Nicolás giró su silla para dejarla frente a ellos y cruzó el brazo sobre su pecho, atrayéndola hacia atrás hasta chocar con su cuerpo firme y se inclinó a un lado de su rostro para mordisquear su oreja. Ella sintió su aliento quemándole la piel y pensó que tenía fiebre al causarle un escalofrío en todo el cuerpo. Él rio con ganas y le dijo poco después entre susurros: —Ni se te ocurra acercarte al griego o cortaré a tu hija como a un cerdo con tu propia navaja y la dejaré colgada sobre tu puerta. Se sintió desfallecer y habría estado a punto de caer cuando la soltó, pero el mismo impulso la dejó con la espalda apoyada en la barra. Él avanzó a saludar a cada uno de los miembros del grupo, mientras Vania trataba de encontrar un punto extra de apoyo para recordar cómo volver a respir

