Sofía pegó un grito escandalizado. —¡Él no es mi esposo! No debería haberme causado gracia. Pero lo hizo. Y, para ser honesto, la idea de que nos confundieran como un matrimonio me complació más de lo que debería. —Tampoco es mi novio. Ni mi amante. —añadió con fastidio. Eso ya no me causó tanta gracia. —¿Su hermano? —preguntó la vendedora con incomodidad. Sofía suspiró con cansancio. —Prefiero que lo confundan con mi dulce hermanito a que piensen que es otra cosa en mi vida. Hermano. La palabra me cayó como un maldito balde de agua fría. No quería ser su maldito hermano. Pero ella ignoró por completo mi insatisfacción y se fue con la vendedora, dejándome atrás con un malestar inexplicable. Minutos después, una de las empleadas se acercó a mí. —Señor, por favor, venga con noso

