Nicolás dejó el vaso con agua sobre la mesa sin terminarlo. Se dirigió directamente al pequeño mueble donde guardaba los licores, como si supiera que el alivio no vendría por medios suaves. Sirvió una copa, la bebió de un solo trago. Sirvió otra. Y otra más. No tardó en vaciar la botella por completo. Se dejó caer en el sofá, la espalda hundida, el cuello hacia atrás, la mirada perdida en el techo. —¿Qué hice para merecer este castigo? —murmuró, con voz áspera—. ¿Por qué, cada vez que estoy cerca de ser feliz, algo tiene que pasar? Tomó la copa vacía y la lanzó con fuerza contra la pared. El estallido del vidrio rompió el silencio del apartamento como una pequeña explosión. Los fragmentos cayeron al suelo con un sonido seco, casi insultante. Y, sin embargo, nada cambió. El dolor seguía

