—¿Pero por qué me miras así?
La rubia ceniza hizo un puchero sacando exageradamente el labio, ganándose una risa por parte de Graciela.
—Por nada —dije con sarcasmo—. Puro placer el de acosar personas en medio del descanso.
—Ginebra, ¡Yo no he hecho nada malo! —se defendió, Alaska.
Instintivamente alzo una ceja mientras me recuesto de la mesa del comedor.
—Me traicionaste —murmuro.
Ella frunció el ceño para hablar, pero Graciela la detiene.
—No, no lo hizo. Estás exagerando.
—Si lo hizo. Realmente, ambas me traicionaron.
Graciela bufa, mientras rueda los ojos y murmura un «Exagerada».
Alaska vuelve a hablar, pero esta vez, defendiéndose.
—No te traicione, Gin... Es mi hermano.
—Is mi hirmini —repito infantilmente mientras revuelvo las patatas fritas de mi desayuno. Hoy no tengo hambre.
—Oh vamos, es Alaska, la cosa más inocente y tierna del planeta. Nunca traicionaría a nadie y mucho menos a su amiga.
—¡Exacto! —dice ella, dándole un codazo suave en el abdomen.
Miro de reojo a el lado derecho de la cafetería.
Devon, Cameron, Dembert, Elissa y los demás "populares" de esta secundaria están en la mesa de más al centro, siendo como siempre, el centro de atención.
Pestañeo un par de veces debido a que Graciela está tronando sus dedos frente a mí.
—Hey, tierra llamando a Ginebra.
Me quito a los chicos de la mesa del centro de la cabeza y les presto atención a mis mejores amigas.
—Si, lo siento. Me fui un rato.
Alguien hala la silla que queda al lado de mí y se sienta, captando mi atención.
—Buenos días, habitantes de esta deprimente escuela. Yo les digo hola —dice, mientras deja su bandeja en la mesa.
Sonreí.
Naldo, como siempre, llevaba su cabello castaño alborotado, su gorra hacia atrás y una pequeña sonrisa en su cara. Se supone que no se permiten las gorras en el instituto, pero es el hijo del director. Quién le diría algo.
Sus ojos color gris se posan en mí, mientras me devuelve la sonrisa.
—¿Ya supiste?
Toda la alegría que había logrado reunir en el día se va al caño ante la mención de esa sola pregunta.
—Si, gracias por la información, pero ya me la dieron —miro a Graciela y a Alaska, con los ojos entrecerrados.
Naldo muerde su hamburguesa, pero no quita su vista de mí.
—A lo mejor ahora que maduraron se puedan llevar mejor.
—¿Madurar? —Graciela bufa—. Madurar es para frutas.
—Y crecer para plantas —añado yo.
Naldo frunce el ceño. —¿Eso es lo que te dices cuando recuerdas que eres enana?
Ruedo los ojos.
—No soy tan enana, deja de molestarme con eso.
Graciela y Naldo comparten una sonrisa cómplice.
—Si, ajam, perdón.
—Yo soy más pequeña que ella y nunca me molestan con ello —dice Alaska, confundida.
Naldo la señala, con un dedo lleno de mayonesa. —Eso, es cierto.
—Pero también es cierto que eres menor que nosotros, por lo que...
Y la puerta se abre.
El que abrió la puerta o tiene un mal día, o quiere llamar la atención. Yo no sé ustedes, pero yo voto por la segunda.
—No... —murmuro —. ¿Por qué no se quedaron por ahí?
Y entran ellos, los... ¿Teletubbies? Son cuatro y todo.
"Eso, Ginebra. Casa día te superas más."
—Muy linda mañana a todos —el primero en acercarse a la mesa es el pelinegro de ojos oscuros alias Marco.
Es el más gracioso y sociable de todos... Igual patán, pero quedémonos en sociable.
Cuando Marco se sienta le soba la cabeza a Alaska de forma amistosa mientras le murmura algo referente a su hermano que no logro oír.
—¿Qué hay de ustedes? No las vi en los vacaciones de verano. Adivino, Ginebra a Australia, Graciela en la playa, y... ¿Caldo? Socializando con los reprobados.
Yo sonrío, encantada, mientras Naldo y Graciela ruedan los ojos.
—Míralo del lado bueno, Marco —dice Graciela, mientras finge emoción—. Si algún día decides dejar la escuela, tendrás trabajo de adivino.
—¿Tan temprano y soltando veneno? —como imaginé, le sigue Chris. Ese tan sarcástico y venenoso Chris—. ¿Qué se supone que desayunas?
Alzo una ceja viendo que tiene un par de líneas rojas en el cuello que bajan hasta perderse por su camisa escolar.
—No se admiten preguntas.
—¡Buenas! ¿A que me extrañaron? —a este le sigue Harry, el mujeriego del grupo, con una bandeja vacía en mano y en la otra, un teléfono celular.
—¿Y para que se supone que es la bandeja? —pregunté, mientras la señalaba.
—Ah —se rascó la cabeza con el móvil—. Ya sabía yo que olvidaba algo —murmuró.
Las risas no tardaron en aparecer.
—¡Harry! —gritó Elissa, mientras se ponía de pie desde su asiento y se acercaba a nosotros, contoneando las caderas de manera exagerada—. No sabía que volvías hoy.
—Y yo supuse que nunca volvería —murmuré, pero todos lo oyeron.
Las risas volvieron.
—Hola, cariño —él abrazaba a Elissa, pero no dejaba de mirar a Graciela con ambas cejas alzadas.
Si, eran así de dramáticos siempre.
Entonces, lo veo... Un montón de pelo dorado y a continuación, se oye su voz.
—Hermoso, ¿Estamos recreando una escena del Titanic? ¿Qué son los demás? ¿Los peces?
Harry ríe y manda a Elissa a su lugar, prometiéndole que se verán entre clases. Luego se ajusta el pantalón y se sienta.
El almuerzo pudo haber pasado así, entre silencios incómodos y comentarios de doble sentido por parte de Marco, pero no, siempre hay alguien que no lo soporta y se larga. En este caso y como siempre, fue Naldo el que se puso de pie.
—¿Ya te vas? —preguntó con ilusión, Chris—. Qué bien, pensé que no lo harías nunca.
Naldo bufa, frustrado, como si el simple hecho de saber que Chris aun respira lo agotara.
—Una. Sí, me voy, ¿Feliz?
—Muy —dice este.
Naldo suspira, ya harto de él.
—Y dos... —nos señala a Ayden y a mí.
—¿Que yo qué? —pregunta Ayden, ceñudo.
—No jodas a Ginebra. Es el primer día, déjala respirar un rato. No quiero más problemas con mi padre.
El rubio frunció el ceño, mientras me miraba.
—Pero si yo nunca hago nada.
Exhalo de golpe.
—Ya terminé. Me voy contigo, Naldo.