Supongo, dijo?".
—Todo empezó...
—Espera —la detuve mientras le tapaba la boca, ganándome una mirada fúnebre de su parte—. Primero háblame sobre tu nombre. Cómo iba, Grisdelfia, Grisdelfa...
—Grisdalnia —me corrigió.
Chasquee los dedos. —Eso. ¿Ese es tu nombre?
Gris rodó los ojos.
—Era, Ginebra, era.
—Ah... —me rasqué la frente—. ¿Y quién te lo puso? ¿La abuela?
Gris murmuró algo inaudible antes de volverse hacia mí.
—Más tarde lo hablamos, ¿te parece?
—Bien.
Otra vez se preparó para hablar. Sus ojos parecían mirar hacia adelante, pero estoy cien por ciento segura de que estaba atrapada entre sus recuerdos.
—Todo empezó un verano. Muy cliché dirás, pero era el escenario perfecto para que pasara —bajó la mirada, pero aun así pude ver una sonrisa tonta en su cara. Eso me gritaba que le encantaba ese recuerdo—. Tenía un trabajo de verano para poder pagar una bicicleta nueva para mí. Ese día, cuando iba a tomar la orden de una mesa, lo vi. Tenía esos preciosos ojos verdes tan atrapantes, ese cabello castaño tan perfecto y esa voz tan varonil que me enamoré al instante.
Me imaginé ese escenario, y sí, me dio mucha gracia, pero también mucha ternura. Eso debió sentirse bonito.
—Te gustaba mucho, ¿cierto? —le pregunté antes de que siguiera con la historia. Ella asintió a modo de respuesta.
Después de unos segundos continuó: —Solo bastó una mirada para que nos enamoráramos. Recuerdo muy bien el sonido de su risa, y el olor de su camisa —hizo una pequeña mueca de tristeza—. Él era lo más parecido a una perfecta que conoceré en toda mi vida. Pero como sabes, la vida sigue.
Mi mente creó al instante de haber oído eso, una idea super loca de lo que ella se refería.
—Lo dices porque...
Mi madre le restó importancia con la mano.
—Ya hablaremos de eso. Pero ahora, en lo que íbamos...
Jugó con el papel del barquillo de helados un momento.
Aparté la mirada de lo que ahora era mi pensante madre, y me imaginé cientos de escenarios en los que mis padres eran los protagonistas.
—Ese verano —su voz me trajo a la realidad otra vez—, cuando tu padre y yo empezamos a salir, tuve la desgracia de conocer a sus padres —alcé ambas cejas. ¿Dijo desgracia o tanto shock emocional ya me está afectando? Ella solo continuó a pesar de haber visto mi cara de duda.
» Era un día muy caluroso, y él y yo habíamos decidido que sería buena idea ir a la playa a pasar un rato juntos. Estábamos de camino, cuando en un semáforo, nos encontramos a sus padres. No lo podía creer, estaba muy nerviosa e intranquila por el hecho de conocer an mis posibles suegros. Pero no me recibieron bien.
» Resulta que, aunque los Black no eran el imperio más grande o el más poderoso, eran un imperio. Y lo más importante, no me querían en el —mi madre bajó la cabeza por segunda vez, pero esta vez, una sonrisa triste se formó en sus labios—. Aún recuerdo como me decía que me amaba, que podíamos escaparnos... —se tomó varios segundos antes de continuar con la voz rota—. Que lo haría todo por mí.
Miré al lado contrario de donde se hallaba mi madre.
Muchas dudas aun rondaban por mi cabeza, pero decidí callarme. Esperaría a que ella termine.
Pasaban los segundos, pero ella seguía en ese recuerdo tan doloroso del pasado.
—¿Qué pasó después? —me atreví a decir en medio de un murmullo.
Gris se limpió de las mejillas unas lágrimas de las que yo no me había ni enterado que estaban ahí.
Aun con todo eso, siguió:
—Haremos un salto de tiempo hasta donde las cosas empeoraron —asentí, dejándole saber que la escuchaba y que estaba de acuerdo con su idea—. Por donde empiezo...
» Bueno, era víspera de navidad, el verano había pasado y él y yo aun seguíamos en contacto. Debo confesarte que estaba muy sorprendida. Con lo que le dijeron ese día en el semáforo, pensé que nunca me volvería a hablar. Pero no fue así, ahí estábamos, él y yo frente a un pozo de los deseos. En ese que pedí ser feliz, en el mismo que pedimos un hijo.
Eso me hizo reír, querían un hijo y lo fueron a pedir en un pozo en vez de entrar en acción. Deveras que no sé en qué estaban pensando.
Me incliné para coger una botella que se hallaba entre mis pies y beber un sorbo de ella.
» Una mañana, recuerdo que lo oí hablar por teléfono. Era con sus padres. Decía que ya iba a casa y que estaría ahí para el día de acción de gracia. Cuando se volteó para decírmelo, fingí estar dormida. Sabía que no me despertaría por nada del mundo, así que lo vi vestirse y posteriormente irse.
» ¿Qué si me dolió? Claro. Aun siento ese vacío en mi alma por no decírselo, por mi culpa, perdimos el que sería nuestro primer bebé.
¿Recuerdan que tenía una botella de agua? Pues tiré toda el agua que estaba en mi boca de una manera muy dramática y poco higiénica.
—¡Ginebra! Qué modales te he enseñado, por Dios.
Me limpié la barbilla del agua que se escurrió de mi boca, mientras le daba una mirada de niña inocente.
—Perdón, es que me sorprendí.
Mi madre suspiró y me quitó la botella. —Cuando tu padre se fue a la cena con su familia, me sentí tan mal conmigo misma y tan enojada por todo, que perdí al bebé. Cuando él llegó, el 27 de diciembre para ser exactos, me encontró hecha un lío.
» Le conté lo que había pasado, y sobre el bebé. Y lo esperé todo en ese momento, que me gritara o me dejara...
—¿Te gritó? —pregunté asombrada.
—Ginebra, déjame terminar, ¿quieres?
—Ya, me callo —levanté ambas manos en señal de paz.
Ella prosiguió.
—Pero él solo me abrazó y me consoló de tal manera que... Me enamoré más de él. Ni siquiera sabía que eso fuera posible.
» Me dijo que lo volveríamos a intentar, y con respecto a la cena y demás cosas, que cuando tuviera un problema solo le dijera.
» Me sentí lo peor del mundo. Él intentando que esto funcionara, y yo comportándome como una cría inmadura. Y una vida inocente pagó por eso.
» Pero no me rendí. Había pasado diciembre, y como compensación a lo de la cena navideña, él se quedó conmigo para año nuevo. Fue mágico, pero como lo mágico no dura, otra vez volví a fallarle.
—¿Perdiste otro bebé? —la interrumpí.
Gris me golpeó con la botella, sin llegarme a hacer daño.
» Cuando me enteré de tu embarazo, le llamé. Estaba muy feliz y quería que él lo supiera. Pero no fue él el que cogió el teléfono. Fue una tal Valencia. Me sentí muy enojada, ¿qué tipo de confianza tenía como para que pudiera coger su teléfono como si nada? Quería gritarle miles de cosas, pero solo dije dicho con ella que me llamara. Iba a esperar a que él me lo explicara.
» Pasó una semana y él no llamaba. Dos, tres, cuatro, cinco... —hubo una pausa—. Fueron las peores semanas de mi vida, pero quise ser fuerte... Por ti —puso su mano sobre la mía, tocándola con suavidad—. Entonces llegó el tan esperado día en el que recibí una llamada de su número.
La miré expectante a que continuara.
» Era su madre. El ser humano más cruel e insensible que conozco y conoceré. Me dijo tanto, que tuve que colgar antes de que también te perdiera a ti —paró un momento—. No fue fácil la decisión que tomé en ese momento, pero pensaba que sería mejor para el bebé y para mí.
—Y ese bebé soy yo, obvio —mi madre me apachurro las mejillas haciendo que me queje.
—Claro que eras tú, eras una cosa tan hermosa —sus ojos brillaron al mirarme.
Estuve a punto de hablarle y dejarle saber cuánto la apreciaba por ser fuerte y cuidar de mi todos esto años, cuando el sonido de el taxímetro nos trajo devuelta a la realidad. Mi madre y yo reímos al unísono.
Ella encendió el auto y empezó a manejar por las ataviadas calles del Valley.
Como fielmente yo esperaba a que siguiera en silencio, siguió la historia:
—Esta es la parte donde decidí lo mejor para mi bebé y para mí. —soltó un bufido, como si hasta el sol de hoy lamentara esa decisión—. Decidí mudarme.