Hoel seguía reflexionado, con su vista perdida. El tiempo parecía transcurrir con lentitud, mientras se sumía en sus recuerdos. El ruido lejano de la fiesta continuaba, una señal de que el mundo seguía girando, ajeno a su conflicto interno. Respiró hondo, intentando recobrar el control sobre sus emociones. Sabía que quedarse sentado y atormentarse no resolvería nada. Debía encontrar una manera de hablar con la señora Hall, aclarar lo sucedido y disculparse de una manera que no dejara lugar a malentendidos. Se levantó un momento y se dirigió al borde de la piscina. El reflejo del agua le devolvió una imagen distorsionada de sí mismo. Se arrodilló y sumergió las manos en el agua gélida, dejándola correr por sus dedos. El frescor ayudaba a despejar su mente, aunque fuera un poco. Sin embargo, por alguna extraña razón se sentía vigilado. No podía ser Rebeca y su grupo de amigos, ya que ellos estaban ocupados con su diversión. Giró su cabeza y miró hacia la mansión. Divisó como la cortina osciló y una mano desapareció de manera rápida.
Helena se mantenía mirando a aquel muchacho por la ventana. Sabía que debía ser cuidadosa para no ser vista. Él era mucho más joven que ella, y su posición como madre de Rebeca complicaba cualquier pensamiento que pudiera tener sobre ese chico, sin importar de se tratara. Lo más probable era que fuera un amigo. Pero a pesar de estas consideraciones, no podía evitar la oleada de sentimientos que la abrumaban al seguir contemplándolo. Así, cuando él miró hacia ella, retrocedió para no ser atrapada. Se sentó en el sofá, aun sosteniendo el vaso de agua, y cerró los ojos por un momento, intentando ordenar sus ideas. Pero la imagen de ese chico seguía ahí, persistente y tentadora. No sabía cómo manejar lo sucedido. Escuchaba el sonido lejano de la risa de los jóvenes en la piscina, pero su mente seguía fija en ese momento fugaz pero intenso.
Así la tardó avanzó, hasta que la música cesó y los chicos se iban al jardín delantero. Helena esperaba a que todos se fueran. Pero su hija apareció con un solo muchacho, el único que podía hacer agitar su corazón de los nervios. Era ese chico, con el que había chocado. Quedó congelada y sorprendida por un breve instante. Sus ojos buscaron a los de él y sus miradas se cruzaron con silencio y fervor. Tragó saliva y la mano con la que sostenía el vaso tembló de manera fugaz.
—Quería presentarte a alguien —dijo Rebeca con fingido entusiasmo. Solo deseaba dar a conocer a su accesorio y lo bueno que era—. Él es Hoel Dalton, mi novio. Estudiamos la misma carrera y es el mejor estudiante.
Helena quedó perpleja cuando su hija le reveló la identidad de ese muchacho, por fin conocía el nombre de él. ¿Cómo que era su novio si la había visto besándose con el otro chico rubio? ¿Qué era lo que estaba pasando? Ya estaba confundida con esta inesperada confesión.
—Hoel, ella es mi madre, Helena —dijo Rebeca, terminando la presentación.
Hoel había sido llevado por Rebeca, porque deseaba presentarle su madre, ya que le había comentado que había visto a una señora llegar a la casa. Por supuesto, omitiendo todos los sugerentes detalles de su colisión. ¿Cómo debía actuar? Estaba conmocionado por lo sucedido. Pero Rebeca no sabía nada de lo ocurrido y ni se iba a enterar. Eran dos personas desconocidas, por lo que debía enfrentar la situación con la mejor resolución. Dio un paso al frente sin temor. No era tiempo de mostrarse nervioso. Mantuvo su expresión neutra.
—Es un gusto conocerla, señora Hall —dijo Hoel, extendiendo su mano con una mezcla de formalidad. Esperaba que ella le siguiera su iniciativa.
Helena, todavía impactada, aceptó la mano de Hoel, sintiendo un escalofrío recorrer su columna vertebral. Notaba la vehemencia que él transmitía. Sus miradas se hablaron, como si pudieran entenderse a la perfección. No debía expresarse nerviosa, porque Rebeca era ajena a lo sucedido y para ella
—Igualmente, Hoel —respondió, tratando de mantener la compostura—. Bienvenido.
Rebeca, sin percatarse de la tensión entre su madre y su novio, continuó hablando.
—Hoel es increíble en sus estudios, mamá. Por él mi promedio es tan alto.
Helena asintió de forma mecánica, aun procesando la información. ¿Cómo era posible que su hija mantuviera una relación de fachada mientras estaba involucrada con otro hombre? La situación se volvía cada vez más complicada. No podía evitar sentirse atrapada en un torbellino de emociones y secretos. No hallaba explicación a lo que pasaba. ¿Lo estaba engañando? No había criado a su hija de esa manera. Lo exaltaba en público delante de ella, pero le era infiel en la misma fiesta.
—Me alegra escuchar eso, Rebeca —respondió Helena, tratando de sonar lo más neutral posible—. Es bueno saber que estás rodeada de personas capaces.
Hoel no podía apartar la mirada de Helena. La situación lo había dejado igual de sorprendido, y sus pensamientos se agitaban tratando de entender lo que significaba todo esto. Había algo en la manera en que Helena lo miraba, que le hacía sentir una complicidad correspondida, algo que no había experimentado antes.
—Gracias, señora Hall —dijo Hoel, aun sosteniendo la mano de Helena un segundo más de lo necesario antes de soltarla. No se había percatado de que la seguía sosteniendo. El tacto de su palmar era suave y acogedor. Esa mujer era demasiado hermosa—. Es un honor estar aquí.
Helena sintió un temblor en su mano, mientras correspondía el saludo de Hoel. La mezcla de atracción, sorpresa y confusión la tenía al borde de un colapso emocional. A pesar de ello, debía mantener la compostura, al menos por el bien de su hija, pero cada vez se hacía más difícil ignorar lo que había sentido y lo que seguía sintiendo. Sin mencionar que no entendía del todo cómo era su relación. Eran novios, pero su hija estaba con otro. S
—¿Puede venir y hacer uso de la biblioteca? Le gustan muchos los libros.
Helena asintió, todavía tratando de encontrar su equilibrio. Había notado el gusto de ese muchacho por la literatura. Pero si estudiaba con Rebeca, entonces la carrera que habían escogido era economía que, estaba en un lado opuesto de los libros de ficción.
—Bueno. La biblioteca está a su disposición —respondió ella y ambos se soltaron su agarre. La verdad era que estaba contestando en automático.
—Escuchaste, Hoel —dijo Rebeca con emoción—. Puedes venir y leer lo que quieras. Ahora iré a mi cuarto a sacarme el agua de la piscina. Antes… ¿Vas a salir ahora, mamá?
—No lo sé, Rebeca.
—Está bien.
Hoel ensanchó sus parpados e intentó detener a Rebeca, para que no lo dejara solo con su madre. Luego de lo que había pasado, se sentía un ambiente incomodo, entre ellos. La miró un instante y contempló la hermosura de la señora Helena. En teoría era su suegra. Pero los malos y perversos pensamientos sobre ella no dejaban de invadirlo si la tenía al frente. Sus ojos recorrían la silueta de ella a través del vestido que tenía puesto. Sin embargo, apartó la mirada y tensó la mandíbula. No podía hacer eso.
—Me retiro. Me cambiaré para irme —dijo Hoel con serenidad, tratando de mantenerse calmado—. Con permiso.
Hoel dio media vuelta y suspiró aliviado. Fue al cuarto que le había prestado Rebeca y se puso su ropa normal, la que había traído. Debía salir rápido de la mansión, para huir de la señora Hall, de Helena.