—¿Y? ¿Ninguno de los dos va a cooperar? —preguntó con mirada acusadora, mi madre—. Solo es una pregunta, chicos.
Gemí con molestia mientras escondía mi cara entre mis manos.
Ya era horrendo el hecho de estar aquí sentada y con esa pregunta en el aire, ya pasaba a ser tortura.
Volví la mirada hacia mi madre, que esperaba ansiosa una respuesta de parte de cualquiera de los dos, a su pregunta.
Noté con horror como me salía sudor de partes del cuerpo que ni siquiera sabía que sudaban y todo por una respuesta.
¿La razón? Fácil. No la tenía. No tenía la respuesta, porque no sabía qué pasó.
Pero de algo si estaba cien por ciento segura, no habíamos hecho nada.
"Que tu recuerdes querida, que tu recuerdes...", susurró mi malicioso subconsciente por quinra vez en el día.
Solté un suspiro, y a continuación, se oyó la misma pregunta de hace cinco minutos, pero a lo que ninguno de los dos podía responder.
—Ginebra y Ayden... —expresó con cansancio mi madre, antes de que Ayden la cortara.
—¿Por qué Ginebra primero, y no Ayden? —se oyó un bufido a nuestras espaldas.
Gris de rascó la frente, mientras suspiraba con una mueca en la cara que quería tapar una obvia sonrisa.
—Bien —volvió a empezar mientras sonreía—. Ayden y Ginebra, me dirán...
—¿Y por qué el primero? Recuérdenme —la corté, sin darle la oportunidad de terminar.
Mi mamá alzó ambas cejas, y por segunda vez, bufó.
—Ginebra —me amenazó—. Soy tu madre, respeta cuando esté hablando. Gracias.
Ayden se rió de mí, por lo que hice una mueca.
—Perdón. Pero debes saber que nada de esto es o fue mi culpa —me limpié de toda culpa, dejando a Ayden en el medio.
Él reprimió una sonrisa y comentó con sarcasmo: —No, no qué va. La casa era tuya y estaba a tu cuidado. Hiciste una fiesta y quemaste la casa —hizo una pausa en la que volteaba su silla hacia mí, para mirarme fijamente—. Yo no veo otro culpable, y cualquier otra persona con sentido común, sabría que lo eres.
Puse mi mejor cara de indignación.
—¡Eso no es cierto! —chillé—. Soy una persona muy responsable. Eso solo fue un pequeño accidente. Un pequeño...
Sentí como todos me miraban fijamente.
—Si Ginebra, sigue —me "animó" Ayden—. Un pequeño accidente y qué más.
Negué lentamente mientras finalmente me rendía.
—Bien, si fue mi culpa. Ya puedes castigarme, mami. ¿Pero por cuánto lo harás? ¿Tres días? ¿Una semana?
Mi madre rió sin gracia, pero en sus ojos había una pequeña pizca de satisfacción.
—No, no linda. Nunca te castigaría una semana por lo que hiciste...
La miré ilusionada.
—¿Enserio?
—No, Gin. Claro que no... —respondió con calma. Estuve a punto de gritarle y un "En tu cara Ayden", pero todo esa idea de ganadora se fue al caño cuando mi madre prosiguió—. Un mes como mínimo.
—¿QUÉ? —estoy segura -no, segurísima-, que si esta escena hubiese sido parte de una caricatura, mi quijada hubiera terminado en el suelo y mis ojos fuera de su lugar, cayendo al piso cómicamente.
Inmediatamente grité, mi madre me regañó con sonoro "GINEBRA, LAS DAMAS NO GRITAN". Irónico eh, porque ella me lo dijo gritando.
Me puse en pie y empecé a caminar en círculos alrededor de la silla en la que anteriormente estaba sentada.
Estaba enojada con todos, no podían hacerme eso, yo era buena, solo quemé mi... Casa.
—No puedes hacerme esto, mami. Todo esto es culpa de Ayden, créeme —en ese momento, entró a la habitación una señora de edad avanzada. Llevaba un bastón en la mano derecha y en la izquierda venía Nikolas, sosteniéndola.
Gris me hizo un ademán para que cerrara la boca y me sentara.
Nikolas guió a la señora de edad por la sala y la colocó en uno de los muebles del centro de la sala.
Llevaba su pelo blanco canuco atado en un moño bajo, traía un vestido azul agua y un par de sandalias sin tacón blancas. Unos pendientes de perlas (que se veían muy pesados) colgaban de sus orejas.
En fin, conozcan a Lilly viuda de Hilfiguer, la abuela de Ayden.
—Abuela —la saludó el demonio en lo que se acercaba a ella, para besarle el dorso de la mano (después de que todo los demás que la conocían ya la habían saludado), y sentarse a su lado—. ¿Cómo sigues, abuela?
Quien lo ve cree que es un caballero. Aunque si es un caballero, cuando no está ocupado en hacer mi vida miserable, claro.
La abuelita, al no tener los auriculares, escuchó algo muy diferente a lo que su nieto le dijo.
—¿Que qué dije? Ay Chexter, hijo, si yo no dije nada. Y después dicen que yo soy la que estoy vieja —reprimí las ganas de reírme a carcajadas por la cara de desconcierto de Ayden.
El joven se colocó al frente de ella, poniéndose de cuclillas.
"Uy, mira Ginebra, que bonito. Son grises...".
—Abuela, no soy Chexter, soy Ayd...
—Si, si hijo, ya lo sé. Eso fue lo que dije, Chexter —Ayden volvió a su lugar con cara de desconcierto, pero por dos.
Pobrecito.
Oh, a quién engaño, lo estoy disfrutando.
Sin quererlo, solté una risita baja.
Lilly fijó su mirada en mí.
—¿Y tú quién eres, cosita preciosa? ¿Eres la novia de Chexter? —me reí de la mueca que Ayden hizo.
Me senté en la silla a la que anteriormente le daba vueltas y fijé mi vista en la anciana.
—Yo... Ni siquiera sé quién es Chexter —le confesé.
—¿Cómo que no querida? El mellizo de Dexter, ya sabes, los pelinegros. Aunque no estoy realmente segura de porque ahora Chexter es rubio... —miró a Ayden, ceñuda—. O eres Dexter. Aunque Dexter también es pelinegro...
Bien, esta puede que sea una larga tarde.