Volviendo a donde nos quedamos, ósea, después de que Ginebra quemase su casa... Otra vez.
°~~~~~°
—¡Oh Dios mío! ¿Pero qué están haciendo?
Me separé de Ayden tan rápido como pude, y miré con horror a todos esos pares de ojos que nos miraban...
Bueno, no todos de todas las personas que conozco, si no todos de... Muchos. Creo que entendieron.
En fin, ya sin desvariar, estaba Alaska, Graciela, mi madre y un amigo de ella (que no sé su nombre, cabe destacar).
¿Por qué me pasan estas cosas a mi?
Mi madre alzó una ceja, mientras se adentraba a paso lento a la cocina.
—¿Estaba bonita la charla?
Creo que a tu madre le agrada demasiado Ayden, ¿no crees? Digo, no se enojó, cosa que sería lo normal en este caso.
—No se les puede dejar solos a ustedes dos —se burló Graciela de la incómoda situación en la que nos encontrábamos Ayden y yo.
Tierra, trágame y escúpeme en China.
Ayden me depositó en el suelo suavemente, pero no me soltó del todo.
Podía sentir mis mejillas arder como si estuvieran en fuego, y seguro las de Ayden estaban peor.
—Ginebra, quiero que seas tan amable de explicarme qué es esto —dijo el "amigo" de mi madre.
—¿Eh? —no pude evitar sonar confundida.
¿Quién es ese señor y porque quiere que le dé explicaciones que obviamente no se merece?
A mi lado pude sentir a Ayden tensarse.
¿Se conocen?
"Uy, esto cada vez se pone más interesante."
—No te preocupes —mi madre interfirió—. Yo lo resuelvo.
Llené mis mejillas con aire, y me quedé así por un rato.
"Cuando tu madre te mira mucho, me pongo de nervios."
¿Te pones? Somos una, yo también.
—Ginebra... —empezó mi madre.
—Esperen todos aquí, voy a tirarme de un acantilado. Vuelvo al rato —intenté pasar entre todos, pero mi madre me sostuvo de un brazo.
Bajé la mirada inconscientemente.
No quería mirar a mi madre, no podía. Ni tampoco podía mirar a alguien que se encontrara en esta sala.
¿Cómo me meto en estos líos?
Ni siquiera yo se esa respuesta.
Mi madre se acercó a mi un poco más, y preguntó en medio de un susurro:
—Si te acordaste de lo que te dije, ¿verdad?
Hice de mis labios una línea fina, e intenté sonreírle como respuesta.
"Si ella supiera, que si lo tuviste en mente..."
No le respondí. Solo posé mi cara en su hombro.
Oí las risas de Alaska y Ginebra.
Las fulminé con la mirada. Pero eso solo hizo que se rieran más.
Mi madre me pasó la mano por la espalda, supondré que es su método de consolación.
Arg, tenía tantas ganas de desaparecer, pero la vida no era lo suficientemente buena como para que de repente me caiga un rayo y me consuma.
"Nah, nunca."
Pues sí, volviendo a mi momento de desesperación y vergüenza...
Mi madre me había llevado a un lugar apartado -igual a una mini sala de la casa-, para que podamos hablar más tranquilas.
—Gin, linda —dijo mi madre mientras me limpiaba unas pelusas imaginarias de la blusa, que apropósito está húmeda y huele a quemado—. ¿Cuándo vas a admitirlo?
—¿Qué soy descuidada y posiblemente no sea cien por ciento seguro dejarme sola en casa? Nunca, aunque sea todo cierto.
Mi madre sonrió con dulzura.
—No estoy hablando de eso Ginebra. Y lo sabes perfectamente.
Me hice la estúpida (¿mas de lo que realmente eres...? cof cof* digo perdón), y sonreí con falsa ingenuidad.
—No tengo idea de que hablas.
En la habitación de al lado, podía oír a Graciela gritando unos «¡Te lo dije!» a todo pulmón, mientras Alaska intentaba callarla chillando unos «Ay... ¡Ya!», o unos «Graciela, por Dios. Ya cierra la boca».
Igual Graciela no le hacía caso.
Me imaginé que estaría haciendo Ayden ahora mismo. ¿Estaría enojado? ¿Preocupado? ¿O simplemente mirando el espectáculo que estaban montando Graciela y Alaska?
Hice un puchero involuntario.
Quiero verlo...
"Ehh... ¿Acaso te estás oyendo?"
—Ginebra —mi madre hizo un horrible intento de chasquear los dedos delante de mi cara—. ¿Acaso me estas escuchando?
Sacudí la cabeza, mientras sonreía por su fallido intento de chasquear los dedos.
—Posiblemente si, posiblemente no...
Gris se cruzó de brazos.
—Ginebra...
—Antes de toda posible y sé que vecina reprimenda —me puse de pie—. Exijo una explicación justa.
Ella entrecerró los ojos. —Como sea una de las tuyas, ya verás.