Capítulo 1: El primer desastre de Valentina
Valentina Herrera miraba con los ojos entrecerrados la puerta del edificio de **Montes Corporación**, el rascacielos de vidrio y acero que reflejaba el cielo gris de la ciudad. Su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que todo el vecindario podría oírlo. Respiró profundamente, ajustó su falda de mezclilla, y se pasó una mano por el cabello, tratando de que no se viera tan alborotado. Era su primer día de trabajo, y ya se sentía como si estuviera al borde de un colapso nervioso. Pero no, ¡no podía dejar que nadie se diera cuenta!
“Es solo un trabajo, Valentina. Nada del otro mundo. Solo tienes que sobrevivir hoy. Eso es todo…” murmuró para sí misma.
No había sido fácil conseguir la entrevista. Su tía, que era la única familia que le quedaba, le había dicho una y otra vez que debía aprovechar las oportunidades. “¡Tienes que dar lo mejor de ti misma, querida! ¡No seas una tonta! ¡Sé un desastre, pero un desastre que funcione!”
Valentina no sabía exactamente qué significaba eso, pero lo había tomado como un consejo sabio y lo había memorizado para el momento de la entrevista.
**"¡Valentina, no seas tonta! ¡Vamos! Hazlo por ti, por tu futuro!"**
Se dio otra rápida mirada al espejo de bolsillo y entró al edificio con pasos pequeños pero decididos.
El vestíbulo del edificio era tan grande como una cancha de fútbol, y el aroma a café recién hecho se mezclaba con el olor de la madera y el metal. Sin embargo, fue cuando cruzó la puerta de cristal automática de la recepción cuando el pánico la invadió completamente.
—¡Hola! ¿Dónde está la oficina de Recursos Humanos? —le preguntó al recepcionista con una sonrisa que intentaba ser amable pero que probablemente se veía más forzada que un chiste malo.
—¿Valentina Herrera? —El recepcionista la miró de arriba abajo, como si estuviera evaluando el calibre de su presencia.
—Sí, soy yo… —respondió, sin saber si había algo raro en su atuendo, que, por cierto, no era de la última moda.
El recepcionista la miró un segundo más y luego, con una sonrisa casi imperceptible, la indicó hacia un pasillo lateral.
—Allí, pero no te hagas ilusiones. El jefe es… difícil de impresionar.
Valentina se quedó parada unos segundos, como si esa advertencia fuera un golpe en la cabeza. “¿Difícil de impresionar?” pensó. “¡No puede ser tan malo! A mí me impresiona hasta el pan con chocolate!”
Se apresuró por el pasillo, sin querer hacer ruido, cuando, de repente, escuchó una voz que parecía provenir de una película de terror.
—¿Qué tienes para mí, Valentina? —la voz era grave, profunda y tan fría que Valentina sintió una ligera corriente helada.
Valentina levantó la cabeza. Y allí estaba él: **Álex Montes**, el temido CEO de la empresa, conocido por su actitud de “yo soy el dueño del mundo, y tú solo una mota de polvo en mi zapato”.
A primera vista, Álex parecía una estatua de mármol, de tan guapo y serio que era. Traía un traje perfectamente cortado, que parecía haber sido hecho a medida en el taller de los dioses. Y esos ojos... esos ojos grises y penetrantes que parecían atravesarte, como si pudiera ver todas tus inseguridades en un solo vistazo.
Valentina tragó saliva. Sin saber qué hacer, comenzó a hablar, pero lo único que salió fue un gemido.
—¿Hola? —dijo en tono de duda, como si la palabra misma la estuviera ahogando. “¡Vamos, Valentina! ¡No es tan difícil!”
Álex no movió ni un músculo. Solo la observó, su mirada fija, como si fuera a detectar cualquier fallo en su comportamiento.
—Si viniste para hacerme perder el tiempo, no vale la pena —dijo, casi sin abrir los labios.
Valentina se sintió como si la hubiera tirado al suelo con esas palabras. Era tan fría, tan directa, que la pobre apenas podía procesar lo que acababa de escuchar.
—Yo… Yo solo… —intentó hablar, pero sus palabras salían como un chorro de agua fría. “¡Ay, no! ¿Cómo he llegado hasta aquí y me hago un completo desastre?”
Álex no dijo nada por un largo rato, solo la observó con esa expresión como si estuviera evaluando una pieza de mobiliario. Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, soltó un suspiro.
—Tienes suerte de que hoy no estoy de humor. Pasa. —dijo con un tono que, honestamente, sonaba como si le estuviera haciendo un favor monumental.
Valentina no podía creer lo que acababa de suceder. No solo le había hablado de esa manera, sino que parecía tan desconectado de todo, tan… lejano. Pero por alguna razón, también le dio un pequeño respiro al permitirle entrar.
Siguió a Álex por un largo pasillo, y sus pasos resonaban en el suelo de mármol, mientras ella trataba de hacer que su respiración volviera a la normalidad.
—Aquí tienes la oficina —dijo él, abriendo la puerta con una calma inquietante. —Te dejo trabajar, no me hagas perder más tiempo.
Y allí estaba, en la fría y moderna oficina de **Álex Montes**, el hombre más frío que había conocido. De alguna manera, su presencia era tan imponente que ni siquiera Valentina podía apartar la mirada.
De repente, el teléfono sonó, y Valentina, con un nerviosismo palpable, lo tomó como si estuviera a punto de ser evaluada en una prueba de vida o muerte.
—¿Sí, Valentina Herrera? —contestó, con el tono más serio que podía conseguir.
En el momento exacto en que pensaba que podía respirar, la puerta de la oficina se cerró con un *clic* detrás de ella. No podía ver más a Álex, pero sentía que, de alguna manera, él estaba observando cada uno de sus movimientos.
De repente, la puerta se abrió, y **él** apareció de nuevo.
—Espero que no hayas venido a arruinar más mi día, Valentina —dijo con voz monótona, casi como un susurro.
Valentina tragó saliva, y antes de pensar, dijo:
—La verdad es que no vine a arruinar tu día, solo vine a no morir de vergüenza... como ahora.
Álex arqueó una ceja, pero no dijo nada. La tensión en el aire era palpable, y Valentina pensó, por un segundo, que el ambiente frío podría congelarla por completo.
Entonces, Álex dio un paso hacia ella, como si fuera a decir algo importante, pero de repente, se detuvo y dijo:
—Ya veremos si eres tan capaz como crees ser, Valentina.
Valentina solo lo miró, y por alguna razón, se sintió más pequeña de lo que nunca había sido en su vida.
—No sé si soy capaz, pero tengo una cosa: **soy buena en meterme en líos**.
Él no contestó, pero la puerta se cerró con más fuerza que antes.
¿Qué hará Valentina para sobrevivir en un mundo tan frío y peligroso? ¿Será capaz de lidiar con las constantes pruebas de Álex Montes, o terminará siendo simplemente otro desastre más?