Capítulo 5 Los cómplices

1401 Words
Hoel sentía el calor del cuerpo de esa mujer con la que había chocado. La respiración de ella acariciaba su rostro. Mas, no pudo evitar encantarse con esos labios gruesos, cincelados y pintados de rosa. Esos ojos marrones que brillaban con energía vibrante. Las largas pestañas y las cejas pobladas. Esa señora era hermosa en todos los sentidos en los que se podía contemplar la belleza. Su iris azul resplandeció al quedar embelesado. Mientras la admiraba, su mente se nubló por la atracción que sentía. Se mantuvo atrapado en un trance del que no podía escapar, sin percatarse de que una de sus manos estaba presionando uno de los senos de ella, ni que su rodilla hacía presión contra la blanda humanidad. El instante se alargó, como si hubieran pasado horas. La realidad solo los enfocó a ellos. Así, aquellas campanas que habían resonado antes, se escuchaban con mayor intensidad. Ambos estaban en un espacio donde solo existían ellos dos. La belleza de esa señora era abrumadora, y Hoel se sintió perdido en la profundidad de sus ojos. La cercanía de sus caras, a escasos milímetros, hacía que cada pequeño detalle de ella, se volviera más evidente y cautivador. Era una mujer madura, pero que aún irradiaban vitalidad y energía en su semblante. Ese punto medio que transmitía solo lo cegaba y lo hechizaba cada vez más. Helena estaba debajo de ese chico, sintiendo la presión de su mano sobre su pecho derecho y la rodilla tocando su intimidad. Sus pupilas oscuras se dilataron ante la sorpresa y el fervor del momento, como en sus tiempos de juventud, cuando había estado con el hombre al que amaba. Esa emoción de nervios, expectativa y excitación habían quedado en el olvido para ella. Luego de su divorcio había, olvidado que existía un mundo pasional y sensual entre hombres y mujeres, porque se había enfocado a su trabajo y a su hija, sin prestarle atención a los romances. Contempló el rostro del muchacho, esos ojos azules eran como la profundidad del océano en el que se hallaba sumergida, descendiendo hacia el fondo del mar sin poder apartar la mirada de él. La barba ligera y el cabello rizado, marrón, eran inusuales de ver. No podía negar el hecho de que era lindo y atractivo. Pero se veía demasiado joven. ¿Cuántos años tendría? ¿Diecinueve, veinte, veintiuno? O, tal vez, la mitad de los que tenía ella, ¿veintidós? Era solo un niño comparado con ella. Cuando ya había estado viviendo a plenitud, él apenas debía ir en secundaria. La sorpresa y el desconcierto inicial dieron paso a una curiosidad involuntaria. A pesar de la situación comprometedora, no podía dejar de observar cada facción de él. Su piel parecía suave y tersa, y sus rasgos, aunque jóvenes, transmitía una madurez y misterio que la intrigaba. Sin mencionar que, la cercanía de sus cuerpos la hacía consciente de cada latido de su corazón, que parecía resonar en sus oídos. En otra oportunidad jamás le hubiera prestado atención. Pero teniéndolo encima de ella, mientras se imponía con su peso corporal, sería difícil para cualquier ignorar la situación. La presión de la mano contra su pecho y su rodilla contra su intimidad era abrumadora, creando una mezcla de incomodidad y una inesperada excitación. Hace ya muchos años que no estaba en esa posición y en esa circunstancia con un hombre. Desde que se había divorciado de su marido, su vida íntima era inexistente, nula, por lo que el estímulo en su seno, en su humanidad y el recuerdo de la escena de cuando tocó sus propios labios para simular un beso formaban una secuencia en cadena que hacía que su piel ardiera y que su pulso se acelerara. Era como si dentro de su ser, una chispa se hubiera vuelto a encender, luego de que ya había apagado. ¿Cómo podría explicarlo? Ese chico, de modo inesperado, era como el combustible que había propiciado que el fuego de su alma volviera a arder con temblante fulgor. En su piel recordaba el contacto físico de una pasión que pensaba olvidada y que yo no volvería a experimentar nunca más. Su cuerpo respondía de manera involuntaria, como prueba de que seguía viva y de que era una mujer que, reaccionaba, frente a una acción externa. Era cuestión de ciencia, una ley física a la que estaba siendo expuesta. Así, aunque la racionalidad la impulsaba a alejarse de la tentación que representaba ese joven. Su atención se enfocó en los delgados y rosados labios de ese muchacho. Estaba tan cerca que, al mínimo movimiento, podría tocarlos con los suyos. La proximidad de sus rostros creaba una tensión eléctrica en el aire. En ese momento suspendido en el tiempo, cualquier cosa parecía posible. Sin importar lo inmoral o incorrecto que fuera. Sus vellos se erizaron y su existencia se vio estremecida como un sismo de gran nivel por ese extraño. Fue ella la que intentó decir algo. Pero el ruido de voces acercándose por el pasillo interrumpió el momento. Era el grupo de amigos de Rebeca, riendo y hablando en voz alta mientras se dirigían a la cocina en busca de más cerveza. Hoel le puso la otra mano sobre la boca, para evitar que hablara y delataras su presencia. Por suerte habían quedado detrás del sofá y el celular y el libro, también estaban resguardados por el mueble. Ambos recogieron sus piernas para asegurarse de que estuvieran cubiertos por completos y no ser capturados infraganti. Los ojos de Hoel se encontraron con los de Helena. Era la primera vez que veían, como dos espejos que escondían un mundo desconocido que ahora se manifestaba ante su entendimiento. Eran como dos cómplices en medio de su crimen, en el que los gestos eran suficientes para entender todo lo que el otro le intentaba decir. En ese punto eran conscientes de la necesidad de mantenerse encubiertos por la forma en la que estaban. Una simple y pequeña distracción se había convertido en algo de mayor magnitud que podía ser explicado con sencillez. Pero no había porque arriesgarse a malentendidos. La tensión en el aire solo era captada por ellos dos. Los amigos de Rebeca, ajenos a la situación, continuaban su disturbio en la cocina, el sonido de botellas y vasos chocando llenaba el espacio. Respiraban con dificultad, tratando de no hacer ruido. Hacía demasiado calor y la fricción de sus cuerpos despertaba emociones extrañas en ambos. No era algo que podían controlar, solo era la respuesta de su anatomía frente al estimulo externo al que estaban expuestos. Hoel mantenía su mano firme sobre la boca de ella, sintiendo el calor de su aliento contra su piel. El espacio detrás del sofá era estrecho y cada movimiento debía ser calculado para no revelar su escondite. Los minutos pasaron de forma lenta. Al final y luego de evitarlo, sucumbió a la emoción y no puedo retener la erección en su entrepierna que hacía presión contra el muslo de esa mujer. Sus mejillas se ruborizaron por la vergüenza y por la pena que le provocaba tal acción. En verdad no quería que pensara que era un pervertido o que tenía malas intenciones. Solo era algo que ya no podía controlar. Tragó saliva, fundiéndose en la mirada marrón de esa señora. Su intento de levantarse era en vano, pues sus brazos se habían entumecido. Su talento solo se endurecía y se extendía más poco a poco. Además, la pantaloneta y el bóxer no eran sus mayores aliados, ya que no contenían su emergente vigor. Helena podía escuchar el latido de su propio corazón, cada pulsación era más rápida y fuerte que la anterior. Ahora, podía percibir como la virtud de él se había despertado y se encontraba en el muslo de su pierna. No era ajena a como era la excitación de un hombre. No era una niña o una adolescente que recién estaba descubriendo el mundo de la sexualidad. Era una mujer madura, era madre y alguien que ya había recorrido ese camino a plenitud. Nada más estaba un poco sorprendido por cómo se habían desarrollado los hechos de una manera tan imprevista y atareada. Así, su expresión no se inmutó al estar expuesta a la erección de ese muchacho. Era un accidente y los dos estaban envueltos en esta escena. No había culpas, ni agresiones, solo dos personas que se habían distraído por un momento.
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