Miércoles, 7:39 a.m. Cárcel Saint-Valley.
Han pasado días, no, años. Ya no podía ver la luz del sol. Me encuentro en penumbras, yo solo...
"No le hagan caso. No han pasado ni veinticuatro horas, y solo vamos por la primera materia de este magnífico jueves".
*Alerta de frase sarcástica*.
¡Yey, sí! Este magnífico jueves.
Rodé los ojos, mentalmente.
—Ginebra, deja el drama. —Graciela iba recorriendo los pasillos de la secundaria conmigo de la mano.
Que suerte que hoy es jueves y tengo dos horas libres, las usaré para llorar amargamente mi perdida...
Llegamos al casillero de Graciela, pero esta no buscó nada, solo se recostó de el para mirarme ceñuda.
—Ahora si Gin, ¿vas a dejar tu drama si o no?
Fingí pensarlo en lo que abría mi casillero (que era el que quedaba al lado del de ella), para dejar unos libros y recoger unas cosas.
—Mmm, pues no. Como sabrás, esta es una de las únicas horas del día que tendré libre del hueco de Ayden. Debo disfrutarlas al máximo.
Graciela se empezó a reír descontroladamente.
—¿Hueco? ¿En serio? Por Dios, es Ayden. Hay cientos de adjetivos para describirlo, pero hueco no es uno de ellos, créeme.
Hice una mueca.
—Cierto, seguro tiene el coeficiente intelectual más alto de la escuela, es súper inteligente y para colmo es muy guapo —dije remarcando el "guapo"—. ¿Quién no quisiera estar con alguien como él?
—Pues tú. —empezó a susurrar—. Te pasas la mitad del día ofendiéndolo, y la otra mitad ignorándolo. Ni siquiera sé cómo te sigue hablando.
"Eso no es cierto" pensé, "Solo nos llevamos algo... Mal".
—¿Ves? —prosiguió Graciela—. Sabes que es verdad, por eso no te defiendes.
Y era cierto, no podía argumentar nada ante eso, y era por eso precisamente lo que me enojaba.
Pero no importaba, quizá así estaba mejor, quizás estábamos mejor siendo enemigos; o lo que sea que fuéramos.
Bufé con indiferencia, y dije lo primero que me paso por la mente.
—Era una pregunta retórica.
—Si, sí. Como digas —dijo con desdén.
El silencio reinó entre las dos. Yo me dediqué a mirar a los estudiantes pasar por un plazo de tiempo, y Graciela se estaba cerciorando de que su maquillaje estuviera perfecto.
De reojo vi a Alaska aparecer de mi lado, con una pila de libros en la mano, y en la cima de esta, una manzana.
—Hola, ¿Qué hacemos?
Alaska era una de esas personas que por más enojada que estuvieras, no te atreverías a gritarle; y mucho menos hablarle mal. Por lo que solo suspiré y le dije un casi inaudible "Hola".
—¿Qué te pasa, Gine? —preguntó con preocupada—. ¿Qué le hiciste, Graciela?
Abrí mi boca dispuesta a explicarle a Alaska que había pasado, pero Graciela se me adelantó.
—Solo le dije la verdad. Que le gusta Ayden y no lo quiere confesar —dijo, mientras aún se miraba en el espejo.
Abrí la boca exageradamente.
De eso no era de lo que habíamos hablado.
"Pero no es mentira, tampoco."
Alaska alzó una ceja, mientras pasaba la mirada de Graciela a mí. —¿Enserio? No te creo.
—Como quieras, pregúntaselo a Ginebra si no me crees —me dio un codazo en la barriga. Solté todo el aire de golpe, y un par de palabras por las que mi madre al oírlas me hubiera reñido, y quizás, castigado.
—¡Loca!
Alaska se volteó completamente hacia mí, con sus grandes ojos azul cielo, llenos de... de... dejémoslo en que reflejan algo, porque a verdad no sé qué reflejan.
—¿Es cierto? Dime que sí, dime que sí, dime que... —repetía una y otra vez.
La hice callar. Todos los estudiantes de alrededor de nosotras tenían su vista fija en mí.
—¡No! —tosí para moderar el tono de mi voz—. No es que me parezca feo... —ambas me miraron con fijeza, esperando a ver que iba a decir a continuación—. Reitero. No es que sea feo solo que a mí no me gusta. Eso.
Justo en ese momento, sentí el cabello de alguien rozando mi nuca, y pude sentir pequeñas hebras de cabello que tocaban mi pómulo y llegaban hasta mis ojos.
Un par de labios húmedos rozaron mi oreja levemente, y el dueño de ellos susurró muy bajito: —¿Quién es que no te gusta?
Me asusté al escuchar la voz de Ayden.
Me aparté de su alcance para que su aliento ya no dé sobre mi cuello desnudo.
Creo que debí haber usado la corbata hoy.
—De na... Nadie.
Me aclaré la garganta.
¿Eso fue un tartamudeo?
A mi respuesta anterior, Ayden solo sonrió. Acomodó su mochila para que esta quede en un solo hombro, y finalmente, se quedó quieto.
—¿Por qué no están en clase?
—¿Mmm? —miré por encima del hombro de Graciela. Los pasillos vacíos de la escuela fue lo único que pude ver—. Oh...
—Las clases... —Graciela cerró su casillero—. Esas clases.
Ayden parecía confundido.
—Son las únicas que toman. Cuales más podrían ser.
—Yo tomo clases de defensa militar, —le informó Graciela.
Ayden nos miró con el ceño fruncido, pero no dijo nada.
Abrí mi casillero y fingí buscar algo.
"Todo para poder escapar de la mirada de Ayden. Muy maduro de tu parte, Ginebra."
En los cinco segundos mal contados en los que me dediqué a "buscar" algo en mi casillero, Graciela a ponerse labial, y Alaska a sonreírle tensamente a su hermano, no había pasado nada. Claro, eso hasta que se oyeron pasos por el pasillo, y a continuación, se vio el delgado cuerpo de un chico castaño que caminaba por este.
Naldo.
—¡A Naldo! Yo esperaba a Naldo. —gritó Graciela, que ya caminaba en su dirección—. Hasta el almuerzo.
Alaska tampoco esperó mucho para salir corriendo hacia donde se encontraba Naldo y arrastrarlo por los pasillos de la escuela hasta perderse por ellos.
—Si, sí. Alla nos vemos —se oyó el grito de Alaska antes de que se dejaran de oír sus pasos.
Yo suspiré y también empecé a caminar en dirección a las aulas.
—Nos vemos más tarde, Ayden —murmuré.
—¡Espera Ginebra! —paré en seco. Esperé a que el viniera hacia a mí, pero no se movió de su lugar—. Dejaste abierto tu casillero.
Abrí la boca dispuesta a agradecerle, pero nada salió de esta, por lo que solo le regalé una pequeña sonrisa.
—Gracias, Ayden.
Ya hasta pronunciar su nombre se me hacía raro, como si saboreara su nombre.
"Ja, como si eso se pudiera" me dije a mi misma.
Y deberás esperaba que no se pudiera.
Me paré enfrente de mi casillero y lo cerré. Aunque ya estaba cerrado ninguno de los dos daba señales de moverse.
—Yo te quería preguntar algo... —Ayden se rascó la barbilla, nervioso, y evitaba mi mirada cuando quedamos totalmente de frente.
Espero que no me vaya a pedir matrimonio, ni nada por el estilo...
"Ah bueno, igual si lo hace o no, a todo lo que diga vas a decirle que si" me recordó mi subconsciente.
—¿Vas a pedirme matrimonio? —pregunté, burlándome de él.
Ayden casi se atraganta con su propia saliva, por lo que le di un par de palmaditas en la espalda para que se recomponga rápidamente.
—Muy graciosa. —dijo, aún encorvado.
Después de un par de segundos, continuó.
—¿Que pensarías de yo entrando al equipo de Fútbol Americano?
Tardé un rato en procesarlo todo.
¿Cómo que qué pensaba? ¿Qué si iría a los partidos?
"Porque claro que sí, hasta en los entrenamientos te le apareces".
Después de un rato hablé.
—¿Cómo que qué pienso?
—Bueno, como estamos a inicio de año escolar, pensé en entrar en algún equipo para jugar. Y ya que algunos entrenadores me han estado insistiendo, pensé que no sería mala idea.
Reprimí las ganas de morirme ahí mismo, y continué:
—Pero ya pasaron las audiciones o como sea que se llamen esas cosas para poder estar en los equipos, y todo eso.
—Mmm... —sus ojos se posaron sobre mí por demasiado tiempo—. Si, eso dijeron, pero al parecer la información era falsa. Solo es el cuarto día, es imposible que hayan cerrado.
Me quedé en silencio en lo que lo pensaba por un rato.
Claro que quería ver a Ayden jugando, eso no me lo perdería por nada. Pero aun así temía que pudieran hacerle daño.
Oh, pero qué estoy diciendo.
—Bueno, pudieras jugar fútbol, lo jugabas de pequeño —me encogí los hombros—. Además de que jugando fútbol no vas romperte una uña.
Ayden me pellizcó la barbilla.
—No puedo con tanta gracia, ya basta por favor.
Rodé los ojos ante su obvio sarcasmo.
—¿Estás seguro que lo pensaste bien? —volví a hablar—. Eras bueno en el fútbol.
Él rió. —Me halagas, Ginebra. Pero si, si me lo pensé bien, y también quiero probar algo nuevo. Nunca he jugado Fútbol Americano antes —me explicó.
Lo miré ceñuda. —Pero es muy agresivo y te puedes hacer daño —intentó hablar, pero yo seguí—. Y si quieres probar algo nuevo, mira que bien ¡Es tu día de suerte!, la cafetería está abierta a todo público y a toda hora.
Me miró, sonriente.
—¿Estás preocupada? —preguntó, divertido.
—No, pss... —me alejé de él, instintivamente—. Solo era informándote que el juego es agresivo.
Sonrió. —Ya estoy enterado, pero gracias por el aviso.
Bufé. —Como quieras. —me crucé de brazos, y empecé a caminar en dirección al aula que me tocaba, y fui dejándolo atrás.
—Irás conmigo a la prueba, ¿verdad? —gritó a mis espaldas.
—No es lo mío hacer de madre —grité de vuelta.
—Lo tomaré como un sí. Paso por ti a las ocho.
No podía verlo, pero estaba segura de que tenía en su rostro esa sonrisa tan bonita, característica de él.