Alexander miró a la mujer con desconfianza y con el ceño fruncido hacia la puerta. Alargó el cuello, probablemente buscando a los responsables de su seguridad.
—Aquí está la champaña que pidieron —dijo su amiga, con la mano temblorosa, sosteniendo una botella de vino.
Ella descubrió su pequeño maletín en la parte baja del carrito y no lo pensó dos veces. Lo tomó con lágrimas en los ojos, y solo pudo atinar a darle un abrazo y un beso fugaz a la única mujer en la que pudo confiar en todo ese tiempo, antes de echarse a correr para salvar su vida.
Escuchó que Alexander le gritó que se detuviera, pero no podía hacerlo. Si en realidad quería ayudarla no la delataría, aunque no estaba segura de poder confiar en él.
Corrió por el pasillo de servicio que le indicó Sander hace semanas, donde se suponía estarían las cámaras de seguridad desactivadas y tomó una puerta hacia la cocina. Respiró con dificultad y experimentó una enorme emoción al no encontrar a nadie en su camino.
Él cumplió su palabra. Salió por la puerta de atrás y sintió la humedad bajo sus pies. Se dio cuenta de que iba desnuda y tuvo que apoyarse en la pared a unos metros de allí, para sacar una de las tres mudadas que llevaba en el maletín.
Optó por una camiseta gris deslavada y un pantalón corto para no llamar la atención de los dueños de locales que podrían identificarlas fácilmente por sus costosos atuendos, en comparación con los turistas que frecuentaban la zona. Ni siquiera se aseguró de meter ropa interior en ella, pero no le dio importancia. Al menos recordó poner un par de sandalias dentro, pero un ruido cerca de la puerta le impidió ponérselas.
Se apresuró a rodear esa calle, e internarse por el jardín que servía de valla al club, mientras se recogía el cabello bajo una gorra oscura. Uno de los guardias del exterior fumaba de espaldas y se tambaleó por la velocidad que llevaba. Sin embargo, él sonrió hacia su izquierda y otro guardia se acercó a él con confianza y rodeó su cuello antes de besarlo con efusividad.
La pareja no tardó en internarse entre los arbustos y desaparecer y ella volvió a respirar al reemprender su camino. Llegó al puerto después de diez minutos y no aguantaba el ardor en el pecho por la falta de oxígeno.
Del casillero, sacó la bolsa de tela con las joyas y se encaminó al barco. Se disponía a subir, pero la risa de uno de los hombres de Darius sobre la cubierta la paralizó.
Él estaba junto a un grupo de seis hombres que brindaban con muchas botellas de cerveza alrededor y eso la obligó a retroceder. Apretó de nuevo sus documentos dentro de uno de los bolsillos del maletín, acción que estuvo repitiendo sin cesar desde que salió del club.
Alguien la empujó por detrás, y un grupo de jóvenes entre risas y un jaleo descomunal caminaron a su alrededor. Uno de los chicos la cargó por la cintura y al mirarla mejor se disculpó con ella, pero iba tan ebrio que siguió su camino, hasta que capturó a otra chica de la misma forma.
A lo lejos, reconoció al capitán del catamarán al que el grupo se dirigía.
—Disculpa —dijo otro chico que colisionó con su espalda.
—Te estaba esperando —respondió ella con una enorme sonrisa y se abalanzó sobre él para besarlo.
El chico quedó pasmado por un segundo, pero al sentir el sabor de vodka en su boca y que él profundizó el beso supo que el sujeto no se iba a hacer de rogar. Esa embarcación solía llegar a la isla cada semana, brindando el servicio de un itinerario por las islas Cícladas durante siete días.
El chico le dijo que después se dirigían a Paros y si no se equivocaba, desde allí había vuelos hasta Atenas cada cuarenta y cinco minutos y si lograba llegar sin contratiempos, estaría a salvo. El sujeto al que se había adherido fingiendo estar demasiado bebida le ayudó a subir y le ofreció un vaso con agua. Era atento y no se le notaba maldad alguna, así que eso era un destello más de su fortuna esa noche.
Solo un par de personas la miraron con suspicacia, pero la mayoría estaban más interesados en bailar y divertirse que en concentrarse en ella y eso le ayudó a tomar aire. Después de varios minutos se alejaron del puerto y por fin se permitió tener un poco de calma.
Las lágrimas cubrieron su rostro sin estar segura de que lloraba de felicidad o por la angustia de lo que estaba viviendo y el rumbo desconocido que tomaría. A lo lejos, vio un grupo de hombres que corrían hacia el puerto y reconoció a Sander entre ellos.
Alguien más lo empujó, haciendo que cayera de rodillas al suelo y vio dos fogonazos en su dirección. Cerró los ojos con todas las ganas de gritar hasta perder la voz, pero a lo único que atinó fue a morderse los nudillos de la mano que tapaba su boca.
Ella también cayó de rodillas, luego pegó la espalda contra el asiento, escondiéndose como una cobarde. Se quedó allí, sufriendo y maldiciendo su vida por tener que sacrificar a alguien que la quería de verdad. Ese era el verdadero precio a pagar por su nueva libertad.