La noticia lo golpeó como un balde de agua helada. Nicolás se tambaleó, perdiendo por un instante el equilibrio. Tuvo que aferrarse a la mesa más cercana para mantenerse en pie. —No te preocupes, hijo mío —dijo el hombre, con esa sonrisa maliciosa que siempre había odiado—. No voy a revelar tu secreto… mientras accedas a pagarme una suma razonable por mi silencio. Nicolás lo miró con desprecio, sin molestarse en disimularlo. —¿No te cansas de arruinarme la vida? Siempre apareces como una maldita sombra, dispuesto a destruir lo poco que me queda. —No hables así de tu propio padre —respondió con falsa indignación, llevándose teatralmente la mano al pecho—. Lástimas, mi corazón. Deberías respetarme. Velar por mí. —No seas hipócrita —espetó Nicolás—. Me repugnas. ¿Y se supone que debo cre

