Las puertas de la iglesia se abrieron de par en par, dejando entrar la luz del mediodía como un aplauso silencioso del cielo. El murmullo emocionado de los invitados, que hasta ese momento había permanecido contenido, estalló en alegría pura. Nicolás y yo dimos el primer paso fuera del templo, tomados de la mano, como si el mundo se abriera ante nosotros por primera vez. La brisa acarició mi rostro, levantando apenas el velo que caía sobre mis hombros, y por un segundo sentí que flotábamos. O tal vez sí lo hacíamos. Los pétalos comenzaron a caer, como una lluvia suave y perfumada. Blancos. Rosados. Algunos levísimos toques de lavanda. Los niños lanzaban puñados al aire con risas desbordantes, mientras los adultos aplaudían, lloraban o simplemente observaban con una sonrisa que hablaba

