Capítulo 6 Las reacciones

1262 Words
Los murmullos y risas en la cocina eran un constante recordatorio de que no podían permitirse el lujo de ser descubiertos. Después de lo que pareció una eternidad, conteniendo su excitación, evitando moverse en lo más mínimo, las voces comenzaron a alejarse. El grupo se dirigió de nuevo hacia la piscina, llevando consigo el bullicio de la fiesta. Hoel relajó su mano y la retiró de la boca de Helena, permitiéndole respirar con más libertad. Ambos se miraron de nuevo, esta vez con una mezcla de alivio y relajación. Apretó su mano derecha por reflejo y percibió como si una gran bola de algodón, suave y agradable, se amoldara a su palmar. Fue entonces cuando el sutil jadeo de esa mujer, lo hizo despertar de su trance en el que todavía estaba inmerso. La señora Hall separó ese grueso labio, haciendo que notara donde estaba tocado con su palmar y su rodilla. Había estado tan distante de la realidad, que solo se había concentrado en la hermosa de ella. Tragó saliva y una corriente eléctrica viajó por su anatomía. Así, con toda su fuerza de voluntad y determinación, se puso de pie con su respiración pesada. Observó como la señora Hall tenía un brazo en el vientre y el otro sobre la frente. Divisó el cuerpo completo y la curvilínea figura que tenía. Esa cadera ancha y el busto de gran tamaño, complementado por la piel blanca y esa expresión alterada con las mejillas sonrojadas y sentida, por como habían estado, se grabó en su retina de forma instantánea. Debía confesar que poder apreciar tal imagen de esa mujer así de hermosa y sensual eran una obra de arte que cualquier hombre desearía ver. Además, eso no ayudaba a controlar su vigor. No recordaba que su entrepierna estuviera tan endurecida por nadie, nada más en las mañanas, cuando recién se despertaba. En su pantaloneta impermeable se manifestaba la rigidez de su atributo que alzaba la tela de su prenda. Ella era tan blanda, suave, curvilínea y hermosa que solo le provocaba malos pensamientos. Si la hubiera conocido en otras circunstancias, lo más probable era que no imaginara tantas cosas perversas. Helena divisó a ese muchacho estando de pie. En realidad, era más alta que ella, pese a ser más joven. Pero eso era algo normal. Su vista marrón se posó en la erguida protuberancia que se la marcaba a él. Había estado sintiendo tal longitud en su muslo. Sin embargo, al contemplarlo se notaba de mayor tamaño. Por algún motivo, no podía hablar, ni colocarse de pie. Su cuerpo estaba ardiendo por el peso de alguien atlético y esbelto al que había estado expuesta. No recordaba la dureza, tacto y vigor de un hombre desde hace tantos años que había olvidado que eran así de rígidos y firmes. Sin mencionar que su ser había respondido a él. Era una libertina e inmoral. ¿Cómo era que estaba caliente por un niño? Era una degenerada que se iría al infierno. Hoel extendió su brazo hacia Helena para ayudarla a levantarse. Su mano temblaba de manera involuntaria por el nerviosismo que las emociones que aún seguía experimentando. —Lo siento —dijo Hoel cuando ella estuvo de pie. Hoel no comentó más nada. Dio un paso hacia atrás, desviando la mirada de la señora Hall. Sabía que, si seguía mirándola, su excitación no desaparecería, por más que lo deseara. Caminó por la sala de estar y llegó hasta la puerta principal, que abrió para salir al patio delantero. El viento fresco de la tarde era su aliado para calmar su fervor y su estímulo. Cada parte de él estaba caliente y un poco sudada. Necesitaba apaciguar su ímpetu y volver a la normalidad. Afuera, el sol de la tarde bañaba el jardín con una luz dorada, mientras una suave brisa jugaba con las hojas de los árboles. Hoel se apoyó en la barandilla del porche y cerró los parpados, inhalando de manera intermitente. Poco a poco, su respiración se fue estabilizando y su corazón dejó de latir con tanta intensidad. El sonido lejano de la fiesta aún llegaba a sus oídos, pero allí, al aire libre, todo parecía menos abrumador. Recordó la expresión de la señora Hall antes de que todo se interrumpiera, la sorpresa en sus ojos cuando las voces los obligaron a esconderse. ¿Qué habría querido decir ella? Ahora, sin la presión inmediata de ser descubiertos, se sentía un poco avergonzado por su reacción impulsiva de haberla silenciado. Había actuado por instinto, pero eso no justificaba su comportamiento brusco. Se preguntó qué pensaría ella ahora. Aunque no la conocía, había algo en la situación que le había hecho sentir una conexión, aunque fuera momentánea y circunstancial. Al menos quería disculparse de forma adecuada. Al ambiente seguía refrescándolo y calmándolo, disipando el calor que lo había envuelto. Luego de un rato se enderezó y se dirigió de nuevo a la casa. Entró con pasos nerviosos. ¿Ella seguía allí o ya se había ido? Caminó por el pasillo hasta la sala de estar donde no había nadie. Respiró aliviado. Helena asintió ante la disculpa del joven. Pero cuando quiso responderle, él ya se había girado y se empezaba a alejar. Extendió su brazo para detenerlo y quiso hablarle. Sin embargo, se vio interrumpida por la ama de llaves. —Ya está listo su baño de espumas, señora Hall. Helena se quedó viendo cómo aquel muchacho salía al jardín delantero, después de haber estado en esa situación comprometedora. Pero ya no podía hacer nada. —Enseguida voy —dijo ella con resignación. Helena dio un paso para marcharse. Pero recordó su celular y también el libro que él estaba leyendo. Si su memoria no le fallaba, era una de las novelas que estaban en su biblioteca. Además, él había bajado del segundo nivel, por lo que era posible que viniera de allí. ¿Quién era ese muchacho? Se le iba a caer la cara de vergüenza por lo que había pasado entre ellos. Suspiró con agotamiento. Recogió su móvil y el texto del suelo. Subió las escaleras hacia su recámara. La escena de lo que había pasado se repetía en su cabeza. Mientras caminaba hacia su cuarto, la inquietud de lo ocurrido la abarcaba. Cerró la puerta detrás de ella y se detuvo unos instantes, tomando una profunda respiración. Sus pensamientos giraban en torno a la inesperada conexión y excitación que había despertado en su alma. Su entrepierna estaba acalorada y sentía un anormal hormigueo. Recogió su falda y llevó su mano derecha a su intimidad, tocándose por encima de su blandura con el anular y el medio. Las yemas de sus dedos se humedecieron con ligereza por un fluido transparente y espeso que brotaba de su virtud. Sus parpados y sus pupilas se ensancharon al ver cuánto se había excitado, solo por el contacto con ese muchacho. Ni siquiera en su juventud había sido tan sensible que, su cuerpo se había lubricado con solo el peso de aquel joven. En ese momento, la escena revivió en su mente. El recuerdo de la presión de la mano en su pecho, la rodilla contra su intimidad, la proximidad de sus labios, la dureza del talento en su muslo, el calor del ambiente que los rodeaba, el cuerpo esbelto, todo volvía con una intensidad que hacía que su piel ardiera y su pulso se acelerara. Negó con la cabeza y despejó sus ideas. Debía estar loca, perdiendo la cordura por haberse estimulado de esa forma por ese chico y seguir rememorándolo de manera tan lujuriosa.
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