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1048 Words
El hospital oncológico olía a desinfectante y café viejo. Athenas avanzó por el pasillo con la misma expresión que usaba en el cementerio: respetuosa, atenta, como si cada lugar cargara su propia forma de silencio. Se detuvo frente al mostrador. —Buenos días —dijo—. Busco al doctor Cyan. La encargada levantó la vista de la computadora. —¿Cyan…? —repitió, revisando la pantalla—. ¿Apellido? —No lo sé —admitió Athenas—. Solo Cyan. La mujer frunció el ceño, luego asintió lentamente. —Ah. Sí. El doctor Cyan. Athenas sintió un pequeño alivio. —¿Está atendiendo hoy? La encargada negó con la cabeza. —Ya no trabaja aquí. El alivio se transformó en algo más incómodo. —¿Desde cuándo? —Hace un tiempo. —Pensó un segundo—. Aunque… para serle sincera, llevaba días sin venir antes de eso. Diría que unos tres días. Athenas tragó saliva. Tres días. Emily había muerto hacía dos. —¿Era… bueno? —preguntó, casi sin querer. La mujer sonrió con profesionalidad cansada. —Mucho. No hablaba demasiado, pero atendía bien. Escuchaba. Trataba a los pacientes con cuidado… y se iba. Nunca se quedaba más de lo necesario. —¿Sabe dónde trabaja ahora? La encargada negó otra vez. —No dejó información. Simplemente dejó de venir. Athenas agradeció y salió del hospital con una presión rara en el pecho, como si alguien hubiera cerrado una puerta justo cuando ella llegaba. Caminó un par de cuadras y entró a una cafetería pequeña. Pidió un café cargado y se sentó junto a la ventana. Sacó el teléfono, buscó. Doctor Cyan. Nada. Ni una foto. Ni una referencia. Ni una mala reseña. —Genial —murmuró—. El médico fantasma. Frustrada, decidió caminar un poco. Ver algo distinto. Algo que no oliera a muerte ni a desinfectante. Fue entonces cuando vio la tienda. Figuras en el escaparate. Pósters. Llavero de su anime favorito colgando torcido. Entró casi por reflejo. —¡Hola! —saludó un chico desde el mostrador—. Bienvenida. Era amable. Sonrisa fácil. Camiseta de un anime clásico. —Hola —respondió Athenas, mirando los estantes—. Solo estoy viendo. —Eso dicen todos —rió él—. Y luego salen con una bolsa. Athenas sonrió sin querer. —¿Buscas algo en especial? —preguntó el chico. Athenas tomó una figura y la examinó con cuidado. —Algo que no me haga llorar… o al menos que valga la pena llorar. Él rió. —Entonces este local no es seguro para ti. —Lo sospechaba. —Levantó la vista—. Athenas. —Leo. Se acercó un poco más, señalando el estante que ella miraba. —¿Te gusta ese anime? —Me destrozó emocionalmente —respondió—. Lo volvería a ver sin dudarlo. —Buen gusto —dijo, teatralmente serio—. Los personajes que no necesitan terapia no son confiables. Athenas soltó una risa corta. —Exacto. Si no arrastran un trauma oscuro, no me interesan. —Entonces… fantasía oscura, dilemas morales y finales que te dejan mirando al techo. —Y una banda sonora que te rompa el alma —añadió ella. Leo la observó un segundo más de lo normal. —Sabes —comentó—, la mayoría entra aquí preguntando por el anime de moda. Tú pareces alguien que elige sufrir con estilo. —Es un talento —dijo Athenas, encogiéndose de hombros—. Muy poco apreciado. Rieron. El tiempo se les fue sin avisar, saltando de series canceladas injustamente a personajes que merecían haber vivido más. A veces, el silencio se colaba entre frases, cómodo, cargado de miradas que duraban apenas un segundo extra. —Oye —dijo Leo al final, rascándose la nuca—, este fin de semana hay un evento de anime. Nada muy grande, pero divertido. ¿Te gustaría ir? Athenas dudó apenas un instante. Pensó en el hospital. En Emily. En Cyan. Luego asintió. —Sí. Me gustaría. Leo sonrió, claramente satisfecho. —Perfecto. Te va a gustar. Athenas rió. Y por primera vez en días, el mundo pareció… normal. Demasiado normal. Regresó a casa con flojera de cocinar, así que hizo lo que cualquier hija con la dirección de sus padres haría. Ir a comer de su comida. Toca la puerta, le abren, da una enorme sonrisa para pasar como una sin vergüenza. Les comenta del día, de la ciudad, de la tienda… —¿Una cita? —exclamó su madre desde la cocina, cuchara en mano—. ¿Con un hombre real? —¡Yo sabía! —añadió su padre, levantándose del sillón como si hubiera ganado la lotería—. ¡El día tenía que llegar! —No es una cita —corrigió Athenas, dejándose caer en una silla—. Vamos a una convención de anime. Juntos. Como personas civilizadas. Sin besos. Sin promesas. Sin nada. —Eso es lo que dicen antes de que haya boda —canturreó su madre, ya sacando otra olla—. ¿Qué le cocinamos? ¿Algo especial? —¡Mamá! —protestó. Su padre sonreía como si no la escuchara. —¿Cómo se llama? —preguntó—. ¿A qué se dedica? ¿Tiene trabajo estable? —Se llama Leo, atiende una tienda de anime y… —hizo una pausa—. Los hombres reales son raros. Incómodos. Inconsistentes. No pienso dejar de salir con hombres 2D. Silencio. Luego, su madre dejó la cuchara. —Hija, ¿salir? —Es una forma de hablar, ustedes me entienden, tengo una bonita relación con K, y me sale económica, emocionalmente hablando. El festejo continuó igual. Ollas chocando, comentarios exagerados, planes que nadie había pedido. Athenas rodó los ojos, murmuró algo inentendible y se levantó. —Me voy a mi casa antes de que me comprometan —dijo. — ya me alimentaron. Se fue de allí rumbo a su casa al entrar se acercó al rincón donde estaba la estatua de K, imponente, eterno, exactamente igual que siempre. Le dio un beso rápido en la mejilla de resina. —No te preocupes —susurró—. Nunca te cambiaría por nadie. K no respondió. Pero en su mente le juró amor eterno.
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