Mariana sentía un deseo enorme en sus adentros, se dejaba llevar por los besos y caricias de su marido que parecían ser tan suaves como la seda misma, pero aquellos dedos ardían como brasas encendidas. —Espera un momento —Mariana detuvo a Adrián y se apartó un poco, se volvió a poner su ropa y trató de recomponerse —. No es el momento y tampoco el lugar, alguien puede vernos y ya sabes que no quiero que las personas sepan que eres mi marido. —Está bien, está bien —Adrián arregló su corbata y su saco —. Hay que ir a trabajar, vete de mi oficina porque no respondo. En el momento en que Mariana se dio la vuelta, la mano de Adrián aterrizó en el trasero de su esposa de manera brusca y suave al mismo tiempo, la apretó con fuerza y le guiñó el ojo. Una risita baja fue suficiente para que ella

