Confesión

1570 Words
Alexander se acercó a sus labios y se apoderó de ellos, mientras una de sus manos estilizadas, pero masculinas. Se deslizó por toda su piel hasta posarla sobre uno de sus senos y luego presionó su pezón antes de descubrirlo, haciéndola jadear. Ella gimió, impresionada por haber sentido que el beso le removió algo en el estómago. La exigencia de sus labios fue intensa, pero sus movimientos y la intrusión de su lengua encendieron un fuego ardiente e inexplicable en su interior. Él la giró, acariciándole la espalda y bajando con ambas manos su sostén. Luego llegó a sus glúteos, hasta posar sus manos sobre las bragas blancas semitransparentes y romperlas unos segundos después, para luego azotar su trasero con algo que le ardió aún más que el primero que recibió. Ella no se dio cuenta en dónde estaba semejante artefacto infernal y se sintió en plena desventaja, pese a que en ese lugar le enseñaron a fijarse en todos esos detalles. Sin embargo, el ardor que le quemaba se disipó bajo los labios que succionaron su piel y luego lamieron con pericia la zona adolorida. —¿Qué pusiste en mi copa? —escuchó desde abajo. —No sé… —Tragó con dificultad. Avergonzada, porque seguramente estaba a punto de morir a manos de ese hombre y en lugar de pedir clemencia, solo podía estar pendiente de la humedad que incrementaba en su centro. Recibió otro azote, esta vez con su mano y agregó volviendo un poco en sí—: Me imagino que un somnífero. Sintió que sujetaba cada una de sus piernas, mediante las argollas que sobresalían de las cadenas que ella se puso antes y las engarzó con otro tubo que emergía de la pared. Al tenerlas separadas, él ascendió con su mano hasta su hendidura, deslizando uno de sus dedos entre sus labios y lo movió en un vaivén que la obligó a contraerlos. Escuchó su risa ronca, perversa, como una invitación y una advertencia a la vez. —Eres preciosa y por tu bien… me dejaste con ganas de volver a poseerte desde aquella vez en el autoservicio. Él deslizó ese dedo húmedo de sí misma por toda su espalda, mientras se ponía de pie hasta colocar su barbilla sobre su hombro antes de morderlo con ardor. Todo lo que le hacía la estaba revolucionando hasta un punto sin retorno. Desde que estaba atrapada en ese lugar, no había disfrutado jamás de que ningún hombre la tocara. Acostumbraba a perderse en sus pensamientos y en los felices recuerdos de su juventud mientras lo hacía, pero con él todo se sentía distinto. Estaba alerta de cada uno de sus movimientos, de su voz, de su aroma a menta combinado con notas cítricas, amaderadas y de pimienta que la seguían elevando a un nivel de excitación incontrolable. —Por favor… —¿Por favor? ¿Por favor, qué, Sirena? —dijo él luego de volver a entrar en ella con dos de sus dedos. Lo escuchó gemir junto al sonido del cinturón antes de sentir su invasión dentro—. Me complace no tener que usar nada contigo. Notó su voz agitada y los sonidos que hacía la estaban llenando de deseo y ansiedad. Así que gimió otra vez, con fuerza, sin poderse contener. Sabía que se refería a que con ellas no tenían que emplear preservativos debido a los exhaustivos exámenes a los que las sometían como el «producto especial» que eran y a ellos, por ser considerados clientes preferentes del club. Recordar su encuentro casual en la tienda de la gasolinera de la isla la envalentonó, porque un par de miradas fueron suficientes para que la siguiera al baño de mujeres. Pero no duró tanto como ella hubiese querido, porque el guardaespaldas que la acompañaba a ella y dos chicas más para comprar algunas cosas, tocó la puerta con insistencia. Él rio sobre su hombro, tal y como estaba haciendo en ese momento, sin dejar de entrar en ella, hasta que los dos ahogaron un pequeño gruñido de satisfacción por su culminación. Ella se acomodó la ropa con prisa, se giró para quitarle los lentes de sol que llevaba en la abertura de su camisa polo, blanca, y con una sonrisa se los colocó antes de salir. Sin despedirse. —Ayúdame… —musitó ella, encontrando un resquicio de claridad entre la niebla de placer que le estaba haciendo experimentar. —¿Qué? Él no se detuvo. En lugar de eso, intensificó la intrusión y movió su mano para ayudarse a subir a esa cúspide que tanta añoraba llegados a ese punto. Ella se arqueó en un vano intento por cerrar las piernas y el esfuerzo hizo que le doliera todo. Él gruñó al mismo tiempo en que ella terminó derretida en fragmentos pulsantes con su mano todavía dentro. —¡Ayúdame a escapar! —exclamó, con una convicción que la abrumó. Esta vez él se detuvo abruptamente y salió de ella, para luego colocarse enfrente. El sudor perlaba su frente y sus ojos seguían oscurecidos. —¿Alguien más está involucrado en eso? —preguntó, mientras se acomodaba el pantalón sobre su prominente bulto, pero dejó su camisa por fuera, tratando de recuperar el aliento. —Nadie. —Sin mentiras, Sirena. Recuerda que no soy un marinero novato. No te ayudaré, si no eres honesta conmigo. —Uno de los hombres de confianza de Darius. Hay un barco esperándome en el puerto… —titubeó antes de continuar, pero algo en su mirada le exigía que no le ocultara nada—. El Leviatán. —¿Ibas a viajar de polizonte en mi yate? —Sus carcajadas hicieron que ella se encogiera y ahora sí que sintió un miedo paralizante. —Ayúdame, por favor —susurró casi vencida y con unas enormes ganas de llorar. —¿Y qué obtengo si lo hago? No olvides que soy un hombre de negocios. Si te entrego a Darius, seguro me recompensará con, al menos, un mes gratis con las mujeres que yo quiera. Quizá logre que te entregue a mí sin costo. Me encantaría tenerte unas semanas más a mi lado. Como ves, es muy tentador para despreciarlo. ¿Qué me ofreces tú? —Tengo joyas valiosas que me envían los clientes. —Deben ser muchas, porque soy uno de ellos —se burló, mientras sacaba su pañuelo y se secaba el sudor. Le sorprendió cuando hizo lo mismo con ella. —No tantas… —confesó—. Darius se queda con la mitad, pero con las que tengo, reúno cerca de cientos de miles —mintió, tragando con fuerza para que no notara sus nervios—. Puedo dártelo todo. Eso lo quería para iniciar una nueva vida y huir lo más lejos posible, pero te lo entregaré. Incluso las semanas contigo. Un mes, dos si quieres. —¿Y quedarte sin nada? No podría —respondió. Ella notó que fingía que le importaba. Estaba consciente del poco valor que los hombres les daban a mujeres como ella, a las que solo veían como diversión de un rato. —Soy joven y fuerte, puedo trabajar para ti. La miró como si en realidad lo estuviese considerando. Aunque ella sabía muy en el fondo que existía la posibilidad de que no se atrevería a enemistarse con Darius. Él era un mafioso de la peor calaña y no cualquiera podría vivir cuidándose las espaldas todo el tiempo. —Mi barco zarpa a medianoche. —Lo sé —respondió suspirando—. Ayúdame, necesito volver a mi casa —mintió de nuevo. Por su bien y el de su familia, no podría volver jamás con ellos. —¿Vives en la isla? —Sí. Ya había perdido la cuenta de sus mentiras. —Sirena, eso no sería buena idea. Si lograras salir de aquí, te aconsejo que salgas no solo del país, sino del continente. Esta vez ella rompió a llorar como si su vida se hubiese acabado después de escucharlo, pero en realidad era porque esos eran sus planes. Su querido país se quedaría en sus recuerdos. Sus casas blancas de tejados planos y las calles adoquinadas, empinadas y zigzagueantes no le saludarían al alba. Como tampoco volvería a ver a sus padres degustando castañas asadas o bebiendo anís y mistela con sus vecinos. —¿Tienes hermanas? —le preguntó en medio de varios de sus hipidos. —Sí, una —respondió dudoso, pero se apresuró a soltarla de su prisión acerada. Ella se hizo masaje en los brazos, porque los sentía hormiguear. —Me secuestraron en mi fiesta de cumpleaños, hace dos años y mis hermanos mayores no pudieron hacer nada para impedirlo. ¿Qué pasaría si tu hermana…? —No —la interrumpió sin querer escucharla. Le dio la espalda y atisbó un gesto de asco ante su pregunta. Esperaba haberlo conmovido con eso. —Por favor. Estoy segura de que mi familia me sigue buscando —dijo sollozando, con las lágrimas bajando por su rostro y que se deslizaron por su cuello hasta sus senos. —Calla —dijo él con un sonido gutural. Lo miró después de limpiarse el rostro con las manos como pudo y se sintió desfallecer al notarlo excitado, mirándola de arriba a abajo. No. No le ayudaría. —Con permiso. Mil disculpas… —Lena entró, deslizando un carrito con botellas y otros productos y ella se puso en alerta.
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