Baila para mí

945 Words
Ella tocó la puerta y una voz profunda le dio acceso. Se sorprendió al encontrar dos hombres enormes franqueando la entrada, quienes la detuvieron en el umbral y la revisaron sin mirarla demasiado. Ese no era el protocolo habitual debido al nivel de exclusividad del lugar, pero sabía que cuando ocurría, era porque el cliente así lo había exigido. Por primera vez se preguntó en qué andaría involucrado ese hombre para temer algo allí dentro. Alexander Herrera le sonrió con diversión. Vestía de esmoquin y se veía impecable. Le aturdió la intensidad de su mirada azul turquesa, pero se contuvo de avanzar hacia él por el gesto con la mano que le indicó con un dedo que girara hasta quedar de espaldas. Ella así lo hizo y tembló por la expectación. Maldiciendo de inmediato por comportarse como una novata frente a él, porque con el simple hecho de haberla solicitado, ya agregaba un valor exorbitante a sus servicios y Darius era conocido por aprovechar muy bien las debilidades de cada uno de sus singulares clientes. Para lograr que su jefe accediera a brindarle un espacio con ella, Herrera envió un costoso collar de perlas. Sander lo envió a tasar y aunque le dijeron a Darius que no valía demasiado para que le permitiera quedárselo, en realidad era el collar más costoso que tenía hasta ahora. Ella sabía que no era la chica más hermosa que tenían en el lugar, pero poseer un cabello rubio platinado y una potente voz, hacía que se destacara entre las demás. Por lo tanto, la mostraban como un premio no asequible para cualquier bolsillo. Lo que generaba en los clientes más interés del habitual y que el precio por tenerla subiera cada vez más. —Pedí que vinieras con el collar —dijo el hombre a sus espaldas, mientras bajaba el cierre de su vestido. Su tacto delicado le erizó la piel. —Puedo ir por él —contestó, pero quiso morderse la lengua por su imprudencia. Todas las joyas obtenidas por sus servicios ya debían estar de camino al casillero del puerto. Porque usaría varios como pago para salir de la isla, de acuerdo a lo indicado por Sander. Y si él accedía a su propuesta, estaría en graves problemas. —No, ya no es necesario —dijo acariciándole la espalda y bajando con ambas manos, hasta recorrer el resto de su silueta—. Ponte esto en los tobillos. Le mostró unas esposas unidas con una larga cadena metálica, decorada con piedras preciosas. Ella sonrió, pensando en lo pervertido que podía ser ese hombre si llevaba eso a cuestas, para sus encuentros. Si tuviera tiempo de despedirse de las otras chicas, les habría contado, seguro estarían encantadas con la información y disfrutarían compitiendo por experimentar con él. Eso no era habitual en la isla y si sabía emplear bien esos juguetes, se convertiría en el cliente favorito del club. Recordó la recomendación de Sander y se movió sugerente hacia abajo, acariciado cada una de sus piernas y luego su cadera al erguirse. Lo miró de reojo, pero su falta de expresión ante sus invitaciones veladas no parecía surtir efecto. No obstante, un segundo después, ella saltó en su sitio al sentir una manotada en su trasero que le quemó la piel al instante. —No te pedí que hicieras eso —dijo él con la voz gruesa—. ¿Cómo te llamas? —Sirena. —Tu nombre real —pidió, sentándose en la chaise longue blanca, estilo rococó, que combinaba con el resto del decorado n***o y blanco de la habitación. —Sirena —repitió bajando la mirada. Queriendo gritarle que no podría usar nunca más su verdadero nombre. —Entiendo… —dijo quitándose la chaqueta—. Sírvenos una copa y baila para mí. Se contoneó hasta el reproductor y aprovechó para abrir su anillo y verter el líquido en la copa. Esperó con los nervios a flor de piel que el color se diluyera de inmediato, pero tomó un par de segundos extras para que ocurriese. Regresó y le entregó una a él, colocando la suya sobre una pequeña mesa de cristal oscuro, mientras se arrodillaba sobre la alfombra y se acercaba a gatas a su entrepierna. Él se inclinó hacia delante con los antebrazos sobre las rodillas, gesto que a ella le hizo sonreír. Ya lo tenía. Sus ojos azules se oscurecieron sobre ella cuando ella se acercó a su mano y lamió uno de sus dedos, mientras lo miraba insinuante. Era de esas contadas veces en que no le daba asco hacerlo y el que él fuese tan atractivo, era una buena despedida de ese mundo. Él le haría olvidar al enorme anciano con hedor a puro barato que tuvo que atender hacía unos días. Miró complacida cómo se llevó la copa a los labios, pero antes de tragar, haló su mano derecha con firmeza. Ella quiso zafarse, porque allí llevaba el anillo, pero de inmediato se vio de nuevo sorprendida, cuando le apresó la muñeca con otras esposas a juego con las que llevaba en los tobillos y se puso de pie. La arrastró sin miramientos hacia un tubo empotrado en la pared que ella estaba segura de que no estaba allí antes. Alexander sujetó su rostro con una mano ejerciendo presión y le mostró el anillo, deslizando el compartimiento en la roca engarzada, para que supiera que fue descubierta. —¿Qué buscas? —preguntó—. No me gusta perder el tiempo esperando respuestas. —Yo… —intentó hablar, pero el miedo le cerró la garganta. —Te dije que bailaras, no que me tocaras, y menos que me envenenaras.
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