Hoel se cambiaba en la habitación. Su cuerpo joven y esbelto se marcaba con ligereza, no de forma prominente. Su contextura era delgada y sencilla. Al vestirse, el eco de la reciente interacción seguía resonando en su mente. Se veía a sí mismo como un intruso en este entorno lujoso y complicado, donde cada mirada y gesto parecían tener un peso añadido. No podía entender cómo había llegado a una situación tan comprometedora y embarazosa con la madre de su novia, su suegra. Se colocó el atuendo que había traído, sintiendo un alivio al estar de nuevo con su ropa habitual. Se miró en el espejo, tratando de recomponerse. Sus ojos reflejaban una mezcla de angustia. Sabía que tenía que salir de allí lo más rápido posible para evitar más momentos incómodos.
Al abandonar del cuarto, caminó con rapidez hacia la puerta principal. El eco de sus pasos en el pasillo parecía amplificar su ansiedad. Al llegar a la sala, notó que Helena seguía allí, aunque su expresión ahora era más neutral, sin rastro del incidente anterior. Hoel mantuvo la mirada fija en el suelo, evitando el contacto visual mientras avanzaba hacia la salida.
—Gracias por todo, señora Hall —murmuró de forma educada, aunque con prisa evidente en su voz.
—De nada. Que tengas un buen día —respondió Helena con un tono cortés, pero distante.
Hoel abrió la puerta y salió al patio delantero. El aire fresco de la tarde lo recibió con una bienvenida que sintió como un bálsamo para sus nervios. Se sentía liberado del lugar que lo incitaba a pecar. Se alejó de la mansión Hall con más lentitud y reposo. Cada metro que ponía entre él y la casa lo hacía sentir un poco más aliviado. Mientras se alejaba, sus pensamientos empezaron a calmarse. Necesitaba tiempo para procesar todo lo que había ocurrido con la señora Helena. Por un momento fueron algo más que dos personas desconocidas, si no, dos cómplices furtivos que estaban expuestos a un ardiente estímulo. Si era lo más cercano que estaría a ella, lo recordaría como el momento más candente de su vida.
Helena se relajó en su puesto cuando ese muchacho subió por las escaleras para cambiarse. Se permitió un momento de tranquilidad, tratando de entender por qué estaba tan tensa por él. Sus pensamientos eran un torbellino de emociones confusas y preguntas sin respuesta. ¿Por qué ese encuentro casual había dejado una huella tan profunda en ella?
Al pasar los minutos, Hoel bajó y se despidió de ella con una sonrisa cortés. Helena, todavía sumida en sus pensamientos, respondió con un ligero asentimiento y una sonrisa forzada. Él quedó un raudo instante en el sofá, como si también sintiera la necesidad de decir algo más, pero finalmente se levantó y se dirigió hacia la puerta.
Helena lo observó por la ventana mientras se alejaba. Los demás chicos ya se habían ido en auto, pero él había quedado solo. Notó que Hoel parecía siempre mantener una cierta distancia, como si no encajara del todo con los demás. Esta observación la intrigaba y despertaba en ella un sentimiento de empatía. ¿En verdad eran amigos? Había algo que le decía que Hoel no era tan cercano a los otros y por eso se mantenía aislado. Sus recuerdos invadían su mente con fulgurantes rayos que azotaban su entendimiento y volvieron a su encuentro inicial. La forma en que había reaccionado su cuerpo, la intensidad de su mirada, y la conexión inesperada que había sentido no se podían ignorar. Pero también estaba el enigma de su relación con Rebeca. ¿Por qué Rebeca había presentado a Hoel como su novio si estaba involucrada con aquel rubio con el que se estaba besando?
Se sentó de nuevo y dejó que sus pensamientos fluyeran libremente. Su pierna derecha se movía y su talón golpeaba de manera reiterada el piso, por la inquietud que generaba el asunto. Sabía que estaba entrando en un territorio complicado. Hoel era joven, mucho más que ella, y la situación con Rebeca solo complicaba las cosas. Sin embargo, no podía negar la chispa que él había encendido en su interior, una chispa que la hacía sentir viva y ansiosa por descubrir más.
Helena estaba inquieta en el sofá, sin poder mantenerse tranquila. La escena con Hoel se repetía en su mente, una y otra vez, como un eco persistente que no podía ignorar. Se puso de pie, esta vez con la firme idea de seguir a Hoel. Le avisó a la ama de llaves, la señora Chanel, que saldría un rato.
—Saldré un momento, por si Rebeca pregunta —dijo, tratando de sonar casual.
—Claro, señora Hall —respondió la señora Chanel con una sonrisa.
Helena tomó las llaves del auto y se dirigió al garaje. Encendió el carro y condujo de forma lenta por la calle, sus ojos escaneando el entorno en busca de Hoel. No tardó mucho en divisarlo, caminando solo por la acera. Sin pensarlo dos veces, se estacionó delante de él y bajó la ventana.
—Entra. Te llevaré —dijo Helena con calma, aunque por dentro estaba nerviosa y debatiendo con su razón sobre lo que había hecho. Sabía que debía evitarlo, pero algo más fuerte la había impulsado a ir tras él.
Hoel, sorprendido, se detuvo y miró a Helena. Por un breve instante, dudó, pero la expresión de ella era tan sincera que decidió aceptar la oferta. Abrió la puerta del auto y se sentó en el asiento del copiloto.
—Gracias, señora Hall —dijo Hoel, cerrando la puerta y ajustándose en el asiento. Sus ojos azules la miraron con una mezcla de curiosidad y agradecimiento.
—¿Adónde te dirigías? —preguntó Helena, rompiendo de manera leve la rigidez del ambiente entre ellos.
—Solo iba a caminar un poco —respondió Hoel, mirando hacia afuera—. Necesitaba despejar mi mente.
Helena asintió, entendiendo perfección. Ella también necesitaba aclarar sus pensamientos. Condujo un poco más, alejándose de la casa y buscando un lugar tranquilo donde pudieran hablar sin interrupciones. Necesitaba preguntarle algo. Se detuvo en un parque solitario. Apagó el motor y se volvió hacia Hoel.
—¿Eres el novio de mi hija? —dijo Helena, eligiendo sus palabras con cuidado—. Rebeca te presentó como tal. Sin embargo, no logro entender bien.
Hoel suspiró, mirando sus propias manos. No sabía cómo se había enterado. Pero era posible que hubiera visto lo que pasaba desde el interior de la casa.
—Es complicado —respondió, sin mirar de forma directa a Helena—. Rebeca y yo... tenemos una especie de acuerdo. No le diga nada, ni la regañe. Yo asumiré toda la responsabilidad. Ayudo a su hija con los trabajos, exámenes y exposiciones. A cambio ella me pegaba por ello y también es mi seguro, para que los chicos que molestaban, ya no lo hicieran.
Helena escuchó con asombro la confesión que le estaba diciendo. Así que era eso, solo eran novio de título y por acuerdo, no porque hubiera un romance entre ellos.
—¿El chico rubio? —preguntó, sin poder evitarlo.
Hoel sonrió con ligereza, en un gesto que mostró algo de tristeza, pues si había estado interesado por ella. En el pasado Rebeca había sido la chica que le gustaba. Pero su ilusión de amor jamás fue correspondida por ella y no podía obligar a nadie que lo quisiera. Esas eran las inclemencias del amor.
—Ese es Ibrahím. Él es el verdadero interés de Rebeca, su novio, su amante —contestó Hoel con franqueza. Miró a la señora Hall con fijeza—. Entre nosotros nunca ha habido nada. Solo es cuestión de conveniencia.