Nicolás me jaló de la cintura con suavidad, como si tuviera miedo de romperme, y me metió en su apartamento sin decir una palabra. Yo, sin saber cómo, terminé con los pies sobre los suyos. Pero él no se quejó. Todo lo contrario: caminó conmigo así, como si bailar con una ebria encima fuera parte de su rutina nocturna. —Estás muy guapo esta noche… —Le susurré, comenzando a besarle la mandíbula con total descaro mientras mis manos recorrían su cuerpo—. Quiero un poco de ti esta noche. —Aunque me siento bastante tentado por tu oferta tan abierta —dijo con voz grave—, te aviso que no pienso aprovecharme de una mujer en evidente estado de ebriedad. Perspectiva de Nicolás. Cuando escuché el timbre aquella noche, pensé que era algún vecino borracho equivocado o un pedido que no era para mí. N

