3

886 Words
Athenas no durmió. Cuando cerraba los ojos veía el vestido gris, inmóvil, flotando donde no había viento. Al amanecer salió de nuevo al cementerio. Eran las 6 de la mañana. El lugar estaba quieto, limpio, inofensivo. Las tumbas alineadas como siempre. El portón aún cerrado. Baltazar y Grecia no habían llegado, ellos vivían al otro extremo del terreno del cementerio. Caminó directo a la lápida. La tumba que la noche anterior había tenido un nombre. Se agachó. Nada. Piedra lisa. Sin fecha. Sin letras. Sin historia. —No existes —murmuró, más para convencerse que para afirmarlo. Suspiró y empezó con sus pendientes. Barrió los senderos, ordenó los registros, respondió saludos mecánicos. El cuerpo obedecía, pero algo dentro de ella seguía temblando, como una cuerda mal afinada. —Hoy traen un cuerpo nuevo —le avisó su padre desde la oficina. Ella asintió sin levantar la vista. Era parte del día a día. Baltazar le extendió la hoja de recibimiento. —Encárgate tú. Athenas tomó el papel con naturalidad… hasta que leyó el nombre. Emily López. El pulso le falló. —Papá —dijo, intentando que la voz no se le quebrara—. ¿Sabes algo de esta mujer? Baltazar frunció el ceño, revisando mentalmente archivos que no existían. —No. Al parecer no tiene familia. La gestión la está haciendo una vecina. Athenas bajó la mirada. Hora de muerte: 7:00 p. m. Un escalofrío le recorrió la espalda. La noche anterior, cuando la vio, eran las 7:30. El resto del día se volvió borroso. Athenas caminaba como si el suelo no terminara de sostenerla. Cada ruido la hacía sobresaltarse. Cada sombra parecía estirarse un segundo más de lo normal. Al atardecer llegó la vecina. Una mujer cansada, de mirada honesta. Traía una foto entre las manos. Athenas la tomó para colocarla en la lápida, estaba temblorosa, algo le decía que sabría lo que vería. Pero al ver la foto no pudo evitarlo, la sangre se heló…era ella. El mismo rostro. La misma serenidad distante. El mismo cabello n***o. El mismo vestido gris. No dijo nada. Ayudó con la ceremonia. Repitió palabras aprendidas de memoria. Cuando todo terminó, se acercó a la vecina. —Disculpe… ¿puedo preguntarle algo sobre Emily? La mujer asintió, agradecida de que alguien quisiera escuchar. —Vivía sola. Tenía cáncer —explicó—. Yo la ayudé en lo que pude. Era terca. No quiso hacerse quimioterapia. Decía que no iba a vivir conectada a máquinas. Athenas tragó saliva. —¿Le gustaban los geranios? La vecina la miró sorprendida. —Sí… ¿cómo lo supo? —Lo supuse —respondió Athenas, señalando el ramo que la mujer llevaba—. Por las flores. La vecina suspiró. —Es triste, ¿no? Que te llenen de flores cuando ya no estás. A Emily nunca le regalaron ninguna en vida. Hizo una pausa. —Era difícil. Alejaba a la gente, trataba mal a casi todos. Pero conmigo… conmigo era distinta. Athenas dudó un segundo antes de preguntar, como quien lanza una piedra pequeña a un lago muy hondo. —¿Sabe si Emily conocía a un hombre blanco, de cabello n***o… extremadamente guapo? La vecina la miró, parpadeó una vez. —Qué descripción tan específica, y al mismo tiempo ambigua. Athenas se encogió de hombros, incómoda. —Estoy descartando opciones. La mujer pensó con detenimiento, frunciendo el ceño. —Emily no tenía amigos. Ni parejas —dijo al fin—. Pero un hombre blanco, de cabello n***o y bastante guapo… sí me suena. Athenas se enderezó de inmediato. —¿Sí? —El médico que la atendía —continuó—. Su nombre era Cyan. Athenas abrió los ojos, completamente pasmada. —¿Cómo dijo que se llamaba? —Cyan… —repitió—. No recuerdo su apellido. Athenas sintió un cosquilleo incómodo recorrerle la nuca. —¿Sabe dónde trabaja ese médico? —Sí. En el hospital oncológico —respondió la vecina—. El del distrito 7. El silencio que siguió no fue largo, pero pesó demasiado. Athenas sonrió, tensa. Luego del acto ella quedó viendo la tumba hipnotizada. Athenas apoyó la mano en la piedra fría. No sentía tristeza, ni miedo inmediato. Sentía algo peor: una inquietud lógica, casi clínica. ¿Cómo pude verla… antes? No había margen para el error. Recordaba la hora. Recordaba el camino. Recordaba el viento inexistente moviendo el vestido. Recordaba la voz exacta diciéndole que cerraban tarde. Athenas cerró los ojos un segundo. Entonces ocurrió. Lo sintió en la cabeza, como una interferencia. Cyan. Estaba a su lado, quieto, observándola con esa calma que siempre parecía llegar antes de una verdad incómoda. Su corazón se aceleró. —No… —susurró. Se giró bruscamente. No había nadie. El cementerio seguía igual: ordenado, silencioso, casi amable bajo el cielo que empezaba a cerrarse. Las nubes avanzaban lentas, densas. Pronto llovería. Athenas volvió a mirar la tumba. Un escalofrío le recorrió la espalda. —No existe una explicación normal para esto —murmuró, más firme de lo que se sentía—. No existe. Athenas dio un paso atrás. No iba a quedarse ahí buscando respuestas entre lápidas. No hoy. Ese día sería prudente. Cobarde, si hacía falta. Dormiría con sus padres. Luego de todo lo que había pasado, seria tonto hacérsela de la valiente.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD