¡Están los dos castigados!

1000 Words
—¿Cómo que no querida? El mellizo de Dexter, ya sabes, los pelinegros. Aunque no estoy realmente segura de porque ahora Chexter es rubio... —miró a Ayden, ceñuda—. O eres Dexter. Aunque Dexter también es pelinegro... Todo el mundo en la habitación reprimía las ganas de reírse, menos Ayden que obviamente no le veía la gracia con que lo compararan con ese tal Chexter o ese tal Dexter. Además, es imposible confundirlos. Ayden rubio como el sol, Chexter y Dexter pelinegros como... La noche. "Que profundidad de palabra, ¿No creen?". Ayden suspiró con pesar. —Mejor te pongo los lentes —murmuró Ayden, mientras le hacía señas a el ayudante de la anciana, para que se los pasara. El ayudante tardó solo un par de segundos en dar con los dichosos lentes que se encontraban en uno de los bolsillos exteriores de una gran maleta negra que se hallaba en el suelo, cerca de la puerta. —Qué gran idea Dexter, la de ponerme los lentes digo, porque después no dices más nada con sentido. Ayden hizo de sus labios una línea fina, mientras ayudaba a su abuela a ponerse los lentes. —¡Ah Ayden, mi nieto más bello! —exclamó ella al ver a Ayden. Nikolas sonrió... esperen, ¡Sonrió! —No se cómo te pude haber confundido con Dexter, eres más bonito —le pasó una mano por el cabello a Ayden, como si de un cachorro se tratarse. "Eso señora, sígale subiendo el ego a Ayden, que aún no se ve desde Marte". —Y con Chexter también, abuela —a pesar de que aún la señora decía cosas muy despistadas y dignas de un libro de relatos, al parecer se llevaba bien con todos. —Ahora en cuanto a ti, jovencita —toda la atención de la sala se dirigió hacia a mi—. ¿De quién eres novia, por fin? Nikolas se puso en pie antes de darme la oportunidad de responderle a la abuela. —No saben cuanto me encantaría quedarme a saber de quién es novia Ginebra, pero tienes que desayunar, madre. —Ya estoy grandecita, Nikolas. Se qué hacer y cuándo hacerlo. —Madre... —¡Te dije que no quiero! Nikolas bufó. —Traeré el desayuno solo por esta vez —le dio un beso en la mejilla a su madre y se perdió por las puertas del pasillo junto al ayudante de su madre. —Yo iré a vigilar que todo esté bien allá —la madre de Ayden se puso de pie y copió el acto de su esposo, dándole un beso en la mejilla a su suegra. —En fin —comenzó mi madre—. Sobre tu castigo, Ginebra. Te tocan dos meses sin teléfono y sin salidas. "Qué teléfono, si no lo tienes". —¿Qué? No —chillé enojada, porque (según yo) no era justo—. Todo es culpa de Ayden. Por qué no puedes ver que no es quien dice ser. Por qué no puedes ver que es Ayden alias demonio Hilfiguer. —Ay que hermoso —murmuró su abuela—. Hasta un apodo de cariño le tiene. Mi mamá se evitó responder ese comentario. —Ginebra, no es nada maduro de tu parte culpar a Ayden por tus acciones. Míralo, no haría eso ni menos —miré a Ayden, que tenía una pequeña sonrisa plasmada en la cara, que, haciendo juego con el resto de las facciones de su cara, le daban un aire angelical que para nada era verdad. Volví mi vista hacia mi madre. —Pero no es justo, él también es culpable. —Como deseen —se volteó hacia nosotros dos—. Se quedarán los dos castigados... ¡JUNTOS! —añadió, como si de una no lo hubiéramos entendido. —Pero... Que infierno iba a ser esto. Ayden lo sabía y lo estaba disfrutando. °~~~~~° Subí las escaleras, intentando no hacer el más mínimo ruido. Seguí el pasillo de la segunda planta, derecho, hasta la última puerta. El olor al perfume de Ayden me distrajo un momento de lo que venía a hacer. —Solo vengo por mi teléfono —murmuré—. En cuanto me lo de, me voy. Toqué la puerta dos veces. A dentro no se oía nada, por lo que me tomé la libertad de girar el pomo y entrar. La habitación estaba a oscuras, pero aun así podía ver con la poca luz que entraba desde el pasillo, el orden que había dentro. —¿Y qué es lo que buscamos? Solté un pequeño chillido cuando la voz de Ayden llegó a mis oídos. Me pegué de la pared, por inercia. —Mi teléfono —dije al fin—. Buscaba mi teléfono. Ayden se hizo el desentendido. —¿Qué teléfono? Me crucé de brazos y fingí que no lo escuché. —Mi teléfono, no tengo tiempo. Ayden se mordió el labio con fuerza. —Seguro, madame. Lo seguí el corto trayecto de la puerta de su dormitorio, hasta la cómoda, de la cual sacó mi teléfono celular. Estiré mi mano para alcanzarlo, pero él levantó el brazo, haciéndome imposible poder llegar hasta él. —Ayden... Dámelo. Forcejee un par de segundos con su brazo para bajarlo, pero era imposible, soy una debilucha frente a Ayden. —Ayden, dame mi teléfono si no quiere que te... —Toma —me lo entregó. Lo miré con recelo. —¿Qué tramas? Él se encogió de hombros. —Nada, solo te estoy devolviendo lo que es tuyo. ¿No lo quieres? Pues... Se lo arrebaté. —Gracias por nada —murmuré. Me giré sobre mi propio eje, dispuesta a salir de la cueva del lobo, antes de que Ayden tuviera oportunidad de hacer una de las suyas. Salí de su habitación, cerrando la puerta detrás de mí. Como hubiera deseado poder... No, qué estoy diciendo. Y seguí mi camino. Próximo destino: Mi castigo.
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