Me desperté con una sensación extraña en el pecho. No de malestar. No de ansiedad. Si no de algo más profundo, algo que no podía nombrar. Y, por alguna razón que no entendía, quería que lo primero que viera al abrir los ojos fuera el rostro de Sofía. Y ahí estaba. Dormía plácidamente a mi lado, con su respiración pausada y su expresión relajada. Nuestros cuerpos estaban tan cerca que podía sentir su calor a través de las sábanas. No me incomodaba. Al contrario, me daba paz. Un sentimiento completamente ajeno a mí. Observé su rostro con detenimiento, dejando que mi mente divagara por un instante. —Sofía… creo que te estoy comenzando a querer. —Susurré aquellas palabras en el aire, casi como si confesarlas en voz alta me ayudara a procesarlas. —Y no tienes idea de lo aterrador que eso

