El lugar al que fueron estaba cerca de la municipalidad. Un café pequeño, con mesas de madera clara y sillas que crujían al moverse. Una pizarra escrita con tiza anunciaba menús del día. Olor a pan caliente, a café recién molido. Una radio vieja sonaba bajo el murmullo de conversaciones ajenas.
Cyan pidió primero.
—Un café americano —dijo—. Sin azúcar.
Luego la miró.
—¿Tú?
—Chocolate caliente —respondió Athenas sin pensarlo—. Con crema, si tienen.
Él sonrió, como si eso confirmara algo íntimo.
—¿No quieres comer algo? Yo invito
Ella miró el menú —Tienen wafles, me gustaría uno de chocolate.
El asiente y le entrega el menú al camarero — Lo que la señorita pidió.
Se sentaron junto a la ventana. Afuera, la tarde avanzaba lenta, indiferente.
Cyan se quitó el chaleco y lo dejó colgado en el respaldo de la silla con un gesto descuidado. Arremangó apenas la camisa.
Athenas lo observó en silencio.
Era real.
Demasiado.
—¿Vienes seguido por aquí? —preguntó él.
—No —respondió ella— Vine a visitar a una tía, y me inscribí en la clase.
— Y ahora vas a prender a darle una paliza a quien se meta contigo.
Ella sonrió de manera tímida
—No soy tan fuerte, espero hacerlo bien
—Creo que eres más fuerte de lo que crees.
El tono que lo dijo la obligó a subir la mirada. Cyan tenia unos hermosos ojos color miel, que te atrapaban como una red silenciosa. Su sonrisa, sus expresiones, todo le resultaba cautivador y envolvente.
La mesera llegó con las bebidas y el waffle. Dejó el chocolate frente a Athenas. Un poco de crema se había deslizado por el borde de la taza.
—Cuidado, quema —advirtió.
Athenas asintió. Soplo leve. El vapor le humedeció el rostro.
—¿Siempre das clases aquí? —preguntó ella.
—No —respondió Cyan—. Solo cuando es necesario.
—¿Necesario para quién?
Él bebió un sorbo de café antes de responder.
—Para la municipalidad — Dice entre bromas.
La respuesta sonó lógica.
Hablaron de cosas pequeñas, de esas que no pesan y no dejan marcas visibles. Cyan resultó ser interesante de una forma inesperada. Le gustaba la música. Tocaba el violín y la guitarra, componía canciones desde hacía años. No las cantaba él; las vendía. Trabajaba con una disquera que distribuía sus composiciones a cantantes y bandas internacionales. Era su forma de vivir, decía, como si fuera algo simple, casi accidental.
Las clases las daba solo para pasar el tiempo. Su trabajo, explicó, era inestable, lleno de viajes, de horarios extraños. Necesitaba algo que lo mantuviera anclado a un lugar, aunque fuera por unas horas.
Cuando habló de su familia, lo hizo sin dramatismo.
—Somos pocos —dijo—. Básicamente, mi perrita.
Se llamaba Cloe. Una dálmata.
Sacó el teléfono y le mostró fotos: Cloe sobre el sofá, Cloe con una bufanda morada, Cloe dormida ocupando más espacio del que le correspondía. Las imágenes estaban cuidadas, casi como pequeñas sesiones fotográficas.
—Ella es la dueña de la casa —añadió con una sonrisa—. Yo solo vivo ahí. Se hace lo que Cloe dice.
Athenas lo encontró tierno. Y, sin darse cuenta, rió.
Fue una risa breve, incrédula, como si el sonido le hubiera escapado antes de que pudiera detenerlo. Se sorprendió a sí misma al oírla. Hacía tiempo que no se reía así, sin pensar en lo que venía después.
Por un instante, mientras la conversación seguía su curso tranquilo, Athenas casi logró convencerse de que nada de aquello era extraño.
Casi.
Y entonces ocurrió.
Cyan apoyó la mano sobre la mesa, cerca de la suya. No la tocó. Apenas acercó los dedos.
Athenas bajó la mirada.
La mesa tenía una pequeña mancha oscura, como de humedad vieja. Justo debajo de su mano.
Cuando parpadeó, la mancha se extendió.
No como agua.
Como una sombra líquida que se deslizaba lentamente, obedeciendo solo a esa cercanía.
Athenas se quedó inmóvil.
Era la sombra que solía ver en su casa cuando él aparecía.
Levantó la vista de golpe.
Cyan la observaba con atención tranquila.
—¿Pasa algo? —preguntó.
La sombra ya no estaba.
Athenas retiró la mano de golpe, el corazón acelerado.
—No… —dijo—. Creí ver algo.
—Suele pasar —respondió él con naturalidad—. Cuando uno está cansado.
No sonrió al decirlo.
—Cuéntame de ti —dijo, con un tono genuino—. ¿Qué estás estudiando?
—Administración de empresas —respondió ella recobrando la compostura—. A distancia. Con una universidad española.
—Eso está bien —asintió—. Es una base sólida.
—Supongo.
—Si algún día quieres emprender algo, podría ayudarte —añadió, como si ofreciera pasarle la sal—. Darle forma a una idea, ordenar números.
Athenas alzó la vista.
—Aún no tengo claro de qué —admitió—. Me gusta la idea de crear algo, pero… no sé qué.
—Eso llega después —dijo Cyan—. Primero aparece el impulso. Luego el nombre.
Ella frunció apenas el ceño, pero dejó pasar la frase.
Señaló su camiseta, asomando bajo la camisa abierta.
—¿Te gusta el anime?
Cyan miró hacia abajo, como si recién reparara en ello.
—Me gusta —respondió—. Más bien… lo vivo.
Athenas sonrió, divertida.
La palabra salió natural, sin énfasis.
—A mí me gustaba mucho cuando era niño —continuó él—. Ahora no tengo tiempo para verlo.
—Eso es triste —dijo ella—. Abandonar algo que te marcó.
—No siempre se abandona —replicó—. A veces solo cambia la forma.
Athenas dudó un segundo antes de hablar.
—La primera vez que te vi… —empezó— fue en el cementerio. Pensé que te llamabas Cyan. Me pareció raro que fuera tu nombre.
Él sonrió con calma.
—Me hubiera gustado que te acercaras.
Ella bajó la vista. Debía aprovechar esa oportunidad
—¿Y por qué pones flores en tumbas vacías?
Cyan dejó su taza a un costado.
—No están vacías.
Athenas lo miró, confundida.
—Sí lo están. No tienen nombre.
—Que no tengan nombre no significa que estén vacías —dijo con suavidad—. Las tumbas siempre tienen nombre. Solo que algunos aún no han llegado.
Ella negó lentamente.
—No entiendo.
—Dónde nacemos y dónde morimos está marcado —continuó él—. El destino no improvisa. Dejar una flor en una tumba que algunos creen vacía… es dar la bienvenida al nuevo ocupante.
Athenas sintió un leve escalofrío.
—Es una forma rara de ver las cosas.
Cyan la observó con atención.
—Tú también ves raro —dijo—. Y aun así, eres bien linda.
La frase la tomó por sorpresa.
—¿Tienes novio? —preguntó él, sin rodeos.
—No —respondió ella—. En realidad… no salgo con hombres reales.
Cyan sonrió, casi agradecido.
—Eso es conveniente.
—¿Por qué?
—Porque a veces —dijo, bajando un poco la voz— siento que yo tampoco soy real.
Athenas lo miró, incómoda, buscando ironía.
No la encontró.
Cyan se levantó primero, dejando unas monedas sobre la mesa.
—¿Te vas en bus? —Ella asiente — déjame acompañarte por favor.
—No hace falta — ella recoge sus cosas — la estación esta cerca.
—Vamos, aun no has empezado tus clases. Si algo te pasa, no me lo perdonaría.
Ella acepta. Cyan la llevó a la estación .
—Fue un placer conocerte, Athenas —dijo mientras la ayudaba a subir —. Pasa por mi clase cuando quieras, incluso si no estás inscrita. Me gustaría conocerte más.
No fue insistente. Fue una invitación tranquila.
Mientras salían, Athenas tuvo la sensación de que estaba loca, ese hombre real, normal. Suspiró, mañana se inscribiría en el gimnasio, le urgía ser normal.