Athenas se despidió de su tia, y decidió que debía verlo cara a cara.
Caminó por los pasillos de la municipalidad buscando el aula, cuando por fin la encontró.
El salón era más pequeño de lo que Athenas había imaginado.
Un aula rectangular, paredes claras, sillas dispuestas en semicírculo. Había unas cinco personas sentadas, dispersas, cada una en su propio silencio. Nadie hablaba. Nadie parecía nervioso. Todo tenía una normalidad casi ensayada.
Y entonces lo vio.
Cyan estaba de pie al frente.
No como una sombra. No como una certeza en la periferia. Sino completamente real.
Camisa blanca, prolija pero con el cuello apenas relajado. Encima, un chaleco azul oscuro que le daba un aire ordenado, casi académico. Pantalón beige. El cabello ligeramente alborotado, como si no se hubiera molestado en domarlo del todo.
Cuando sus ojos se encontraron, él sonrió.
Una sonrisa abierta. Genuina. Alegre.
El estómago de Athenas se contrajo.
Sintió un estremecimiento recorrerle la espalda, rápido, involuntario. Aun así, avanzó y se sentó en una de las sillas del fondo. Nadie le prestó atención. Cyan continuó hablando como si ella hubiera estado allí desde el inicio.
La clase era… normal.
Demasiado normal.
Habló de ideas, de comenzar de cero, de atreverse a cambiar de rumbo. Usaba ejemplos simples, cercanos. Athenas lo escuchaba, pero las palabras le pasaban por encima. No podía dejar de observarlo. Sus manos. Su voz. La forma en que miraba a los demás sin quedarse demasiado tiempo en nadie.
Como si no quisiera dejar huellas.
Cuando la clase terminó, las personas se levantaron con calma. Uno a uno fueron saliendo, despidiéndose con gestos breves. El salón quedó casi vacío.
Athenas permaneció sentada unos segundos más, como si necesitara reunir algo que se le había desarmado por dentro.
Finalmente se levantó y se acercó.
Cyan la vio venir.
—Hola —dijo ella—. Me llamo Athenas.
Él inclinó ligeramente la cabeza.
—Un placer, Athenas.
Su voz era cálida. Cercana. Nada en ella recordaba al susurro que la había perseguido otras noches.
—No estás inscrita en mi clase —añadió, sin reproche, solo como una observación curiosa.
—No —respondió ella—. Me llamó la atención.
Cyan sonrió un poco más, como si eso le divirtiera.
Athenas tragó saliva.
—Siento que… ya te he visto antes.
Él no pareció sorprendido. Esperó.
—En el cementerio del parque —continuó—. A las afueras de la ciudad. Estabas dejando rosas rojas.
Cyan asintió despacio.
—Suelo ir allí —dijo—. Me sorprende que lo recuerdes. Con lo lleno que está siempre.
Esa frase la descolocó.
Athenas lo observó con más atención. Ese hombre frente a ella no se parecía al Cyan que aparecía en reflejos, en certezas ajenas, en noches sin descanso. Este era distinto. Normal. Tranquilo. Casi amable.
Como si apenas la conociera.
—¿Te sientes bien? —preguntó él, inclinándose apenas hacia ella—. Pareces… inquieta.
—No —respondió rápido—. No pasa nada.
Y era verdad.
O al menos, era la mentira que mejor le funcionaba en ese momento.
—Elegí defensa personal —añadió, como si necesitara decir algo concreto—. Empiezo esta semana.
—Eso está bien —dijo Cyan, aprobador—. Las chicas deberían saber defenderse.
La frase era simple. Correcta. Inofensiva.
Y aun así, Athenas sintió un leve escalofrío.
Cyan la observó un segundo más, como si midiera una distancia invisible.
—¿Te gustaría comer algo conmigo? —preguntó entonces—. Hay un lugar cerca. Nada especial.
Athenas parpadeó.
No esperaba eso.
—Sí —dijo al final—. Está bien.
Cyan sonrió.
Era la sonrisa de alguien que había esperado esa respuesta.
Salieron del edificio, ella empezaba a pensar que tal vez todo estaba en su mente.