Charlotte apareció justo en ese instante, con los ojos entrecerrados y la expresión de quien acaba de llegar a una función privada, pero ya se acomodó en primera fila con sus palomitas invisibles. —Disculpa, Camila —interrumpí, manteniendo la compostura como si el fuego en mi estómago no estuviera a punto de desbordarse—. Me retiro un momento. Di media vuelta sin esperar respuesta. Sentía la necesidad urgente de aire, como si cada segundo al lado de ella fuera una amenaza a mi dignidad. Charlotte me siguió de inmediato, con los tacones apresurados y el ceño fruncido. —¿Sofía? ¿Qué fue eso? —preguntó apenas salimos del alcance visual del evento. Su tono era mitad preocupación, mitad morbo. —Nada. Simplemente… no puedo seguir viendo a esa mujer comportarse como si él fuera un trofeo en s

