El despertar
Antone me había llevado al límite.
De pronto el hombre que me había mantenido sometida a su entera voluntad durante todo el tiempo de ese matrimonio falso, ahora de repente ya no parecía tener ningún poder sobre mí. Yo había despertado como una nueva criatura; una que no se iba a doblegar ante él.
Parecía contradictorio e incluso caprichoso, pero ahora que milagrosamente Antone parecía fijarse de manera interesada en mí, entonces yo solo podía mirarle con desdén y desprecio, por lo que había sido todo ese tiempo de desdicha a su lado. Yo ya no soñaba con la historia de redención que siempre me había mantenido esperanzada, ahora solo quería separación.
Ahora quería volar hacia otro rumbo. Quería un renacer.
Luego de escucharle regodearse en su superioridad fingida con esa última frase, estrellé la puerta y me di la vuelta. No iba a mirar atrás por nada del mundo; mi decisión estaba tomada.
Salí de su oficina y comencé a caminar hacia el ascensor. En el lobby se encontraban Raquel y Susana.
Con Susana mi relación era cordial e incluso medianamente amistosa, pero con Raquel mi relación era todo un desastre. Ella era la peor suegra del mundo, era odiosa, altanera, irrespetuosa e idolatraba a su hijo como si fuese el mejor hombre de todos. Además de ellas dos, también estaban allí Lis, con su actitud de superioridad rebuscada y esa pelirroja que me había dado tan mala espina durante la reunión. No quería tener nada que ver con ninguna de ellas, por lo que pasé de largo, sin mirar a nadie, directo al ascensor y ya en la primera planta, me fui directo al estacionamiento.
Yo no era una persona grata en esa empresa, todos me trataban mal y me hacían desaires cada vez que podía, pero a pesar de todos los malos tratos y los tropiezos que siempre me colocaban, yo seguía siendo m*****o de la junta directiva gracias al acuerdo de nuestro matrimonio, así que podía moverme a mis anchas por el edificio siempre que quisiera.
Justo en la puerta me giré a toda prisa para correr a mi coche, pero sin darme cuenta, me crucé con la persona que menos pensé encontrarme en esa situación y en ese lugar: Era Logan.
—¿Rosylyn? ¿Eres tú? —la pregunta de Logan fue realizada con un ánimo evidente. Su voz profunda y melancólica me dejó saber que después de lo de anoche, su interés por mí no había menguado ni un ápice.
Sentí escalofríos, náuseas y mucha ansiedad, todo eso solo por mirar ese pecho gigantesco que se adivinaba debajo de ese traje elegante de color n***o noche que le hacía verse imponente. Definitivamente, ese hombre tenía el poder de conminar las más bajas pasiones de mi ser.
—Logan, ¿Qué haces aquí? —El nerviosismo me cohibió de darle una respuesta coherente y más educada. Ni siquiera había respondido lo que me acababa de preguntar, aunque al final resultó más que obvio que yo era esa Rosylyn que él procuraba
—Eso es lo que menos importa ahora… solo son cuestiones de negocios, pero me encanta esta grata sorpresa.
—¿Qué sorpresa? —pregunté temerosa de que la respuesta de él fuese esa que de alguna manera mi alma anhelaba.
—La de encontrarme con la mujer que no he logrado sacar de mi cabeza desde que anoche me dejó con este montón de dudas.
Sentí un escalofrío recorriendo todo mi cuerpo. Solo en ese momento logré recordar lo aparatoso que había sido el cierre de ese nuestro primer encuentro: Antone forzando a irme con él casi a la fuerza y Logan quedando atrás, relegado y sin respuestas. Estaba apenada.
—Logan, lo siento de verdad, sé que te debo muchas respuestas…
—No, Rosylyn, no me debes nada, por lo menos no respuestas… pero si me puedes conceder el privilegio de tomarnos un café para charlar, te juro que me harías muy dichoso.
Abrí mi boca para responder esa propuesta, pero entonces la escuché
—Señor Hoffmann, por suerte lo encuentro —Era Raquel la que estaba hablando detrás de mí.
Logan me miró antes de responderle a la detestable de mi suegra.
—Le pido disculpas, señora Macclain, solo estaba charlando con la señorita Foster antes de subir.
Raquel se acercó a nosotros y de inmediato dejó sentir su veneno.
—No debería estar perdiendo su tiempo con menudencias, señor Hoffmann, La señorita Holding y yo necesitamos reunirnos con usted antes de que se reúna con mi hijo. Y tu Rosylyn —al dirigirse hacia mí, como siempre, Raquel tenía una especial entonación que me dejaba saber lo mucho que me despreciaba—, no deberías estar distrayendo al posible nuevo socio de “tu esposo”
Logan le escuchó decir esto y de manera evidente se terminó de quedar anonadado. La noche anterior él ya había tenido la ocasión de descubrir el infierno que era mi matrimonio con Antone, pero ahora Raquel se había encargado de confirmarlo.
Si Logan aún no sabía quién era Antone Macclain antes de todo eso, ahora podía saber que el sujeto altanero que quiso pelearse con él la noche anterior en el club, era el sujeto con el que tenía que reunirse esa tarde.
No pude decirle nada más. Logan descubrió que yo era una mujer casada y que mi esposo era una bestia. Todo estaba perdido en cuanto a mis pretensiones con él.
Me excusé con Logan. Él quiso detenerme para decirme algo, pero yo no podía ni siquiera estar delante de Logan luego de que Raquel me delatase de esa manera tan grosera.
Me subí a mi coche y comencé a conducir a toda marcha.
Una parte de mí quería volver para contarle toda la verdad a Logan, pero lo que yo quería era agradarle, no espantarlo para que huyese de la mujer loca que estaba casada con el sujeto más déspota de la ciudad. Mi aventura de romance con Logan Hoffmann había terminado incluso antes de iniciar.
Conduje por la salida que iba directo a la casa de Stacy, pisé el acelerador a fondo cuando tomé la recta antes del semáforo, algo que nunca había hecho en mi vida y el hacerlo me salió demasiado caro: Cuando intente frenar, el coche no respondió. Entré en pánico de inmediato.
Cerré los ojos y mi vida pasó ante mi vista en un puñado de segundos.