Confesiones dolorosas II

1336 Words
—Antes de toda posible y sé que vecina reprimenda —me puse de pie—. Exijo una explicación justa. Ella entrecerró los ojos. —Como sea una de las tuyas, ya verás. —No, nada de eso —negué con las manos —. Es sobre ese señor, ¿quién se cree y por qué se finge ser mi padre? —dije refiriéndome al señor que antes estuvo en la cocina, mejor conocido como el "amigo" de mi madre. Gris frunció el ceño. —¿De qué hablas...? Oh, ya —se pasó un dedo por la frente—. ¿Por qué no vienes y te sientas aquí conmigo, Gin? Ante el cambio tan radical de emociones de mi madre, solo me quedó obedecerla. Mi madre hizo algo muy parecido a un puchero, suspiró, y finalmente prosiguió. —Yo, quiero explicarte que fue lo que pasó con, ya sabes... Tú padre. —No tenemos que hablar de eso, ahora ya tengo suficientes cosas en la cabeza —pero era todo falso. Yo quería sabe porque él se fue. Gris me miró a los ojos, en ellos lo único que había era culpabilidad. —Tenemos que... —una lagrima se deslizo por su mejilla—. Linda... Justo en ese momento la puerta de la habitación se abrió, revelando así el cuerpo del "amigo" de mi madre, que al verla llorando, se alarmó y camino hacia ella lo más rápido que pudo. —¿Qué pasó amor? Sonreí al ver tan tierna escena. Él salió corriendo a abrazarla, y ella le correspon... Oh, esperen... ¿¡Cómo que amor!? Abrí los ojos de par en par. —¿CÓMO QUE AMOR? Mi madre tragó grueso, como si recién se hubiera acordado de que aún yo estaba aquí. Apartó un poco a su "amigo", y me miró. —No sé por dónde empezar —miró al hombre esperando una señal. Él le murmuró algo al oído, y sentó a su lado—. ¿Recuerdas tu cumpleaños número seis? ¿Qué tipo de pregunta era esa? Claro que... No. No me acordaba, pero había fotos, así que supuse que si pasó. Miré a mi madre confundida, y luego pasé mi mirada al hombre. Tenía unos ojos miel que, a pesar de ser claros, intimidaban; una ligera barba de unos dos días y un pelo café perfectamente cuidado y peinado hacia atrás. En fin, no se veía mal, pero apostaba mi mal cuidado riñón a que me iba a traer problemas. —Cariño, préstame atención a mi, por favor —volví la mirada a mi madre—. Tu padre no nos abandonó. Les presté toda mi atención a esas palabras. Le di miles de vueltas a esa frase, y se repitió todas las veces que pudo en mi cabeza. Él no nos abandonó... —¿Cómo qué no? Pero tú dijiste... —Se lo que dije, hija, y lo siento. Nunca debí mentirte de esa manera. Por un momento sentí que todo me daba vueltas, me pesaba la cabeza y tenía la visión borrosa. Me senté en una silla, y me encogí como un pollito. —Tampoco quiero que lo odies, no se lo merece. Él solo... Sentí como la rabia y el rencor se apoderaban de mí. Empezaron a consumir poco a poco a mi parte racional, y no hice nada para contrarrestarlo. Yo solo había deseado un padre. —Y dime, ¿que era tan importante como para que un padre deje de ver a su hija? Ni siquiera una llamada, una carta —sollocé—, ni una postal. Nada. Como si yo no existiera. Mi madre intentó acercarse, pero yo me alejé de ella, poniéndome de pie de golpe. —¿Qué clase de padre era ese? Que abandonó una niña y una madre a la intemperie, sabiendo que tenían poca posibilidad de vivir —me limpié las lágrimas que estaban cayendo por mi rostro con rabia. —Ginebra —mi madre intentó acercarse nuevamente—. No fue su culpa, él solo... —No, es su culpa. Y siempre seguirá siéndolo. Sentía como todo el cuerpo me temblaba. Tenía tanto odio y rencor acumulado, que por un momento olvidé que a la que le estaba gritando fue la que me lo dio todo. La que me dio las ganas de vivir, una oportunidad para cambiar las cosas, y la que nunca me abandonó. —Ginebra... —el "amigo" de mi madre intentó tocarme—. Yo sé que es difícil, pero... —No, —le corté mientras le apartaba la mano de un manotazo—, no lo sabes. Ni siquiera sé porqué estás aquí. Gris me miró con tristeza. —Linda... Me acosté en el suelo, e imité la posición fetal. —Solo váyanse. Quiero estar sola. Gris se paró, se apoyó de su "amigo", como si de repente la mujer que luchó por ella y su hija todos estos años, se hubiera desvanecido. Él la ayudó sosteniéndola, y también le limpió las lágrimas con delicadeza. Finalmente, volvió a hablar: —Ginebra, hace diez años, tu padre venia en coche desde el otro lado del país a celebrar tu cumpleaños número seis. » Él me dijo que no te dijera nada, quería que fuera una sorpresa —pude ver que eso a ella también le estaba afectando mucho. Empecé a llorar de nuevo—. Había estado conduciendo por mucho tiempo, pero no se detuvo. Quería llegar a tiempo. Ella se detuvo un momento, y yo solo... Yo solo me rompí en mil pedazos. Ya sabía por dónde iba esto. » No sé a qué velocidad iba, pero —paró de hablar, y empezó a llorar; pero, aun así, lo dijo—. Tu padre no nos abandonó. Cayó por un risco cuando venía a tu fiesta de cumpleaños. » Ginebra, tu padre está muerto. Me paré de golpe mientras la miraba con los ojos abiertos de par en par. —No quería que te culparas, sabía que lo ibas a hacer si te lo decía. Por eso quise que pensaras que él... Me acerqué a ella. Era lo único que podía hacer, no sabía que decir. Ella abrazó a su "amigo" buscando consuelo. Lloraba a mares, y eso era lo que me dolía: Que ella estaba rota, y que todo fue por mi culpa. Fue mi culpa, por haber preguntado siempre por él. Si yo no hubiera empujado a mi madre a llamarlo, él no... —Ginebra, no se puede cambiar lo que ya pasó. Solo nos queda sanar y seguir adelante. Ella se acercó a mi a paso lento. —Es mi culpa, —ahogue un sollozo—. Si yo no te hubiera dicho que lo quería ver, tú nunca... —Que no es tu culpa Ginebra, por Dios. Deja de acuchillarte a ti misma, deja de lastimarte, eso no te hace bien. Corrí a abrazarla, y ella me recibió con los brazos abiertos. Me dio un beso en la mejilla y me apartó para que la mirara a los ojos. —No fue tu culpa, linda, no lo fue. Miré el piso y asentí, pero sabía que era mentira. Fue mi culpa. —Ginebra, mírame —levantó mi rostro y sonrió—. No fue tu culpa. Yo no lo llamé, fue su decisión. Solté un sollozo, y la volví a abrazar, pero esta vez con más fuerza. —Fue mi culpa, si yo no hubiera nacido... —sollocé—. Él nunca... —Ginebra, no vuelvas a decir eso —me apartó nuevamente para mirarme a los ojos—. Tu eres lo mejor que me ha pasado, y para él también lo fuiste. Nunca pienses otra cosa. Eres una chica muy especial. Apoyé mi cabeza en su hombro y sentí como un par de manos delicadas me pasaban la mano por la espalda. Después de un rato sentí el cansancio apoderarse de mí, y antes de poder decir algo, me dormí.
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