Athenas regresó del gimnasio con el cuerpo cansado, pero distinto.
Era un cansancio bueno, limpio, de músculos que ardían por algo real. Llevaba una semana yendo sin fallar y, contra todo pronóstico, se sentía mejor. Dormía mejor. Pensaba con menos ruido.
Había cambiado la alimentación también. Menos chocolate. Más agua. Más orden. Pequeñas decisiones que, juntas, parecían sostenerla.
Entró a la oficina del cementerio y encontró a su madre revisando unos papeles.
—¿Cómo te fue? —preguntó al verla.
—Bien —respondió Athenas, apoyando la mochila—. El gym ayuda más de lo que creí.
Su madre la miró con atención, como si buscara señales antiguas.
—Te ves distinta.
—Me siento distinta.
Su madre sonrió.
—¿Y las clases en la municipalidad?
—Van bien —dijo Athenas—. De hecho… estoy haciendo amigos.
La palabra salió con naturalidad, y eso la sorprendió.
—¿Sí?
—Sí. Mañana en la tarde voy al cine con mi profesor.
—¿Tu profesor? —preguntó su madre, levantando una ceja.
—Tiene veintisiete —respondió Athenas—. Es divertido. Cinturón n***o en karate. Vive con sus padres… lo que puede sonar mal, pero yo vivo en un cementerio, así que no juzgo.
Su madre soltó una risa breve.
—Me alegra verte así —dijo—. Más descansada.
—Esta noche tengo un examen —añadió Athenas—. Voy a estudiar.
Se colgó la mochila y se preparó para irse.
Entonces su madre habló.
—Ah… hoy volví a ver al hombre de las tumbas.
Athenas se quedó inmóvil.
—¿Cuál hombre? —preguntó, aunque sabía la respuesta.
—El que deja flores —continuó su madre—. Esta vez en otra tumba.
El corazón de Athenas dio un golpe seco.
Había decidido no acercarse más.
No mirar.
No preguntar.
—Debe ser algo que le da paz —dijo, esforzándose por mantener la voz estable—. Es mejor no prestarle atención.
Su madre asintió.
—Tienes razón.
Athenas salió de la oficina y caminó rumbo a su casa, con el cuerpo en movimiento y la mente intentando mantenerse firme.
El cuerpo aún tibio por el gimnasio, la mente ocupada en listas simples: estudiar, cenar ligero, dormir temprano. El cielo estaba cubierto, sin amenaza de lluvia, solo gris.
El cementerio quedó atrás.
O eso creyó.
Al cruzar una esquina, escuchó música. Era un sonido limpio, preciso, que se filtraba entre las lapidas como si el aire lo hubiera aprendido de memoria.
Un violín.
Athenas se detuvo.
No veía a nadie tocando, pero la melodía era clara y viva.
Era una canción. Le recordó algo que ya había escuchado antes.
Su respiración se volvió lenta.
—No… —susurró, sin darse cuenta.
Avanzó unos pasos, mirando a su alrededor.
—Basta —dijo en voz baja.
Acelero el paso y se fue directo a su casa.
Llegó a casa con la melodía aun girándole en la cabeza.
No era insistente. Era constante.
Como un pensamiento que no se va, aunque cambies de tema.
Dejó las zapatillas en la entrada, se lavó las manos, respiró hondo. Se obligó a moverse. Ese día hizo todo lo que debía hacer.
Se dio una ducha larga. El agua caliente le relajó los músculos, le aflojó los hombros. Cerró los ojos y contó el ritmo de su respiración.
Por un momento creyó que el sonido del agua había apagado la música.
No fue así.
La melodía siguió ahí, flotando entre los pensamientos, repitiéndose con una paciencia inquietante.
Comió algo ligero. Encendió la computadora. Abrió los apuntes. Subrayó. Tomó notas. Estudiar siempre había sido su refugio. Y, aun así, la música no se iba.
Era familiar. Demasiado. Como una canción que alguien te canta de niño y que reaparece años después sin permiso. Le dolía no recordar de dónde venía.
Finalmente, a la hora indicada, se conectó para rendir el examen.
La plataforma cargó.
Y entonces lo vio.
Una notificación emergente, discreta.
Solicitud de amistad.
Nombre: Cyan.
El pulso le dio un salto.
Dudó apenas un segundo… y aceptó.
El perfil se abrió de inmediato.
Tenía fotos de él tocando la guitarra, sentado en el borde de una cama desordenada, con un violín, concentrado, los ojos cerrados, con sus padres, en una foto sencilla, algo antigua.
Cloe, la dálmata, repetida en varias imágenes, ocupando sillones, durmiendo sobre zapatos, mirando a la cámara como si entendiera el juego.
Había fotos de viajes. Ciudades distintas. Y fotos antiguas.
En ellas aparecía una chica. Joven. Sonriente. Siempre cerca de él.
Después, nada.
No había más imágenes con ella.
El vacío era evidente, como si alguien hubiera arrancado páginas completas de un álbum.
Un mensaje apareció.
Cyan:
—¿Cómo estás?
Athenas respiró hondo y escribió.
Athenas:
—Bien. Voy a dar un examen ahora.
La respuesta no tardó.
Cyan:
—Buena suerte.
Nada más.
Athenas apoyó la espalda en la silla y suspiró.
No entendía qué estaba pasando. Pero ese Cyan no se veía amenazante.
No se veía irreal. Y, definitivamente, no parecía algo que solo existiera en su mente.
Cerró la red social. Volvió al examen.
La melodía seguía ahí, de una manera acosadora.