Cuando abrió los ojos y enfocó la hora, después de varios intentos sobre su Rolex, salió de la cama disparado al baño. Tenían solo un par de horas antes de tomar el vuelo hacia Noruega y sonrió bobalicón frente al espejo.
Se sintió como si tuviese quince años otra vez, igual que la primera vez que viajó a Colorado junto a su padre para escalar. Al salir del baño, con la toalla en la cintura, vio con desagrado la pantalla del teléfono con demasiadas notificaciones de Simon, su jefe de seguridad; Casandra, su hermana y de su padre.
Rio como un chiquillo travieso al pensar en que debían preguntarse dónde estaría en lugar de acudir a la fatídica noche de «no compromiso» de Javier. Sintió una pizca de arrepentimiento por dejarse embaucar por Minerva en lugar de haber saboreado de los planes que tenía para todos, pero debía admitir que las cosas estaban resultando mejor de lo que esperaba con ella.
Minerva entró apresurada a la habitación para sacarlo de allí. Ni siquiera tuvo tiempo de preguntarle dónde estaba. Salieron del hotel casi corriendo, hasta el aeropuerto y las quince horas o poco más que les tomó el viaje, se convirtieron en un suplicio que él juró jamás repetir a su lado.
Su actitud audaz y plena disposición para disfrutar, parecían haberse esfumado de su sistema desde esa mañana. Y no pasó un momento en que no escuchara sus lamentos; por el tiempo, la espera, el clima y cuanto se les pusiera delante, que no lo hicieran arrepentirse de hacer ese viaje sin las comodidades que su apellido les brindaba.
Pero se suponía que esos eran los planes. Disfrutar de la experiencia, había dicho ella.
Y él, al principio, estuvo encantado con la idea, pero con el paso de las horas quería dejarla en cualquier lugar donde se estacionaban y abandonarla a su suerte. Esa mujer era toda una pesadilla.
Las cosas mejoraron un poco cuando llegaron a su destino. Allí se encontró con la sorpresa de que uno de los amigos de Minerva (otro heredero venido a menos, igual que ella), se hospedó unos días antes, junto a un grupo de hombres que él no reconoció. Aunque agradeció que, con su compañía, el carácter de su esposa mejorara sobremanera, pero no del todo.
Alexander disfrutó poco o nada de las atracciones del sitio y deseó haber ido solo para experimentar aquello que parecía llamarlo desde fuera. No obstante, saboreó a plenitud poseer a Minerva bajo un cielo donde, en verano, los días carecen de noche, gracias al fenómeno conocido como el Sol de medianoche y fue vigorizante.
La mañana que, por fin, Minerva sonrió, fue el día que eligieron para subir por segunda vez a una de las montañas, esta vez a escalar. Aparcaron cerca de la iglesia y el cementerio e iniciaron el ascenso por el bosque. Serpentearon por una pequeña senda y tomaron una desviación a la derecha, hasta que llegaron a la base de la famosa Cabra de Svolvaer.
Absorbió el aroma a mar en sus pulmones y se sintió grandioso al beberse las vistas de un montón de pequeñas penínsulas a sus pies. En cada una de ellas, casitas diseminadas, con la montaña a un lado y el mar al otro; puentes que unen una isla con otra, pero a su vez, Svolvaer fue el lugar que le hizo darse cuenta de que no era feliz, a pesar de todo lo que poseía.
El grupo que los acompañaba, era cuando menos variopinto, pero con quienes acordaron formar las dos cordadas para ascender y parecían saber lo que hacían, mientras que los otros decidieron quedarse abajo y disfrutar de las vistas.
Pronto organizaron el equipo y se prepararon. Era una vía de escalada clásica, sin seguros artificiales en la pared, así que decidió subir con Minerva y con Brian, su amigo.
Ambos se detuvieron demasiadas veces por ella, porque la veía nerviosa y eso lo estaba afectando también.
No, en definitiva, no volverían a escalar juntos nunca más. La repisa tenía la anchura suficiente para albergar a las dos cordadas y mientras estaban por llegar a una cornisa, los otros tres prepararon el rapel con soltura y siguieron con la experiencia.
Él envidió al grupo que bromeaba y que aprovechaban la menor oportunidad de tomarse fotos desde la cima. Eso era lo que él había imaginado para sí mismo ese día.
—Alex, tengo problemas —dijo Minerva, con un gesto angustiado que lo obligó a deslizarse hasta ella lo más pronto posible. Uno de ellos llegó al mismo tiempo para ayudarla. Estaba tan concentrado revisando si había un trozo dañado de cuerda o determinar el problema, que no se percató cuando Minerva le acercó algo a la nariz.
»Lo lamento… —La escuchó decir con la voz rota.
Elevó el rostro y sus ojos conectaron. Los de ella anegados en lágrimas y los suyos tratando de descifrar el sentido de sus palabras.
El olor era asqueroso y unos segundos después, fue incapaz de obligar a su cuerpo a mover un solo músculo. Vio a Brian cortar su
cuerda, sin un ápice de culpa, y un momento después, su mirada estuvo puesta en el cielo claro de Noruega.
No estaba seguro si duró un instante o demasiado, pero sabía con certeza que caía desde lo alto y que su cuerpo se había roto, después de un par de impactos en los que rebotó. Aunque no podía sentir nada en absoluto.
La oscuridad llegó a él y pensó en que, quizá, seguía dentro de un sueño sobre un lugar extraño, donde no existía la noche y en el que no era capaz de abrir los ojos. Un sitio del que no podía escapar y que le hacía ver de la peor de las maneras que era diminuto, que se hallaba solo y que se encontraba perdido.