Capítulo 10 La novia

1526 Words
Rebeca Hall había subido a su cuarto en su mansión para ducharse. Se había cambiado de ropa y se tiró sobre la cama, para revisar el celular. Ibrahím le había escrito que se regresaría y que estaría allí pronto. Fue cuando oyó como el auto de su madre se alejaba por el jardín delantero. Se apresuró a salir de su recámara en busca de la ama de llaves. —¿Salió mi madre? —preguntó Rebeca. —Sí, señorita. Dijo que saldría un rato —comentó la señora Chanel. Rebeca no pudo controlar su emoción y se dirigió a la entrada, para abrirle a Ibrahím. Le dijo que guardara silencio e iban caminando por la mansión, mientras se escondían de la señora Chanel, entre sonrisas y susurros. Subieron por las escaleras y se atrancaron en el cuarto, luego de su éxito de no ser descubiertos. Una vez en la habitación, se sumieron en ligeros besos que después se fueron prolongando. Reían por lo bajo. Sus corazones latían con fuerza, no solo por la emoción de haber logrado entrar sin ser vistos, sino también por la innegable atracción que siempre había existido entre ellos. Ibrahím se inclinó hacia Rebeca, su respiración rápida y entrecortada. Ella lo miró a los ojos, su sonrisa transformándose en algo más serio, más intenso. Sin decir una palabra, la besó con mayor vehemencia, mientras la pasión crecía entre ellos. Rebeca correspondió al beso, perdiéndose en la sensación de sus labios, olvidando el mundo exterior por completo. Deslizó sus dedos por el cabello de él, atrayéndolo aún más. Sus cuerpos se movían con una sincronización perfecta, una danza silenciosa de deseo y anhelo. Ibrahím exploró la curva de su espalda. Se tumbaron en la cama con ansias, sin que sus labios se separaran. Estaban unido como con pegamento y como si el simple contacto pudiera mantenerlos nidos. —¿Tienes protección? —preguntó Rebeca entre jadeos. Se mordió el labio inferior con incitación. Ibrahím buscó dentro de su bolsillo y le mostró el anticonceptivo. Así, la ropa fue desapareciendo poco a poco, cada prenda cayendo al suelo. Solo importaba el ahora, la intensidad del momento. Rebeca sentía cada caricia de Ibrahím como un fuego en su piel, una sensación que la consumía y la llenaba de vida al mismo tiempo. Él era el único que le hacía sentir de tal manera. Era atractivo, varonil, el chico que todas deseaban, y era suyo. El sonido de sus respiraciones se mezclaba con los latidos de sus corazones. No había preocupaciones, ni miedos, solo la certeza de consumar su ardor juvenil, aunque fuera por un breve instante. Sus dedos marcaban la piel del otro, dejando una huella sutil. Sin hacer ruido, culminaron su acto y se dejaron caer exhaustos sobre la cama. Rebeca apoyó su cabeza en el pecho de Ibrahím. Sus dedos trazaban círculos perezosos en su piel, disfrutando de la calma que seguía a la tormenta de emociones. Era cuando más se conectaban, solo por esos intensos momentos. Ibrahím no se mantuvo mucho tiempo con ella. Se puso de pie y se colocó la ropa. Salió de la habitación sin decir más y sin despedirse de Rebeca. La relación entre ellos solo era por atracción y para divertirse. No había más nada. Se escabulló por la sala sin ser visto y abandonó la mansión, después de haber terminado. Rebeca dio un fuerte suspiro y cerró sus ojos. Ella lo estaba usando para saciar libido, y viceversa, así como a Hoel a nivel de su educación. Solo eran hombres que usaba para su beneficio físico y académico. Recordó las veces que Hoel la había perseguido, los regalos que le había dado, y cómo se le había confesado con una mezcla de timidez y determinación. Incluso se había atrevido a darle un beso en una ocasión, un acto valiente para un chico tan reservado. Hoel siempre había sido un nerd tímido, pero ella nunca había sentido atracción hacia él. Era tan diferente a Ibrahím, que era una tormenta arrolladora y apasionada, mientras que Hoel era una brisa afable y tranquila. No tenían ni pizca de comparación, mientras uno era rudo, dominante y se hacía notar en público, el otro pasaba desapercibido, no le gustaba resaltara y era más pasivo y sumiso. Apostaba todo a que Hoel era puro y no había estado con nadie. Su inocencia era evidente, como agua cristalina de un oasis. Rebeca, con su naturaleza audaz y manipuladora, comenzó a elaborar un plan en su mente. ¿Y si le robaba la virginidad solo por capricho? Acabar con la castidad de un hombre así de inteligente y amable sería un triunfo para ella, una especie de trofeo que podría mostrar con orgullo ante los demás. Tenía al chico más popular y atractivo de la universidad que destacaba en los deportes y al más inteligente de la carrera que sobresalía a nivel intelectual y que era el deseado por aquellas con poca gracia. Ella sería quien tuviera el afecto de los dos y le quitaría castidad a Hoel. No sería ella la que iba a perder algo. Además, no era que Hoel fuera desagradable. Era lindo, de cierta manera. Moldeó una sonrisa sagaz y perversa. Se imaginaba la reacción de Hoel ante el más mínimo roce. Sabía que, su personalidad y su falta de experiencia lo harían vulnerable a sus avances. El solo pensamiento de cómo se volvería loco por ella con cada caricia y beso la excitaba. Sentía una mezcla de poder y control que le daba un placer lascivo. Rebeca era consciente de lo cruel que era su plan, pero no podía evitarlo. Para ella, las relaciones eran juegos y cada persona, una pieza en su tablero. Sabía que Hoel no merecía ser tratado de esa manera, pero eso no la detendría. Su naturaleza egoísta y caprichosa la impulsaba a seguir adelante con su plan. El tiempo que habían pasado fingiendo una relación había sido suficiente para que Rebeca entendiera cómo manipular a Hoel. Sabía que, a pesar de su apariencia tranquila y reservada, él tenía una devoción casi ciega hacia ella. Y eso era algo que podía utilizar a su favor. Iba a aprovecharse de su inocencia y transformarla en una experiencia que él nunca olvidaría, pero no por las razones correctas. Rebeca quedó sola en la habitación, donde Ibrahím ahora destacaba por su ausencia. Una sola vez no había sido suficiente para calmar su deseo, y la idea de quitarle la virginidad a Hoel la volvió a estimular. Con un suspiro profundo, se rodó en la cama hacia la mesita de noche y, con manos temblorosas de anticipación, sacó un juguete especial de uno de los cajones. Era un vibrador de silicona azul. Se recostó de nuevo, dejando que su mente se llenara con la imagen de Hoel. Imaginó su rostro, su expresión de inocencia mezclada con el deseo que había percibido en sus ojos tantas veces. La sensación del aparato en su humanidad le arrancó un gemido suave, y se dejó llevar, viendo a Hoel sobre ella, en la que sus manos exploraban su cuerpo con timidez al principio y luego con más confianza. El ritmo de sus movimientos aumentó, su respiración se hizo más rápida. Cerró los ojos, perdiéndose en la fantasía que había estado contemplando desde hacía tiempo. La realidad de Ibrahím, aunque apasionada, no había logrado saciar su anhelo más profundo. Hoel, con su castidad intacta, representaba una promesa de un tesoro que podía obtener. Era algo que ella anhelaba explorar y le resultaba emocionante. Cada imagen en su mente, la acercaba más al clímax. Se imaginaba a Hoel, su expresión de sorpresa y gusto, mientras ella le enseñaba todo lo que había deseado mostrarle. La idea de ser la primera, de guiarlo a través de esa experiencia, la hacía estremecerse de anticipación. Los susurros de su ilusión llenaron la habitación, creando un ambiente cargado de electricidad. Alcanzó el orgasmo por su propia mano, que la recorrió con una intensidad arrolladora, arrancándole un gemido ahogado. Cuando la oleada de placer disminuyó, quedó exhausta en la cama. Respiró hondo, dejando que la calma se asentara sobre ella. Su mente seguía dando vueltas en torno a la idea de Hoel, a la decisión que había tomado. Era algo que había venido contemplando desde antes, y que, Ibrahím al no dejarla satisfecha, solo la había ayudado a terminar de decidirse por robar la castidad de Hoel. Después de todo, eran novios, ¿no? Tenía un nuevo querer. Pero tenía prisa por hacerlo, porque Hoel estaba loco por ella y podía tenerlo cuando quisiera. No lo había visto con nadie más y no había manera alguna de que alguien se lo quitara. Él sería su nuevo juguete, y guardaría un tiempo más para estrenarlo, cuando fuera propicio. La graduación podría ser la ocasión perfecta, ya solo les faltaba un semestre para acabar la carrera. Después de vacaciones y al final del curso, obtendría la casta virtud de Hoel. Ya todo estaba planeado, solo era cuestión de esperar un poco más para robarle la virginidad. Ese sería el sello de su acuerdo por conveniencia, que habían pactado cuando se habían conocido.
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