Su versión de las cosas II

1679 Words
» Me mudé a un pequeño apartamentito con una compañera de cuarto muy cariñosa, e igual de amable que me dejaba vivir ahí de gratis. » Así pasaron los meses, mi compañera de piso, mi bebé y yo contra el mundo. Fue difícil, pero lo logramos. O eso creía. Un día llegó alguien a la puerta del apartamento. Mi compañera de piso fue la que abrió porque yo ya tenía ocho meses y me pesaba hasta la vida —sonreí de lado. Definitivamente siempre fui pesada—. Hablaron un rato, alrededor de un minuto y ella lo dejó pasar. Al principio no reconocí su voz, estaba ronco, pero esa colonia... Esa colonia la reconocería donde fuera. » Cuando lo vi mi corazón saltó. Podía sentir la adrenalina corriendo por mis venas, que ahora que lo pienso, seguro ni era por él, sino por el energizante que me había bebido sin querer. Pero en fin, sentí muchas cosas y antes de que pudiera gritarle todo lo malo que sentía, había sentido y sentiría, me abrazó. Y me pidió perdón, todas las veces que se pueda en un minuto. » Y claro que iba a perdonarlo, solo quería una explicación. Y él me la dio. El día que la tal Valenciaga... Reí. —Valencia —le corregí. —Si, si, lo que sea —hizo una mueca—. El punto es que el día que ella cogió el teléfono, aunque aquí era de noche, allá era de tarde. Para la hora de comida él dejaba su teléfono en la habitación, así que al bajar y yo llamar, ella lo oyó y lo cogió. —¿Y por qué no te llamó después? —pregunté confundida. —Allá voy. Ella cambió el número de contacto, por cualquier otro número aleatorio, que resultó ser el de una abuelita irlandesa. —Entonces... Ella cambio tu número por otro, pero dejó tu nombre para que creyera que era el tuyo. —Exacto. Hice una mueca extraña. —Mi padre no era muy inteligente, ¿cierto? Ella rió a carcajadas. —Eso dije yo, pero él me explicó que jamás se le ocurrió que eso pudo haber pasado. —¿Y por qué no fue a tu casa? Se encogió los hombros. —Supongo que pensó que yo necesitaba tiempo. —O quizás lo explicó en una carta que se perdió. Mi madre me miró entre extrañada y melancólica. —Mejor continuemos con la historia. Dobló por quinta vez en la misma esquina. Me preguntó qué pensará la gente de afuera. » Después de él haberme pedido perdón y reconciliarnos, me pidió matrimonio, y ya que mi compañera de piso estaba ahí y era posiblemente mi única amiga, la hice mi dama de honor. » Recuerdo que estaba muy feliz, tanto que saltaba aun teniéndote dentro de mí. Que hay que recalcar, no eras exactamente el feto más liviano. —Ja ja —me reí sarcásticamente—. Culpa tuya por comer tanto. Mi madre ignoró lo anterior dicho por mi, y continuo. —¿Sabes qué fue lo que nos unió a mí y a mi compañera de piso tanto? —negué, y ella sonrió divertida—. Que las dos estábamos huyendo de lo mismo, y estábamos ahí por lo mismo. —¿Aún siguen siendo amigas? —pregunté con curiosidad. —Claro que sí, linda. Camilla y yo pasamos mucho, nos queremos demasiad... —¿Camilla la mamá de Ayden? —pregunté -grité, realmente- asombrada. Mi madre volvió a reír, pero esta vez con más fuerza. —Si, linda. Me puse a pensar a qué le estaría huyendo ella, parecía tenerlo todo. Pero en vez de preguntar, animé a mi madre a seguir con la historia. —La boda fue magnifica. La hicimos en la playa porque era un lugar desierto y Camilla no quería que sus padres se enteraran dónde estaba. Así que en una playa en medio de la nada, nos casamos tu padre y yo. —Pero en la foto no tienes barriga —le recordé. Ella giró el volante para doblar por una esquina, pero esta vez no por la misma esquina. Nos estábamos alejando de la cuidad. —Nos casamos cuando naciste, incluso hay una foto donde estas tú. Sonreí solo de pensar verme de pequeña junto a mi padre. Yo quería ver esa foto. —Quiero, quiero, quiero.... —repetí incesantemente—. ¡Quiero verla! Mi madre se volteó a mirarme un momento. —Cuando volvamos a casa. Asentí levemente. Pasamos varios minutos de silencio, donde ella se dedicaba fielmente a conducir, y yo a pensar. Así llegamos a una playa, estaba desierta, pero muy limpia. Seguro que era porque nadie venia aquí. No estaba en medio de la nada, pero habían playas más cerca. Nos desmontamos del auto y bajamos la pequeña escalinata que daba a la playa hasta llegar abajo. La arena era blanca y muy fina, el olor a sal me golpeó de frente y el sonido del mar era arrullador. En resumen, me enamoré del lugar. A lo lejos había una especie de altar. Asocié rápidamente la playa con la de la foto de la boda de mis padres. —¿Aquí tú y él...? Mi madre asintió. —Aquí nos casamos. Miré el lugar de nuevo. Estaba anocheciendo, los rayos de sol anaranjados estaban haciendo lo que podían por quedarse, pero era momento de irse y darle paso a la oscuridad. Caminamos hasta el altar y nos sentamos en silencio unos minutos. Luego ella habló: —Cuando tu padre y yo nos casamos, fue uno de los días más felices de mi vida. Él había conseguido una semana para pasarla con nosotras. Hay miles de fotos testigo de ello. Pero no todo fue felicidad. » Cuando cumpliste los nueve meses, sus padres querían que se casara con la tal Valencia. Él intentó negarse, pero aun así llevaron a cabo una ceremonia de compromiso. Él no asistió, él estaba con nosotras sabiendo que posiblemente sería una de las ultimas veces que nos vería. » Siempre supe que los Black eran respetados de donde venían, pero no sabía que eran capaz de hacer para que el único heredero de la fortuna Black, se casara con alguien igual de influyente. » Nunca quise saberlo, pero lo supe el día que llegué del mercado y encontré la casa en fuego. Me asusté mucho. Te había dejado con Camilla que milagrosamente te había sacado a pasear al parque. ¿Que cómo supe que fueron ellos? Porque ni se molestaron en fingir que fue un incendio, por las cartas que me dejaron y por las amenazas que recibía al día. » No podía vivir así, y se lo dije a tu padre. Él me dijo que estaba bien, que me mudara y desapareció por la puerta del hotel en el que nos estábamos quedando esa noche. » Bajé la mirada y me pregunté que qué había pasado con nuestro amor. No tardó mucho en regresar con una revista de inmuebles, y me preguntó que qué me parecía Lake's Ville. Sonreí. Esa fue en la casa donde cumplí mi primer año. Aun la teníamos. » Ahí vivimos hasta... hasta la tragedia. Días después Camilla me llamó, me dijo que me había comprado una casa cerca de ella. Que era tiempo de empezar de nuevo. Y lo más importante, que su recuerdo ya no me doliera, sino que fuera un recuerdo hermoso. Giré mi cabeza hacia el mar y dejé fluir mis pensamientos como agua. Una amistad que tenía más tiempo de lo que creía, un amorío traumado y miles de cosas más. Era mucho que procesar. Me levanté del altar y me tiré de espaldas a la arena, sin importarme ensuciarme. Convencí a mi madre de que lo hiciera y cuando pensaba en dormirme, la pregunta salió sola. —¿Quién era aquel hombre? El que estaba cuando... —¿Cuando quemaste la casa por segunda vez y estabas intentando tragarte a Ayden? Quería esconder mi cabeza en el piso, al estilo avestruz o nada, pero intenté no pensar en hacer cosas que no se pudiera hacer. —Si, ese mismo día —murmuré avergonzada. Mi madre volteó su cara hacia mi, pero yo no lo hice. —Si me respondes una pregunta, yo lo hago. Quise negarme, pero conociendo a mi madre, no me diría nada. —Está bien. Se sentó en la arena y me miró fijamente. Podía sentir como su mirada me taladraba. —¿Era la primera vez que lo hacían o ya lo habían hecho antes? —Dicho así suena como otra cosa —intenté cambiar de tema. —Ginebra —me riñó mi madre—. Limpia esa mente. Solté una risita nerviosa. —¿Por qué no preguntas otra cosa? ¿Cómo que tal me va en los estudios? —mi madre alzó una ceja, divertida por mi obvio nerviosismo—. O por el clima. Nunca me preguntas del clima. Mi madre negó riendo, pero aceptó. —Mmm... ¿Y alguna vez se han acostado? Me senté de golpe. —¿Qué? ¡Mamá! Claro que... Me quedé en el aire. ¿Acostarnos en la misma cama cuenta? Gris me volteó mi cara hacia ella. —¿Claro que qué? Quise entrarme toda la arena de la playa en la boca, pero al eso ser físicamente imposible, solo negué. —No... Era por algo que... Pasó. —¿En la fiesta? —su curiosidad cada vez era más palpable. Quise asentir, pero solo me quedé quieta. Ella me volteó hacia ella. —Podemos hablar de eso otro día, si quieres. Le agradecí mentalmente. Después de un rato más en la playa, nos montamos en el auto y nos fuimos a casa. Ya en mi cama pensé en todo lo que mi madre me había dicho. ¿Era capaz de perdonar a "mis abuelos"? No quise pensar en eso en ese momento, así que solo enterré mi cara en la almohada y me preparé para dormirme. Buenas noches, papá.
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