Helena dejó sus pertenencias en la mesita de noche. Aún la abrazaba un sentimiento de ardor en la piel. Estaba acalorada, pese a que en el ambiente el aire acondicionado refrigeraba la habitación. Se despojó de su atuendo, uno por uno, con movimientos lentos y deliberados. Su figura curvilínea quedó expuesta con su ropa interior, revelando sus envidiables atributos. Su pecho y sus glúteos, de gran volumen, destacaban de manera voluptuosa, resaltando sus encantos femeninos. Era de talla extra, y sus curvas solo acentuaban su presencia imponente y su elegancia natural. Con cuidado, se retiró las prendas restantes y se cubrió con una bata suave y lujosa. Se colocó un gorro para proteger su cabello y entró al baño, donde la atmósfera cálida y aromática la envolvió. Había regresado a la mansión porque había tenido malestares, pero todo eso se le había olvidado por su encuentro con ese chico desconocido.
Se sumergió en la bañera de espumas, dejando que el agua la rodeara y las burbujas acariciaran su piel. Sin embargo, ni siquiera así la sensación de calor desapareció de ella. Cerró los ojos y, en lugar de relajarse, su mente volvió una y otra vez a la escena con el muchacho. El recuerdo del contacto de ese chico en sus virtudes. La manera en que le había tapado la boca, sintiendo el roce de los dedos en ella. La proximidad de sus labios la mantenían en un estado de excitación y nerviosismo. Ese rostro hermoso, con ojos azules intensos y su barba ligera, aparecía una y otra vez en memoria. No podía olvidar cómo su mirada la había atrapado, cómo su cuerpo había respondido al contacto inesperado. Se sentía dividida entre la vergüenza y una atracción poderosa que no había experimentado desde hace muchos. Quizás la edad la había vuelto algo sensible y sus malestares la habían hecho estar muy susceptible al tacto. La ducha no lograba apagar el fuego que se había despertado dentro de ella. Su piel ardía al recordar la presión del duro talento en su muslo y la forma en como se le marcaba en la pantaloneta. La manera en que él la veía cuando estaba acostada era de una forma tan perversa y lasciva, como si quisiera lanzarse sobre ella y devorarla. Cada detalle volvía con una claridad abrumadora, haciéndola revivir el momento una y otra vez. ¿Era un pecado tener malos pensamientos? Si solo se quedaba en su imaginación, no estaba cometiendo ningún delito. Aunque, era probable que tampoco lo fuera en realidad, ya que él debía ser mayor de edad. Su pecado solo podía ser condenado por la sociedad y su familia, no por el gobierno, ni por las leyes.
Helena llevaba mucho tiempo sin sentirse así. Desde su divorcio, su vida íntima había sido inexistente, y se había acostumbrado a la soledad y la rutina. Pero en ese breve encuentro, algo se había encendido dentro de ella, una chispa de deseo que creía extinguida. Su cuerpo había reaccionado con una intensidad que la sorprendía, y su cabeza se llenaba de preguntas sobre lo que significaba. Sus ojos marrones se encendieron en un brillo de juventud y su expresión eran sugestiva y cadente. Suspiró con agobio. Mientras flotaba, decidió que necesitaba tiempo para procesar lo ocurrido y trataba de convencerse de que eran cosa de la edad y de su malestar general. Eso sucedería si estuviera en buenas condiciones de salud. Se terminó de duchar y salió del baño, sintiendo cómo el agua había logrado relajarla en parte, pero no había apagado por completo el fuego interno que sentía. Se cambió a una ropa más casual, que tapaba su torso y sus piernas, eligiendo una blusa ligera y unos pantalones cómodos. Quería algo que le permitiera sentirse más a gusto y, quizás, enfriar un poco la agitación que todavía la embargaba.
Al bajar las escaleras, decidió optar por tomar bebidas frías, con la esperanza de que lo gélido pudiera terminar con su ardor interno. Se dirigió a la cocina y se sirvió un vaso de refresco helado, tomando pequeños sorbos mientras trataba de mantener la compostura. Sus pensamientos seguían regresando al chico extraño, y la intensidad de su encuentro se repetía en su mente una y otra vez. Se acercó a la ventana y observó cómo los chicos seguían en la piscina. Rebeca y sus amigos reían y jugaban en la piscina. Así, sus ojos marrones encontraron a ese chico con el que había colisionado hace poco. Él estaba distante de los demás, sentado en una silla, mirando hacia el horizonte como perdido en sus propios pensamientos, igual que ella. No pudo evitar seguir mirándolo, sin prestarle atención a los demás. Él había capturado todo su interés. Había algo en su postura, en la forma en que parecía abstraído del bullicio a su alrededor, que la intrigaba de manera profunda. Se preguntaba en qué pensaba, si acaso él también estaba reviviendo el encuentro que habían tenido y del que se había vuelto cómplices…
Hoel había salido hacia la piscina después de no encontrar a la señora Hall. No sabía si podría mantener la compostura luego de lo que había ocurrido entre ellos.
—¿Dónde estabas? —preguntó Rebeca al haber notado su ausencia por demasiado tiempo.
—Estaba en la biblioteca —respondió Hoel sin ganas. Ni siquiera le dirigió la vista a Rebeca.
Hoel caminó hacia una de las sillas y se sentó, mirando el cielo. En su cabeza no podía dejar de ver la imagen tan sensual, sonrojada, y la curvilínea figura de la señora Hall. En su mano derecha había abarcado el pecho derecho, su rodilla había estado rozando su humanidad, y su rígido atributo había estado haciendo peso contra el muslo de ella. Iba a morir de vergüenza por lo que había ocurrido. Ella debía estar pensando que era un pervertido. Sus ojos azules se perdieron en la distancia, yendo lejos de su realidad.
El sonido del agua moviéndose en la piscina y el canto de los pájaros en los árboles cercanos no eran suficientes para calmar su mente. Cada vez que cerraba los ojos, la escena volvía con una claridad perturbadora. Se había sentido fuera de control, y el recuerdo de la cercanía física, tan íntima e involuntaria, lo atormentaba. Quiso concentrarse, para calmarse, dejando que el sol cálido de la tarde acariciara su piel. Sin embargo, la sensación de vergüenza no la abandonaba. Imaginaba cómo la señora Hall estaría reaccionando en ese momento. ¿Se estaría riendo de su torpeza, o peor, estaría enfadada y dispuesta a tomar medidas contra él? Se llevó una mano al rostro, cubriéndose los ojos, intentando bloquear los pensamientos que lo atormentaban. ¿Cómo podría enfrentarse a ella de nuevo después de esto? Necesitaba una manera de aclarar la situación, pero no sabía cómo sin empeorar las cosas. Sus emociones estaban mezcladas entre la culpa y una extraña atracción que no podía negar. La intensidad del momento había despertado algo en él que no había sentido antes.