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1092 Words
La casa estaba en silencio, pero no era un silencio tranquilo. Era uno que pesaba. Athenas llevaba sentada horas en el borde de la cama, con los brazos rodeándose a sí misma, como si pudiera impedir que el recuerdo volviera a atacarla. Ya no sabía que decirse a ella misma. Sus ojos se alzaron hacia la estatua de K, inmóvil en su rincón habitual. La miró como si fuera el único ancla que le quedaba. —No sé si todo esto está en mi cabeza… —susurró, con la voz rota—. Ya no sé qué es real y qué no. Tragó saliva. —Pero lo vi. Vi a Cyan. No fue una imaginación, K. Y ahora Leo… —su voz se quebró—. Leo está muerto. Y no entiendo nada. Nada. Se llevó las manos al rostro, respirando de forma irregular. —Me voy a volver loca. El golpe en la puerta la hizo sobresaltarse con un jadeo ahogado. Su corazón dio un salto violento. Por un instante, el miedo fue tan intenso que no pudo moverse. —¿Athenas? —la voz de su madre llegó desde el otro lado, cargada de preocupación—. Soy yo. Abrió la puerta con manos temblorosas. Su madre la miró de arriba abajo y frunció el ceño al instante. —No fuiste al cementerio —dijo suavemente—. Me preocupé. Athenas no aguantó más. —Mamá… —apenas logró decir antes de romperse. Se dejó caer en sus brazos, el llanto saliéndole del pecho como un desgarro. Entre sollozos, le contó todo. La noche anterior. El miedo. La confusión. Su voz se aceleraba, atropellándose. —Yo estaba con Leo —dijo, casi en pánico—. Estaba conmigo, mamá. Me ayudó a subir al bus… él estaba bien… Se aferró a la ropa de su madre. —Y ahora no está. Ya no está —repitió entre lágrimas—. No sé qué pasó. No sé cómo… solo lo vi después, tendido en el suelo… lleno de sangre… El llanto se volvió incontenible. Su madre la abrazó con fuerza, sosteniéndole la cabeza contra el pecho, meciéndola con un gesto antiguo, protector. —No puede ser —dijo sorprendida — esto no puede ser… Athenas negó con la cabeza, incapaz de aceptarlo. Su madre la ve, las ojeras, los ojos hinchados —Debes descansar, hoy no vayas a trabajar. —No puedo dormir Su madre acaricia su cabello con ternura —Voy a traerte unas pastillas —dijo finalmente—. Te ayudarán a calmarte. Tómalas y descansa un poco, aunque sea unas horas. Athenas dudó, pero al final asintió, exhausta. Cuando su madre regresó, le dio el vaso con agua y las pastillas. Athenas las tomó sin decir nada. El efecto no tardó en llegar. El cuerpo comenzó a pesarle, los pensamientos a volverse lentos, borrosos. —Descansa —susurró su madre, acomodándole el cabello—. Yo voy a prepararte algo de comer. Athenas apenas logró asentir. El cansancio la venció poco a poco, como una marea oscura y tibia. Sus ojos se cerraron, y por primera vez desde la noche anterior, el mundo se apagó. La brisa fría que entra por la ventana la obliga a levantarse. Athenas cruza la habitación y la cierra con cuidado. El cielo, del otro lado del vidrio, está cubierto por nubes densas, bajas, como si aplastaran la ciudad. Pronto lloverá. Siempre llueve ahí. Busca algo que la abrigue entre su ropa. Entonces lo ve. En el reflejo del espejo, algo no encaja. La estatua de K. Athenas se gira de inmediato. K está de espaldas, mirando la pared. El estómago se le cierra en un nudo seco. —Yo no te dejé así… —susurra. Se acerca despacio, con pasos inseguros. Extiende la mano y gira la estatua. El movimiento es torpe, pesado. Cuando queda frente a ella, el aire se le atasca en la garganta. K no la mira. Sus ojos, antes firmes, están bajos, apagados. Hay tristeza en ellos. Una tristeza humillante, como si hubiera sido obligado a bajar la cabeza. El pulso le martillea. —No… —susurra—. No te moviste. Retrocede un paso. Luego otro. Camina hacia la sala con el cuerpo tembloroso, como si el suelo ya no fuera del todo sólido. Y entonces, de reojo, percibe algo en una esquina. Una sombra. No una forma clara. Algo que mataba la luz poco a poco. Athenas se queda paralizada. El corazón le golpea el pecho con violencia. El sudor le corre por la espalda. El aire se vuelve espeso, íntimo. Una brisa suave le roza el cuello. No es fría. Es tibia. Lenta. La envuelve desde atrás, como dedos invisibles que la reclaman sin apuro. Athenas cierra los ojos, vencida por una fuerza que no entiende. Siente brazos rodeándola, firmes, protectores… posesivos. El abrazo no permite resistencia. “No te estoy quitando nada, solo estoy mostrando lo que no puede protegerte”. El susurro no entra por sus oídos. Le atraviesa el pecho primero. El aliento cálido se desliza por su piel, desplazando el frío. —¿Quién eres…? —murmura, con la voz quebrada—. ¿Qué quieres de mí? Silencio. Abre los ojos. La estatua sigue ahí. K mantiene la mirada baja. Athenas se estremece. Los brazos no la sueltan. No puede moverse. Está fija, atrapada en ese contacto que no duele… pero tampoco permite huir. Siente labios tibios, húmedos, rozando su oreja. Entonces ocurre. Los ojos de K comienzan a salirse lentamente de sus cuencas. No caen de golpe. Resbalan. Uno… luego el otro… hasta golpear el suelo con un sonido seco. Athenas ahoga un grito. —¿Lo ves? —susurra la voz, demasiado cerca—. ¿Lo ves llorar de dolor? Su respiración se agita. —Es porque no siente nada —continúa—. Nunca sintió nada por ti. El temblor la sacude por completo. —Cuando despiertes —dice la voz, suave, amenazante, casi cariñosa—, fíjate a quién miras primero. El mundo se rompe. Athenas se despierta sobresaltada, jadeando. La habitación está normal. La luz entra limpia. Todo está en su lugar. La estatua de K está intacta. Pero en el suelo, junto a la base, hay una rosa roja. Marchita. Athenas se pone de pie y la toma con delicadeza. Al hacerlo, los pétalos se desprenden, secos, cayendo uno a uno al suelo. El viento los arrastra suavemente. Y Athenas entiende, con un escalofrío profundo, lo que sea Cyan, la está reclamando.
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