Lunes, 7:56 a.m. Inicio del año escolar.
Hoy será un gran día. Las flores, los árboles, el sol...
Bip Bip Bip...
El horrible sonido de la alarma es lo primero que me asusta, y por supuesto, seguido de la dulce voz de mi madre:
—Ginebra, levántate por el amor a Cristo. ¡Vas a llegar tarde!
¿Tarde a dónde?
Ignorando la llamada de mi madre y la horrorosa alarma, me coloco mis audífonos que estaban en la mesa de noche y me vuelvo a dormir, enterrando mi cara lo más posible en la almohada para no escuchar sus gritos.
°~~~~~°
Me encontraba en una fábrica. No sabría decir exactamente de qué es, pero sé que es una fábrica.
—¿Hola? ¿Hay alguien aquí?
Caminé un poco por los alrededores, intentando encontrar una salida, o al menos a alguien que pueda ayudarme.
El olor a putrefacción llegó hasta mis fosas nasales y como por arte de magia, apareció una rata gigante en frente de mí.
Suelto un grito de horror al ver sus dientes podridos y su apariencia andrajosa.
El olor a mugre llegó hasta mis fosas nasales, dándome arcadas al instante.
"Creo que los dulces sueños que te deseó tu mamá no están funcionando", me susurró mi subconsciente.
La rata empieza a aproximarse, por ende, empiezo a correr en dirección contraria.
La rata no era muy gorda, así que me estaba ganado terreno con rapidez. Con el miedo a que me atrape, intento subir una escalera que hay en la fábrica, pero la rata se me sube encima, haciendo que ambas caigamos.
De la nada, debajo de nosotros no hay nada, solo pura oscuridad.
—¡Suéltame, sucia rata con mal aliento! —grito con desesperación, mientras caemos al vacío.
Y a continuación, una bofetada.
°~~~~~°
Me despierto exaltada por lo real que fue ese sueño y por lo real que se sintió la bofetada.
Observo ceñuda en el lugar donde me encuentro. Es mi habitación, sí, pero yo estoy en el piso.
El sonido de los tacones de mi madre rechinar contra el suelo hace que me vuelva a mirarla.
Esta está de cuclillas junto a mi cabeza y muy, pero que muy cabreada.
—Jovencita... —empieza mamá. Su tono me deja saber al instante que está enojada. Y es de esperarse, seguro que va tarde por mi culpa—. De veras me encantaría saber quién es la afortunada sucia rata con mal aliento, protagonista y dueña de tus sueños.
Abrí y cerré la boca como un pez un par de veces, antes de enterarme que nada saldría de esta.
—Bien, suponiendo que no vayas a decirme, tengo para decirte que vamos tarde —miró su reloj con impaciencia—. Te doy quince minutos para que te bañes, te vistas y desayunes.
—Si, si, ya voy —me puse de pie de un salto mientras con una mano me quitaba la saliva seca que se me salió, y que ahora tenía pegada a la cara mientras dormía—. Y no me esperes, ya vas muy tarde.
Gris, que es el nombre de mi madre, sonríe con dulzura.
—No tardes mucho tú tampoco —me dice, despidiéndose de mi con un beso en la frente. Después de desearme un lindo día, se marchó.
Bien. Sola en casa y tarde a la escuela, como siempre.
Como bajé tarde no pude llegar a tomar el bus, por lo que me tocó irme al colegio corriendo, ya que Naldo, mi mejor amigo (el único que tiene auto de mi grupo social), no respondía el teléfono.
Traspasé la puerta de entrada a Saint-Valley rezándole a todas las vírgenes que me acompañaran, porque lo mínimo que necesitaba ahora es que uno de los maes...
—¡Gi-ne-bra! —me detengo de golpe, como si en el piso hubiera pegamento instantáneo, al oír el grito histérico de la profesora de Historia.
¿Creen que se haya enojado?
"Nah, qué va, si ella te ama", me dijo con sarcasmo mi subconsciente.
Sí, ya entendí.
—¿Sí, Profesora linda?
Aunque uso mi mejor tono de «Yo no rompo ni un plato», no funciona, porque la Profesora seguía ahí, como si le hubiera quitado el marido.
"Aunque dudo que tenga", vuelve a susurrarme mi subconsciente, tan sarcástico como siempre.
—Su tonito no funciona conmigo, Ginebra —me informa con altanería—. Quiero que vaya a la dirección del director, ¡Pero ya!
—Seguro, no es como si hubiera otra dirección en esta escuela —susurro, con el odio tiñendo mis palabras.
Bufo, fastidiada por lo mal que va este día sin siquiera ser las doce y sigo mi camino a la oficina del director.
No me adelanté ni diez pasos, cuando siento como entra la profesora a su curso de un portazo.
—Que carácter —murmuré.
Otros veinte pasos se sumaron a mi caminata hasta mi castigo seguro = la oficina del director Monroe.
Pasando los pasillos del baño de los maestros, siento como alguien hala de mi mochila, arrastrándome por varios pasillos, hasta finalmente, llevarme a la cafetería.
—¡Hola! ¿A que me extrañaste, enana? —pregunta, sonriente.
Miro a mi mejor amiga como si estuviera loca, y es que está loca.
—¿Qué rayos, Graciela? ¿Otra vez saltándote clases?
Graciela se ríe, y me tira una mirada de «obvio microbio». Al ver que me quedo mirándola ceñuda, abre sus brazos mientras sonríe exageradamente, esperando un abrazo.
—Venga para acá.
Le doy un fuerte abrazo.
—Te extrañe muchísimo.
Ella rió. —Lo mismo digo.
°~~~~~°
—Te lo juro, no me lo podía creer ¡Esta aquí! Te va a dar un infarto cuando lo... ¿Acaso me estás escuchando?
Después de encontrarme a Graciela en el pasillo, me convenció de no ir a la oficina del director y en cambio, quedarme con ella a la cafetería y comer donas rellenas hasta el cansancio.
Si, no hagan esto en casa... Ni en la escuela.
—Lo siento. ¿Qué me decías? No te escuché —digo a modo de disculpas.
—¡Arg! Que hay un chico nuevo, bueno, son cuatro y creo que sabes quienes son.
—¿Cuatro? —hablé, con la boca llena de donas glaseadas y nutella—. No sé quiénes pueden ser. Dame pistas.
Ella bufa, divertida.
—Claro que no vas a saber ¿Cómo te va a entrar la información, si te estas ahogando en las donas?
—No metas las donas en esto —le gruñí, mientras volvía a morder la dona.
—¡Oh, por Dios! ¡Está aquí! Así que hagas lo que hagas... —empezó Graciela a susurrar, muy emocionada.
—¿Qué? —pregunté, confundida.
—... No mires hacia atrás.
—¿Por?
Ella se acercó más a mí, creando un círculo confidencial, mientras sonreía con picardía.
—Porque acaba de llegar «Tu peor pesadilla».
—¿En serio? Y después dicen que yo soy la... Dramática. —terminé, mientras tragaba grueso. Ya entendí—. Dime que es mentira.
Frunció el ceño.
—Pues cómo te explico que el chico que acaba de entrar a la cafetería es totalmente real, nada ficticio y que está comprando un café.
Posé mi cara en la mesa se cafetería, respirando lentamente, como si por respirar fuerte fuera a percatarse de mi presencia.
—No, no, espera. No es un café, es un smoothie.
—Es imposible confundir un café con un smoothie —murmuré.
Graciela me miró, arqueando un ceja.
—Al menos míralo, no es como si te fuera a ver.
Me voltee en cámara lenta, tratando de que no me notara, pero él ya no se encontraba allí.
—Mira, Graciela, parece que ya se...
Un cuerpo pasó por delante de mí, embriagándome con ese aroma tan familiar por un instante.
Traté con todo el autocontrol que tenía no salir corriendo como un desquiciada y no volver jamás.
Giré mi cabeza lentamente hacia su dirección para poder verlo.
Él estaba hablando con Graciela, pero yo no oía, mis oídos estaban entaponados por la histeria que dominaba mi cuerpo.
Él se arregló el traje escolar, mientras terminaba de hablar con Graciela y fue entonces que me miró.
Sus ojos azul grisáceo se posaron en mí y una sonrisa maliciosa se deslizó sobre sus labios color rojo cereza.
Señoras y señores, con ustedes... Mi peor pesadilla.