Todo en marcha

1589 Words
Alexander sonrió después de terminar la llamada con Minerva. Ya la tenía en sus manos y aunque no podía sacarse de cabeza a esa otra mujer de cabello platino, viajaría al siguiente día para llevársela del lado de Javier. Hubiese disfrutado como nunca el ver el rostro de su hermano, desfigurado al enterarse, pero ni siquiera él podía obtener todo lo que deseaba. Tenía que conformarse de los detalles a larga distancia, qué se le iba a hacer. Minerva Giordano, ya era suya y se dio cuenta de que ahora había perdido el interés por completo. Debía reconocer que lo único que lo unía a ella era la ambición. Ella venía de una familia italiana que tuvo mejores épocas en la industria alimentaria y que, en la actualidad, solo el apellido los mantenía a flote, junto a las pocas propiedades centenarias que poseían. Eso y la enorme disposición de su única heredera por casarse con un millonario, el que fuera. Con ello pretendía devolverles a sus padres la posición que gozaban en el pasado. Debía reconocer que el contrato para obtener la línea hotelera se facilitó gracias a sus argucias femeninas y eso era un hecho que valoraba más que el iluso de Javier, quien la trataba como una princesita decorativa. Aunque debía agradecérselo, pues eso fue lo que provocó que ella desviara la atención hacia él. Minerva se aburrió de las flores y corazones y él estaba más que dispuesto a brindarle acción en la cama y fuera de ella. Sobre todo, de darle una mano para lograr su objetivo a corto plazo. Era un acuerdo de ganar-ganar. Lo único que le preocupaba, es que en las últimas semanas recibía con demasiada frecuencia sus llamadas. Temía que confundiera el tinte de relación que tendrían, porque le dejó claro que no deseaba a una mujer enamorada, celosa y caprichosa tras sus pasos. Miró el techo de su habitación en El Leviatán y se centró en la insignia de oro de su apellido que lo decoraba. Esa «H» y el imperio que representaba, pronto serían suyos y estaba tan cerca de lograrlo, que casi era capaz saborear la satisfacción de todo ese poder en sus papilas. Su visita en la isla griega se debía a una reunión para la firma del proyecto hotelero que había conseguido en beneficio de la corporación Herrera junto a Minerva. Y al regresar, su padre estaría tan orgulloso de su gestión como el futuro presidente de la misma, que solo tendría que esperar unos cuantos meses para el nombramiento oficial. Pero el hecho de que el gran Pablo Herrera ya lo incluyera en las reuniones de consejo, pusiera en acción sus ideas de negocios y solicitara su opinión tanto en casa como en la empresa, era su forma de mostrar su beneplácito frente a todos. El único precio a pagar por ese nivel de poder era el matrimonio, uno muy bajo, según él. Porque si regresaba de Suiza casado con Minerva, estaría cumpliendo con la cláusula que la familia pedía. Además de destruir al adoptado advenedizo al que debía tratar como hermano. Solo porque su padre se había encaprichado de una de sus empleadas y se casó con ella. Haciendo eso, estaría matando dos pájaros de un tiro, era simple. La vida era benévola con él y si recordaba el interior de esa mujer del club envolviéndolo, lo era el doble. Sonrió con los ojos cerrados mientras daba la orden de regresar. Solo era cuestión de tiempo para que volviera a dar con ella, no importaba en qué rincón del mundo se hubiese metido, pero él la probaría de nuevo. Alexander se llevó una gran sorpresa al querer abordar el avión familiar, porque Minerva ya lo esperaba en la pista, con maletas en mano y una caja de la joyería, propiedad de su madrastra Angélica, conteniendo un par de anillos. No pudo evitar reír a carcajadas por la practicidad de esa mujer. Le ofreció llevársela de vacaciones con él por toda Europa y fugarse juntos. Pero se suponía que esa misma noche, Javier y ella anunciarían la fecha de su boda y, aunque Alexander tenía la intención de volver más dramático el momento al sacarla de la fiesta, el que ella no se presentara también le servía. Así que usó el avión para hacerla suya antes de emprender su viaje de placer y una semana después, estaba firmando y convirtió a Minerva en una Herrera más. Ambos lo hicieron en el baño del juzgado para celebrar y planeaba enviarle a Javier una fotografía de ellos en la cama, con ella vestida de novia, mientras todos se preguntaban dónde se habían metido. —Tengo reservas en el hotel —dijo Minerva acomodándose el hermoso y largo cabello n***o sobre sus hombros. —Lo tenías todo planeado… —respondió Alexander, mordiéndole la piel descubierta, antes de acomodarle la manga y luego subir la cremallera del ajustado vestido blanco perla que llevaba. —Vengo deseando esto desde hace mucho. —Ella se acomodó sobre el lavabo e inclinó su cuerpo hacia atrás y al rozarlo y provocar un gemido de su parte, sonrió pícara. —Muy bien, señora Herrera. Ahora a disfrutar, porque en unos días le avisaremos a mi familia de manera oficial que eres mi esposa. —Sostuvo sus senos y los acarició sobre la tela. A él no le importaba hacerla suya en cualquier lugar. La disposición que ella mostraba a seguirle el juego era un afrodisiaco del que no creía que se cansara pronto y eso era un gran aliciente para proseguir con el plan si sentir ni siquiera una pequeña pizca de culpa. —Señor Herrera, tenga calma… —Ella se alejó un poco y logró que él se sorprendiera por su negativa. Se giró y acarició su m*****o que ya estaba dispuesto de nuevo y agregó—: Su señora aún tiene mucho qué adquirir para que disfrutemos de la mejor luna de miel. —Por supuesto —resopló riendo—. Ya decía que te habías tardado en cobrar tu comisión. En unas horas amanecerá allá y habilitaré una cuenta a tu nombre. Ahora vamos a festejar —dijo frotándose tras ella y haciéndola reír. Alexander perdió la cuenta de las veces en que la hizo suya. Bailaron mucho, bebieron poco, para cuando al fin llegaran al hotel, seguir descubriendo el nivel de resistencia que ambos tenían. Parecían enajenados el uno con el otro y creyó que no había hecho mejor elección en la vida que esa. Unas noches después, la vio salir del baño y le pareció descubrir un halo diferente a su alrededor. Lucía, como si hubiese llorado, pero no le dio mayor importancia al admirar su desnudez y la sonrisa que le dedicó antes de subirse a horcajadas sobre él. Se acercó a su oreja mientras él luchaba por librarse de su pantalón y le dijo: —Llegó la hora de tu sorpresa. —Se desvió hacia la mesa de noche y abrió la gaveta mientras él se apoderaba de uno de sus pezones haciéndola jadear—. Nos vamos, las Lofoten nos esperan. Alexander se hundió en ella con fiereza. El que supiera que era de las pocas montañas que le quedaban por escalar por todo el mundo, lo encendió como nunca y el que quisiera hacer ese viaje con él, hizo que se removiera algo enorme en su interior. Incluso se preguntó si esa era la mujer con la que el destino lo estaba premiando. Observar su entrega sobre él fue sublime, la tomó del cuello y en un rápido movimiento la volteó bajo su cuerpo. Era la primera vez que sentía que además de desearla, también tuviese la necesidad de marcarla como algo especial, como algo suyo, solamente suyo. No supo si fue el alcohol y la píldora que aceptó de su mano hacía unos minutos, después de lo de los boletos, pero su cabello n***o se transformó en platino y sus gemidos ya no eran suaves, sino roncos y densos, como los de aquella mujer. Su boca lo tentó y aprisionó una de sus tetillas y eso lo volvió loco, cuando las palabras salieron sin control de su boca: —Así mi Sirena, sigue así… —susurró con ferocidad mientras se hundía en su interior sin darle tregua. —¿Alexander? —preguntó entre jadeos. —Dámelo todo —dijo cerrando los ojos. Confundido por el tono tan distinto que se coló en la neblina de su frenesí. Empujó hasta saciarse, emitiendo un grito de triunfo enronquecido. Satisfecho y sudoroso salió de ella, después de ayudarle con un par de movimientos más a alcanzarlo y llegar a su mismo nivel de sosiego. —¿Quién es? Minerva se escuchaba enfadada, pero entre el cansancio y las pocas ganas que tenía de discutir decidió mentir. —Tú. Te mueves como una. Y según San Ambrosio de Milán; eres un símbolo de las mayores tentaciones del mundo. Respiró satisfecho al verla sonreír y darle la espalda para que la abrazara. Y así lo hizo, antes de caer casi desmayado, tratando de olvidarse de la imagen tan vivida de Vania Doskas, que había tenido bajo su cuerpo. —Tú. Te mueves como una. Y según San Ambrosio de Milán; eres un símbolo de las mayores tentaciones del mundo. Respiró satisfecho al verla sonreír y darle la espalda para que la abrazara. Y así lo hizo, antes de caer casi desmayado, tratando de olvidarse de la imagen tan vivida de Vania Doskas, que había tenido bajo su cuerpo.
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