Bienvenidos a Saint-Valley School II

1249 Words
Exhalo de golpe. —Ya terminé. Me voy contigo, Naldo. Por un momento pienso que vi celos y culpa en los ojos de Ayden, pero tan rápido como lo vi, se esfuma. Graciela también se pone de pie. —Si, yo también me voy. Alaska, ¿Vienes? Alaska duda por un momento, pero luego de mirar de reojo a su hermano, niega. —Nos vemos en química —dice como despedida. Me pongo de pie y camino a la salida de la cafetería con los chicos, pero aun así puedo oír lo que dicen en la mesa del centro. «A lo mejor ya no moja la falda escolar», «Quizá ya no llore si le hablamos». Las lágrimas se acumulan en mis ojos. Dije que iba a dejar de llorar, que no valía la pena, pero aun así duele. Habían pasado años desde que dejaron de pisotearme porque ya no se los permitía, pero a veces, algo dentro de mi se volvía a romper. Camino más rápido, ignorándolo todo. Corro por los pasillos, ignorando los gritos de Graciela y Naldo. —Eh, ¿A dónde vas? Naldo me toma de la cintura, frenándome. Lo abrazo con todas mis fuerzas, enterrando mi cabeza en su cuello. —Ya olvídalos. Son unos hijos de... Graciela llega hasta nosotros, jadeante. —Ser hijo de director... —respira—...no te hace inmune a los castigos por las malas palabras, ¿Sabes? Naldo niega, pero aún sin verlo sé que tiene una mueca de fastidio. —Oye, Gin... —Graciela me abraza por la espalda—. No les hagas caso. —No lo hago. Es solo que aveces lo recuerdo y me duele. —Si, lo sé, pero... —¿Podemos irnos? —¿Qué? Saco mi cabeza del hueco del hombro de él para que me puedan escuchar mejor. —¿Qué si podemos irnos? —Ya te escuchó a la primera —me informó, Graciela—. Era más un «¿Qué?» de «Medícate, loca», que un «¿Qué?» de «No sé de qué me hablas». Naldo la miró, extrañado. —¿De dónde sacaste eso? Ella se encogió los hombros. —Un libro. —Oigan —llamé su atención, zarandeándoles del hombro—. Solo serán cinco minutos, volveremos antes de que suene la campana. °~~~~~° 15 minutos más tarde... —Si, antes de que suene la campana —murmuró Naldo. —Perdón. Él suspiró e hizo un ademán, restándole importancia. —Igual no estaba de humor para ceremonias de presentación. Habíamos decidido irnos a mi casa porque no podíamos volver al instituto. Ahora, por qué la mía. Según ellos porque era la única que estaría vacía, pero yo sé que es para comerse mi comida. Graciela bufo. —Estoy aburrida. —Es normal en ti si no estás ligando con cualquier idiota o molestando —le dijo Naldo mientras doblábamos la esquina. El tema se quedó en el aire y seguimos caminando. Vamos llegando a mi casa, cuando Naldo me frena y se esconde detrás de un palo de luz. —¿Quién crees que eres? ¿Peter la anguila? —pregunta Graciela, divertida—. El que canta: Este es el estilo de... —¡No! Calla. El auto de Gris está en el parqueo de la casa. —No, no lo creo —miro con atención las ventanas, intentando ver algo, pero no hay movimiento de nada—. Hoy iba a hacer algo muy importante. —Ya la oíste genio. Sigamos —y como si fuera Dora la Exploradora, Graciela se va caminando, dando pequeños saltitos de vez en cuando. —Pero si es ella... —me susurra, Naldo. —Estoy muerta, lo sé —completé. Así llegamos a mi casa: Graciela dando saltos como Dora la exploradora, Naldo escondiéndose detrás de postes de luz y buzones como si fuera un espía y yo, la única normal, caminando derecho a mi casa. Llegó el momento de abrir la cerradura con las llaves que se suponía que yo cargaba. Adivinen qué... No las cargaba conmigo. —¿Cómo qué no las traes contigo? —me pregunta Naldo, confundido. —¿Cómo se supone que ibas a entrar? ¿Por la ventana como un ninja? —dice Graciela, mirándome con reproche. Ruedo los ojos ignorando lo que dijo anteriormente Graciela, y empiezo a bordear la casa. —¡Ginebra! ¿Ginebra, qué se supone que estás haciendo? —entre Naldo y Graciela se las arreglan para seguirme todo el patio lleno de arbustos, árboles y flores obviamente no necesarias para el diseño de la casa. Creo que necesitamos un jardinero pronto. Ignorando la pelea entre Naldo y Graciela (que esta ya ni sé por qué es), entro a la casa a buscar un vaso de agua fría, muy fría. No sé por qué esos dos no pueden llevarse bien y ya. —No creo que eso te haga bien, y lo sabes —dice mi mamá, que obviamente no vi al entrar. Al levantarme tan rápido, choqué con una de las divisiones de la nevera y así, regando todo en el piso. ¡Genial! Simplemente genial. —¡Mamá! —grité. —Hija, no hay necesidad de gritar —Gris, con toda la calma del mundo (que obviamente no es propio de ella), se acerca a una laptop que hay en el desayunador y a... ¿Un maniquí? ¿Que cómo no lo vi? Estoy media ciega, no es nada que no supieran. Graciela y Naldo saludan a mi madre y no tardan en perderse en el armario que está en la cocina, que según la revista original de la casa era para ropa, pero que está lleno de comida. —Hija, hace mucho no voy a la secundaria, pero estoy cien por ciento segura de que no termina a las... —Gris mira el reloj de su muñeca, con tranquilidad—...once. —Yo... —miré al armario, pero Naldo y Graciela aún no salían—...olvidé... —miré nuevamente buscando ayuda, pero ya ni se oía nada—...¿La hora de salida? Mi madre deja de mirar el diseño buscando errores para mirarme. Puedo ver como alza una ceja y después, sonríe divertida. —Aww, hija, eres justo lo que necesitaba. Una distracción. —¿No se supone que no estarías en casa? —digo, cambiando de tema rápidamente para evitarme un obvio castigo. —Si, pero necesitaba desestresarme —dice, sonriendo inocentemente—. Oye, ¿Es cierto que Ayden ya llegó? —¿Cuánto tiempo era de castigo? —Gris rió. —Ay, querida. Si te gusta no tienes que fingir. —¿Qué? ¡Mamá! ¡No! —chillé. Graciela (que se dignó a dejar de comer para venir a "ayudarme"), se reía descontroladamente, mientras se limpiaba las lágrimas imaginarias de su cara. —¿Qué tal si le invitamos a cenar? —propuso mi madre alzando las cejas y bajándolas rápidamente. —No, mamá, no... —¿O qué tal si le invitamos a un helado? —volvió a preguntar mamá desinteresadamente, mientras me desenreda el pelo con los dedos. —¡No! —sentencio al instante. —¡Si! —chilla rápidamente Graciela—. Hoy se come he-la-do, hoy se come he-la-do. —Estás pérdida —murmura Naldo mientras abre una funda de nachos gigantes. —Esos nachos no son tuyos —digo, gruñendo. —Ups...
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