—Igual tenía muchas tareas que hacer —murmuré, mientras me aproximaba a la salida.
—Gin... —mi madre me empezó a seguir y estoy segura que era para convencerme de que vaya.
—Más todo lo demás que se pegue después. Como los deberes de la casa, por ejemplo.
—Gin...
—Oh sí, y la obra.
—¡Ginebra! —me detuve—. ¿Qué actitud tan egoísta es esa?
—Yo le llamo supervivencia —informé.
—Ni que Ayden fuera tóxico... —dijo Graciela, riendo—. O un zombie.
Puse mi mejor cara de perro.
—No. Es Ayden y con eso es suficiente.
Mi mamá abrió la boca, dramáticamente.
—Hija, pero si yo no te he enseñado eso. Me esforzado por años a que fueras una niña ejemplar, no una chica qué trata las personas por su pasado o...
—No me digan... —la detuve a medio discurso—. Es expandillero.
Graciela, que se estaba intentando aguantar la risa, al final no pudo y terminó regándome toda la cara con su saliva.
—Perdón, es que... —se abanicó la cara por una razón desconocida pero a la que le llamaremos drama—. Es que lo dijiste así tan... Tan normal.
Mi madre pasó de Graciela y se fijó en mí.
—No lo hagas por Ayden, hazlo por esas personas a las que vas a ayudar cantando.
—Wow, wow, alto ahí vaquero.
Graciela se tapó la nariz para no volverse a reír e interrumpir a mi madre.
—¿Cantar? ¡Pero si dejé de hacerlo hace años!
Gris intentó hacerme razonar.
—No va a ser tan difícil volver a la costumbre. Además, sólo es una canción. Hazlo por esos niños.
Tragué grueso.
—Nunca he cantado delante de la gente —Gris me acercó hacia mí para tranquilizarme.
—Vas a estar bien. Estaré ahí.
—Y Ayden también estará ahí —añadió Graciela—. Mirándote con sus grandes ojos azul grisáceo...
Mi madre le hizo una seña para que haga guarde silencio.
—Además, Alaska también irá.
—... Y Ayden también —la ayudó nuevamente, Graciela.
—Y Graciela —añadió entre dientes mi madre—. Pero no va a poder ir si la ato a un sótano, así que calladita.
Suspiré y después de un par de segundos, asentí.
—Bien, lo haré. Pero lo hago por esos niños, no por Ayden.
Mi madre sonrió, de manera cómplice.
—Seguro, querida, lo sabemos. Ahora iremos a por ese vestido.
°~~~~~°
Ya teníamos bastante tiempo en el mall. Lo suficiente como para que tres guardias de piso me hayan pedido mi número y que le sirviera de psicóloga a un par de ellos.
Qué interesante, ¿No?
—Pero elige un vestido, Gin.
La vendedora de esta tienda me había mostrado todos y cada uno de los vestidos que había en ella, pero no había encontrado nada que me atrajera lo suficiente.
—No tenemos todo el día —soltó exasperada, Graciela—. A este paso vas a ir en tanga y sujetador.
Fulminé con la mirada a Graciela.
—Me estás poniendo nerviosa.
Alzó las manos en señal de paz.
—Lo siento.
—Linda, tienes que ver esto. Encontré el vestido perfecto —Gris llegó con una caja en sus manos—. Ven, iremos al vestidor.
Suspiré, ya rendida. Cualquier cosa que hubiera en esta caja era mejor que lo que tenía, que por si no recuerdan, no tengo nada.
Seguí a mi madre hasta el vestidor más cercano.
Por alguna extraña razón los vestidores tenían cortinas semitransparentes, por lo que elegimos el último. No me sentía más segura, pero algo es algo.
Mi madre abrió la caja, mostrándome el interior.
—¿A que es precioso?
Deslicé mis dedos por la suave seda del vestido blanco.
Al tacto era tibio, a lo mejor era porque estaba en una caja, pero aún así me enamoré al instante.
—Es muy hermoso... —murmuré—. Pero debe ser muy caro. No quiero que pagues tanto por algo que solo usaré una noche.
Gris me regaló una media sonrisa.
—No te preocupes por eso, Linda, la dueña es una amiga mía y me va a rebajar un poco el precio.
—Está bien. Pero sólo porque tú me obligas.
Gris soltó una carcajada.
—Te dejo que te lo pruebes —justo antes de salir, pareció recordar algo—. Oh si, ¿Cómo lo olvidé? Antes hay que probarte los tacones.
Seguí a mi madre hasta llegar a donde anteriormente me encontraba.
—Graciela —Gris le habló a mi mejor amiga—. Los honores.
Dramáticamente -como siempre-, Graciela sacó unos louboutin de detrás de su espalda.
—¿Y? ¿Qué te parecen?
—Son... Hermosos —balbucee, con cara de un anuncio de comercial barato.
—Lo sé, póntelos —chilló Gris, dando "saltitos".
Saltitos en unos tacones de doce centímetros. A veces dudo de sí mi madre aprecia su vida realmente.
Me senté en una butaca para probarme los tacones junto a mi madre, ya que Graciela se excusó con que se iba a buscar a alguien que también quería buscar un vestido, o algo así.
En lo que ella llegaba, caminé un rato con los tacones para acostumbrarme y ver si no me rompía el cuello, hasta que la voz de Graciela me hizo darme vuelta.
—Mira a quienes encontré, Gin. Son los Hilfiguer.
Justo cuando dijo eso, mis ojos se fijaron en una figura es especial. En la de Ayden Hilfiguer.
Fue todo lo que necesité para caer de manera dramática, llevándome los zapatos que tenía anteriormente puesto en los pies, y caerme de boca.
—¡Pero Ginebra! —mi mamá corrió para ayudarme a levantarme, pero como buena hija que soy, me quedé tirada en el suelo.
Señor, ya llévame. Tenme piedad.
Nikolas (el señor Hilfiguer), Ayden y Alaska se acercaron a mí, al verme caer.
—¿Pero qué pasó, Ginebra? —preguntó el padre de Alaska, acercándose a mí para levantarme—. No te hiciste daño ¿verdad?
—No realmente —murmuré mientras inútilmente trataba de ponerme de pie.
—Y eso señoras y señores, se llama morir con estilo —se burló de mi, Graciela.
—Gracias por tu apoyo moral, Graciela.
—Lo siento, pero no es mi culpa. ¿Viste tu cara? —se burló de mi la rubia.
Alaska le dio una golpe suave en el hombro.
—Ya déjala, Graciela.
—Es que... —Alaska volvió a golpearla.
—En cuanto a ti, Gin —Gris me sostuvo de los hombros mientras me miraba de frente—. ¿Cómo te caíste?
—Es que no vi los zapatos —me excusé.
—O viste demasiado de los Hilfiguer —murmuró Graciela mientras reía con malicia.
—Piérdete, animal... —le gruñí, enojada.
Me volví sobre mis zapatos, para irme al vestidor a morirme, pero fallé épicamente cuando volví a chocarme con alguien.
Ayden me sostuvo por la cintura para que no me cayera otra vez, y al hacerlo, me acercó a su cuerpo.
"Gin, Gin... ¡GINEBRA!"
Me separé de él de golpe, con una sonrisa forzada en el rostro.
—Voy a... Si, a eso.
Me fui caminando a paso rápido y con la cabeza gacha al vestidor.
Ésta será una noche larga, sin lugar a dudas.