Corté la llamada sin decir una palabra más. Me quedé quieto, el teléfono aún en la mano, como si esa última voz que escuché me hubiera congelado los huesos. El mundo siguió girando a mi alrededor, pero yo… yo estaba en otra parte. Aturdido. Con ese nudo en el estómago que uno conoce demasiado bien. Sofía no tardó en notarlo. Se acercó con esa mezcla de dulzura y fuerza que la hacía tan ella. —Nicolás, ¿qué pasó? Estás pálido… pareciera que viste a un fantasma. Solté una risa seca, más por reflejo que por gracia. Me pasé una mano por la cara, tratando de sacudirme la sensación. —No es nada, de verdad —dije, aunque hasta yo supe que sonaba falso—. Vamos adentro… no voy a dejar que un fantasma me arruine esto. Porque no iba a permitirlo. Ese hombre ya había hecho suficiente daño. Me habí

