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Matrimonio por un año

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Blurb

Él lo tiene todo: poder, dinero, control… y un desprecio absoluto por el amor.

Ella lo ha perdido todo: su trabajo, su estabilidad y la paciencia para aguantar imbéciles con traje caro.

Lorenzo Juárez es un CEO despiadado, arrogante y acostumbrado a comprar silencios, cuerpos y voluntades. Milagros Simons es una diseñadora brillante, orgullosa y sin miedo a decir lo que piensa, incluso si eso implica darle una patada en la entrepierna al hombre equivocado. Cuando el destino los cruza de la peor manera posible, ninguno imagina que ese encuentro explosivo es solo el comienzo.

Un antiguo pacto familiar obliga a Lorenzo a casarse… o perder la empresa que gobierna. Milagros, acorralada por una traición que la deja sin trabajo ni salida, se convierte en la pieza clave de un matrimonio forzado lleno de tensión, choques de egos y una atracción tan peligrosa como inevitable.

Venganza, contratos, secretos y deseo chocan en una relación donde el odio arde tan fuerte como la química.

Porque cuando dos personas que juraron no necesitar a nadie se ven obligadas a decir “sí, acepto”… todo puede salir muy mal… o demasiado bien.

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El día en que te conocí
LORENZO Me dolía mucho la cabeza. El sabor persistente de bilis en la parte posterior de mi garganta amenazaba con vaciar mis entrañas, que ya estaban vacías. Los chicos y yo estuvimos en el club anoche y bebimos bastante. Todavía me pregunto cómo fui capaz de encontrar el camino de vuelta a mi suite. La resaca era un precio inevitable que sabía que tendría que pagar. Me levanté de la cama, gimiendo con un fuerte dolor de cabeza. Sí, salir a beber por la noche puede ser muy divertido, pero la resaca es horrible. Estaba a punto de salir de la cama cuando oí un leve ronquido a mi lado. Por primera vez, me fijé en el bulto que había en mis sábanas; sin duda había algo debajo. Aparté la manta y descubrí una mata de pelo rubio unida a una persona, una chica, probablemente de veintipocos años, pero podría ser más joven. Los recuerdos de la noche anterior comenzaron a aflorar. —Voy a matar a Tylor—, pensé para mis adentros. Ese cabrón sabía lo mucho que detestaba a esas chicas prepagos y aun así me dejó traer a esta tonta a casa. La agarré de la mano con rabia y la levanté de un tirón. Se despertó con un grito. —¿Qué rayos haces en mi casa?—, le dije con frialdad. —Tú me trajiste a tu casa anoche, ¿no te acuerdas?—, respondió con una sonrisa en la cara. La miré fijamente, a punto de estallar de ira. Incluso enfadado, me di cuenta de que era una mujer hermosa, con el pelo largo y liso, un torso delgado, un bonito trasero curvilíneo y un par de t#tas perfectas. ¡Espera! ¿En qué estoy pensando? Probablemente era otra cazafortunas, que se dio cuenta de quién era yo y se insinuó mientras estaba borracho. Me acerqué a la mesita de noche, saqué un fajo de billetes y se lo tiré. —Gracias por anoche, ya te puedes ir—, le dije, intentando ser lo más educado posible. No parecía muy contenta, pero me daba igual. Cuando me giré hacia el baño para empezar el día, oí sus pasos apresurados detrás de mí. Me di la vuelta justo a tiempo para atrapar su mano en el aire. —¿Acabas de intentar... pegarme?—. Me hizo gracia. Quizá me equivocaba; ella no tenía ni idea de con quién estaba tratando. —¿Te parezco una p#ta? Parecía más que un poco agresiva. —Por supuesto. Diría que eres peor. Ya había tenido experiencias con chicas como ella. Quizá era un poco más agresiva de lo habitual, pero no era nada que no pudiera manejar. Me acerqué a su cara. —¿No te hagas la lista conmigo, ok? Recuerdo cómo me trajiste aquí anoche. Estoy seguro de que sabes muy bien quién soy, pero te aseguro que ni siquiera puedes imaginar los recursos de los que dispongo. En los próximos diez minutos, podría hacer que pareciera que nunca exististe. Así que, si sabes lo que te conviene, cogerías el dinero y te largarías. La dejé marchar. Seguro que le metí suficiente miedo, porque cuando volví del baño ya se había ido. Aunque se llevó mi reloj de pulsera, lo cual no fue un gran problema. Puede que costara un par de miles, pero no era uno de mis favoritos. Quizá pensó que yo era uno de esos idiotas a los que se puede atar y ordeñar. No soy de los que buscan relaciones. Las chicas que he conocido siempre me han parecido lo mismo: oportunistas. No veo ninguna razón por la que quiera atarme a algo así. Aunque tengo que admitir que a veces coqueteo con ellas cuando estoy borracho: a mi yo borracho le encanta estar con mujeres. Cogí mi móvil para mirar la hora: 9:50 a. m. Detesto llegar tarde. Puede que fuera la empresa de mi padre, pero gestionar la empresa es lo único que me tomo muy en serio; es mi prioridad número uno. La mayoría de mis amigos me llaman adicto al trabajo, pero ¿sabes qué? Me da igual. Sobre todo porque no tengo muchos amigos. Decidí ponerme mi traje de tres piezas a rayas de Armani y mis zapatos de vestir recién comprados. Me miré en el espejo para asegurarme de que todo estaba perfecto. Corrí a la cocina a tomar un vaso de agua y unos analgésicos para aliviar el dolor de cabeza. Mi ático estaba bastante desordenado. Debimos de pasar una noche de locos. A Walkiria probablemente no le importaría. Lo limpiaría todo y se iría antes de que yo volviera. Es, sin duda, la mejor ayuda que se puede tener. La resaca me estaba matando, me sentía fatal. Al llegar a mi garaje, decidí irme con mi Ferrari. Aunque tengo chófer, no siempre lo necesito, ya que prefiero conducir yo mismo. Conducir siempre me aclara la mente. Solo necesito a mi chófer cuando asisto a eventos oficiales o cuando no me siento lo suficientemente bien como para conducir. Hoy necesito aclarar mi mente. Unos minutos más tarde llegué a mi oficina. Aparqué el coche en mi plaza de aparcamiento privada y entré en el edificio. Oí muchos saludos dirigidos a mí, pero pasé de largo sin responder a ninguno. Rápidamente volvieron a sus puestos de trabajo, ya que suelen temblar de miedo ante mi presencia. Ser un director ejecutivo relativamente joven de una empresa multimillonaria no es una tarea fácil. Mantengo una personalidad despiadada y sin emociones para que me tomen en serio. Esto no me molestaba mucho porque, una y otra vez, he demostrado ser mejor que todos mis contemporáneos. Simplemente no pueden seguirme el ritmo. Saben muy bien que no deben interponerse en mi camino. Mi abuelo fundó la empresa constructora y se la cedió a mi padre, quien la amplió y la llevó a cotas más altas. Aunque la empresa me fue cedida hace tres años, mi padre sigue participando en todas las decisiones importantes. Mi intención es ampliarla aún más y hacerla aún más grande de lo que ya es. En poco tiempo, se dará cuenta de que no tiene nada más que ofrecer a la empresa aparte de mí. Mientras me dirigía a mi ascensor privado, pasé por el escáner de huellas dactilares situado en la entrada del ascensor. Me gusta mi privacidad y soy muy estricto con la seguridad, porque no quiero que ningún cabrón comparta mi ascensor. Entré en el ascensor y subí a la planta 70, donde se encuentra mi oficina. Y por si te lo estás preguntando, sí, mi empresa es así de grande. —Buenos días, señor—, me saludó mi secretaria con su voz coqueta, como de costumbre. La ignoré, también como de costumbre. Parece que cada día intenta nuevas e interesantes formas de seducirme con sus atuendos escasos, siempre vestida como si fuera a ir a una discoteca o al rodaje de una película p**n#. Podría haberla despedido hace mucho tiempo, pero es más que buena en su trabajo. Apenas me había sentado en mi silla cuando oí llamar a la puerta. Sin duda era Ronald, mi asistente. Nadie más se arriesgaría a perder su trabajo tan temprano por la mañana. Entró con mi café y unos archivos en las manos. Me apetecía una taza de café. Como siempre, él sabe lo que necesito y cuándo lo necesito. —Buenos días, señor—, dijo mientras dejaba el archivo y mi café sobre la mesa. —Buenos días—, respondí. Sé que quizá se pregunten por qué respondí a su saludo y no al de los demás. Verán, Ronald es la única persona que puedo tolerar en este edificio. Los demás, con sus constantes adulaciones y lloriqueos, son simplemente insoportables. —Señor, ha llamado su padre. Pide que le llame en cuanto llegue a la oficina—, añadió. —¿Te ha dicho por qué ha llamado?—, le pregunté. —No, señor—, respondió con tono definitivo. —Ah, y señor, aquí tiene los archivos que me pidió que revisara. Ya he terminado con ellos. Solo falta su firma. —Está bien, Ronald, déjalos en el escritorio. Puedes irte—, le dije despidiéndolo. Salió de la oficina cerrando la puerta en silencio. No pude evitar preguntarme por qué me habría llamado mi padre. Tengo una relación bastante mala con él, por lo que solo me llama directamente cuando es algo importante o relacionado con los negocios. Cogí el teléfono e intenté llamarle. Sonó varias veces antes de que contestara. —Buenos días, papá—, le saludé mientras me acercaba a la ventana de mi oficina. Desde allí tenía unas vistas magníficas del perfil urbano de la ciudad. Me encanta su efecto relajante, que es justo lo que necesito en este momento, teniendo que lidiar con la tensión que me produce hablar con mi padre, sobre todo con el incidente de esta mañana aún fresco en mi memoria. —Buenos días, hijo—, respondió. —He estado intentando localizarte... —Papá, ¿qué quieres?—, le interrumpí. —Vas directo al grano, eh. Veo que no has cambiado nada—, dijo con voz bastante desconcertada. —Papá—, espeté mientras me masajeaba la mandíbula dolorida con las manos. —Baja la voz, chico—, dijo mi padre con autoridad en su voz. —Ahora escucha, quiero que vengas a casa. Tenemos algo importante que discutir—, dijo con severidad. El tono de su voz dejaba claro que no había lugar para ninguna discusión. —¿Es algo relacionado con los negocios... o es por la demanda de los hermanos Mendez?—, pregunté, un poco confundido. —Ya me he ocupado de eso. —No, hijo, tu madre y yo tenemos algo importante que discutir contigo—.Volví a mi silla y me senté. —De acuerdo, papá—, dije mientras se cortaba la línea. Me pasé las manos por el pelo. ¿Qué podría querer decirme el viejo para que fuera a la mansión? —Más vale que sea algo importante—, pensé en voz alta mientras me sumergía en mi trabajo. Tenía suficiente papeleo como para derribar un edificio. * Miré la hora: eran las 4:46. Ya había olvidado que tenía que ir a ver a mi padre. Me levanté, cogí la chaqueta del traje, que me había quitado antes, y las llaves del coche, y salí del edificio hacia mi aparcamiento privado. Me metí en el coche y me dirigí a casa de mi padre. La mansión estaba muy lejos, una de las razones por las que no me gustaba ir a casa. Estaba en el campo, en medio de la nada. Cuando llegué a las afueras de la ciudad, ya estaba aburrido. Al pasar por un cruce, estaba tan distraído que no me di cuenta de que había una mujer cruzando. Casi la atropello. Afortunadamente, frené a tiempo. No tenía la fortaleza mental para lidiar con otra demanda. Salí del coche y me encontré con ella todavía gritando con vehemencia. —No te he atropellado, ¿por qué tienes que ser tan dramática? Solo está intentando montar un escándalo desesperadamente. —Deja de hacerte la dramática—, le dije con voz molesta mientras me acercaba a ella. Ya había tenido suficiente dramatismo por hoy como para toda una vida. Dejó de gritar inmediatamente y me miró con tanta ira que sus brillantes ojos azules parecían estar en llamas. Sus ojos me hipnotizaron por un instante. Pareció fijarse en mí por primera vez y procedió a escudriñarme desde los zapatos hasta que sus ojos se encontraron con los míos. El fuego de sus ojos desapareció por un segundo, pero rápidamente volvió. —¿Cómo te atreves a decirme eso?—, dijo pinchándome después de cada palabra. —Casi me atropellas, cara de mierd#—, dijo gritando. —¿Cara de mierd#?—, repetí divertido, acercándome a ella mientras le agarraba la mano en un intento por infundirle algo de miedo. Me dio una patada en la entrepierna antes de que tuviera oportunidad de empezar. —¿Qué te pasa? ¿Sabes quién soy yo?—. Tenía la vista un poco borrosa mientras me agarraba a mis partes íntimas para salvar mi vida. —Sí, lo sé, eres un imbécil—, dijo enfatizando la palabra “Imbécil” con una sonrisa en su bonito rostro. Estaba satisfecha consigo misma. ¡¿Espera?! ¿Acabo de usar la palabra bonito? ¿De dónde ha salido eso? —Eso te enseñará a tratar a una dama, idiota—, dijo mientras se alejaba y me hacía un gesto obsceno. Conseguí volver a mi coche y marcharme. Admito que era bastante guapa y un poco diferente de todas las mujeres que había conocido antes. Ni siquiera sentí la necesidad de lidiar con ella. Ninguna mujer me había hecho eso nunca. Incluso si les pisaba la cara, se disculpaban rápidamente. En fin, mi orgullo había recibido un golpe y tenía que hacer algo al respecto. —Va a pagar por lo que me ha hecho—, me dije a mí mismo. Solo tenía que averiguar cómo.

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