Capítulo 26: La oscuridad que habló y la carrera que no pedí

1830 Words
La oscuridad del estacionamiento no era solo ausencia de luz: era una entidad con mala leche, como si el edificio entero hubiera decidido ponerse de mal humor. Valentina se quedó paralizada un segundo, contando mentalmente hasta tres como si eso ordenara el caos. Uno. Dos. Tres. No funcionó, pero al menos tuvo tiempo de recordar que había dejado el paraguas en la oficina. Perfecto. Prioridades. —¡Mariela! —gritó, tratando de que su voz sonara firme en vez de a persona que había visto demasiadas series conspirativas en una semana—. ¡Mariela, responde! Nadie respondió. Solo el eco, que devolvió su propio grito en versión baja y arrepentida. Valentina se movió hacia donde la figura encapuchada había señalado, pisando charcos que olían a aceite viejo y a decisiones cuestionables. La linterna del teléfono no hacía mucho, pero hacía lo suficiente para revelar un rastro: un trozo de tela enganchado en una esquina, una zapatilla medio enterrada en el borde de una rampa, una hebilla con la misma flor de cinco pétalos que habían visto ya tres veces y que ya no parecía un simple accesorio, sino una alarma. El corazón de Valentina latía como si tuviera un DJ interno; no le gustaba la música. —Vale —murmuró—. Piensa con lógica. Corre, pregunta, reprende y no grites como si fueras la coprotagonista de un melodrama barato. Su tono sarcástico la calmó lo justo. Activó la linterna del móvil y siguió las pistas. A cada paso había un poco más de la historia: una mancha de barro, huellas pequeñas que no eran de zapatos de trabajo, un papel arrugado con la letra de Mariela: *“No confíes”* —y nada más. Mariela, como si hubiera dejado su propio misterio en un Post-it. Valentina recordó la advertencia del encapuchado: *“Ella está más cerca de lo que creen”*. Esa frase le hizo cosquillas malas en la nuca. ¿“Ella”? ¿Una mujer poderosa? ¿La conciencia colectiva de la empresa? ¿La jefa de recursos humanos con conta-telepatía para las transferencias? Las posibilidades se multiplicaban y ninguna era cómoda. Siguió la pista hasta la zona de carga. Ahí, bajo una lona que olía a humo de cigarrillo y a fideos instantáneos olvidados, encontró una cartera: monedero, tarjeta de transporte y una tarjeta de identificación con foto. Era de un proveedor externo. No era la peor sorpresa —su peor sorpresa fue ver, pegado a la cartera, un sticker con la flor de cinco pétalos. La conexión se hacía cada vez más nítida: alguien con acceso a mantenimiento o a utilidades estaba implicado, o alguien quería que pensaran eso. —¿Eres tonta o valiente? —se preguntó Valentina en voz alta—. Porque a veces son la misma cosa. No tuvo tiempo de responderse. En la oscuridad, muy cerca, un sonido: el motor de un coche arrancando, lento, como quien practica una huida. Valentina contuvo el aliento, apretó el paso y vio una silueta encorvada entrando en el coche n***o que esperaba en la rampa de salida. La figura intentó cerrarse la gabardina y desaparecer como si fuera humo con prisa. —¡Eh! —gritó Valentina, más por reflejo que por estrategia—. ¡No te muevas! La persona se quedó helada, el coche emitió un pitido agudo, y por un segundo, la escena pareció un anuncio malo de persecuciones. Entonces la figura soltó la gabardina y, en la luz mortecina del faro que quedaba, Valentina reconoció la cara de alguien que había compartido demasiadas fotocopias con ella: era **Gustavo**, del equipo de mantenimiento. Gustavo, que normalmente olía a lubricante y a pan recalentado, miró a Valentina con sorpresa. —¿Tú? —dijo Valentina, sin pensar. —¿Gustavo? ¿Desde cuándo tienes cara de villano con coche? Gustavo tragó saliva. No tenía pasamontañas, pero su expresión decía *“me han pillado con las manos en la masa”*. —No… no es lo que parece —tartamudeó—. Yo solo vine a… buscar mi caja de herramientas. Me están tendiendo una trampa, jefa. ¡Te lo juro! Valentina lo miró con los ojos de quien ha visto demasiadas películas y apenas cree en el libreto. —Gustavo —dijo—. Si eres inocente, estás actuando como el protagonista de la última temporada de “culpable por default”. Explícate con coherencia. Gustavo negó con la cabeza y, de manera torpe, trató de explicar. Contó que, esa noche, alguien lo había llamado haciéndose pasar por el jefe de instalaciones; le pidió hacer una revisión urgente en el sótano —una llamada que, según Gustavo, mostraba identificación falsa—. Fue, dejó su tarjeta en la puerta para “no molestar” y más tarde encontró su tarjeta clonada junto al montículo de herramientas. Luego la figura encapuchada apareció; le ordenaron que hiciera cosas que él no quería y luego lo hicieron correr con amenazas. Gustavo insistía en que le temían tanto como a él. Su relato olía a verdad, pero también a miedo. Valentina evaluó lo dicho: si era cierto, Gustavo era un muñeco en manos de alguien mayor; si era mentira, Gustavo era un actor con talento para la torpeza. Eligió creer con reservas. —¿Dónde está Mariela? —preguntó—. Eso sí, dilo sin teatrillos. Gustavo bajó la mirada. —No sé. La vi entrar en el coche cuando yo salía. Fue raro. Pero había una furgoneta blanca en la salida... con el logo de un proveedor que no conozco. Tenía pintura fresca en la placa, la taparon con plástico. Lo vi pero huí porque me amenazaron. La información era útil y horrible. Alguien con recursos —una furgoneta blanca con logo falso— estaba implicado. Esto ya no olía a una broma corporativa; olía a algo montado con mala intención. Valentina sacó su móvil y marcó a Álex. Suena el ringtone y al otro lado, la voz severa. —¿Dónde estás? —preguntó él sin preámbulos. —En el aparcamiento, hablando con un mecánico fugitivo que parece un actor de reparto en desgracia —contestó ella con su llamarada de sarcasmo—. Tenemos una furgoneta blanca falsa, una cartera con sticker floral y cero tiempo para un brunch tranquilo. —Voy para allá. No te quedes sola —ordenó él. —No soy una planta en peligro que necesita riego— replicó ella—. Pero sí: no me quedaré sola. Colgó y miró a Gustavo. —Tienes que quedarte aquí. No te muevas. Si alguien viene, di que eres un turista extraviado. Gustavo asintió con tanto fervor que casi se le sale el corazón por la garganta. Valentina echó a correr hacia la rampa, pensando en cámaras, en testigos, en Ramiro, en la libreta, en la llave del sótano. A cada paso, su mente lanzaba hipótesis: ¿la “ella” del encapuchado era la asistente del directivo? ¿Sofía? ¿La secretaria? ¿Alguien con poder? La opción más fría le decía: cuidado con los que sonríen demasiado. Al llegar a la salida, vio la furgoneta blanca: sí, el logo era falso, una mancha de pintura con un nombre que no tenía sentido. La puerta lateral estaba abierta. Podía oler el interior: cajas de cartón, cinta de embalar, y en una esquina, un estuche metálico que recordaba a la libreta: material de oficina mezclado con cosas de logística. Una voz desde la oscuridad la llamó. —No te acerques —advirtió una figura. Valentina alzó la linterna del móvil, apuntó y la luz reveló a una mujer. Tenía la pulsera de cinco pétalos en la muñeca. El corazón de Valentina hizo un movimiento raro: esa pulsera ya no era un accesorio; era una sentencia. —Mariela —susurró Valentina con el alivio cortado y la rabia en primer plano—. ¿Estás bien? La mujer levantó la vista. No era Mariela. Era alguien que parecía una versión muy seria de Mariela: misma figura, pulsera idéntica, pero con los rasgos de la asistente del directivo, la famosa **Mariela Salvatierra**. Su cara estaba pálida, pero sus ojos brillaban con una determinación rara. —¿Tú eres…? —dijo Valentina—. ¿Mariela? La mujer respiró, y entonces, como si soltara un latigazo, dijo: —No me llames Mariela. No ahora. Mi nombre es **María Elena**. Y si quieres respuestas, súbete al coche. Rápido. Valentina dudó apenas un parpésimas de segundo. La adrenalina puede nublar a cualquiera. Subió, sin demasiadas preguntas, porque en esas situaciones hay dos tipos de personas: los que discuten la escena y los que huyen con información. Ella escogió la segunda. El motor arrancó. La furgoneta se movió. Al fondo del vehículo, un paquete se movía con un ruido metálico. Mariela, la verdadera, estaba atada en una cinta, consciente, con la boca cubierta. Tenía los ojos muy abiertos al ver a Valentina. —Shhh —susurró María Elena—. Si te oyen, se acabó. Valentina se inclinó hacia Mariela, intentó quitarle la cinta, pero antes de que pudiera liberarla del todo, la radio del vehículo emitió una estática y una voz distorsionada pronunció apenas una frase que heló la sangre de Valentina: —Has hecho demasiadas preguntas. Apaga igniciones en 3… 2… Y en ese instante la furgoneta frenó. Un golpe seco que los lanzó a todos hacia adelante. Las puertas se abrieron desde fuera. Luces. Voces. Siluetas que corrieron. Y, en medio del caos, la figura de **Álex** emergió del humo con un gesto que combinaba alivio y una furia contenida. —¡Suéltala! —gritó, y su voz era un golpe de autoridad—. ¡Ahora! La escena explotó en movimiento: manos que liberaban, gente que se acercaba, radio que gritaba instrucciones. Valentina, con los pulmones quemando, miró a María Elena. Su pulsera brilló bajo la luz del foco. Ella sonrió con tristeza. —Lo siento —dijo—. No era lo que pensé. Y antes de que Valentina pudiera preguntar quién era realmente esa “Ella” que estaba “más cerca”, un disparo —no a la furgoneta, sino a lo lejos— sonó. Un sonido seco que prometía que la noche aún no había terminado. Mariela tosió, recuperando aliento. —No confíes en las apariencias —murmuró antes de perder la consciencia en los brazos de Álex. Valentina la miró, la pulsera, a María Elena, a Gustavo, a la multitud que se arremolinaba. Todo encajaba a medias y explotaba en preguntas. Y en lo profundo del estacionamiento, una cámara discreta grabó una sombra que se alejaba con paso tranquilo, llevando algo metálico envuelto en plástico. ¿Quién es realmente María Elena? ¿Por qué llevaba la pulsera? ¿A quién pertenecía la sombra que se fue con el paquete metálico? Y, sobre todo: ¿qué se activará ahora que el paquete ha vuelto a cambiar de manos?
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