Capítulo 31: El Gran Desastre del Delivery

1478 Words
Valentina estaba teniendo uno de esos días en los que todo parecía conspirar contra ella. No solo había perdido el autobús esta mañana y había llegado tarde a la oficina, sino que además, el café derramado en su blusa todavía estaba luchando por desaparecer del todo. Como si eso no fuera suficiente, había recibido un mensaje de Alejandro con letras mayúsculas y emojis de fuego: Álex: “HOY HAY SORPRESA. PREPÁRATE PARA ALGO ÉPICO 😎🔥” Valentina no tenía ni idea de lo que eso significaba, pero sabía que en algún momento de su vida, “épico” había sido sinónimo de “desastre asegurado” cuando se trataba de Alejandro. Al salir del trabajo, Valentina llegó al departamento de Alejandro con un sentimiento mezcla de curiosidad y miedo. Al abrir la puerta, lo encontró parado en la cocina, con un casco de chef gigante que parecía salido de un dibujo animado. —¿Hola…? —dijo Valentina, con la voz llena de dudas—. ¿Qué es todo esto? —¡Bienvenida a la experiencia culinaria definitiva! —anunció Alejandro con voz de locutor de televisión—. Hoy vamos a hacer algo revolucionario: ¡prepararemos nuestra propia comida y la haremos entregar a un cliente sorpresa! Valentina parpadeó varias veces, intentando procesar lo que acababa de escuchar. —¿Qué? —preguntó con cautela—. ¿Quieres que cocinemos y se lo llevemos a alguien más? —Exacto —dijo Alejandro, cruzándose de brazos con esa sonrisa que mezclaba orgullo y travesura—. Es un desafío: ¿quién puede cocinar sin destruir todo a su alrededor y aún así impresionar a la víctima del delivery? Valentina tragó saliva. Había algo profundamente aterrador en la idea de cocinar bajo presión… y más aún, bajo la supervisión del “Rey de la Cocina”. —Ok… pero antes de empezar, necesito saber una cosa: ¿quién es nuestro… cliente sorpresa? —preguntó, intentando mantener la calma. —Ah… eso es parte del misterio. No te preocupes, confía en mí. Solo cocinen y veremos qué pasa. Valentina suspiró, resignada. Al menos Alejandro estaba tan emocionado como ella para enfrentarse al desastre. O al menos, eso creía ella. La cocina se llenó de ingredientes dispersos, ollas, sartenes y un ruido que podía ser confundido con un pequeño terremoto. Valentina intentaba concentrarse en su receta de pasta al pesto con camarones, mientras Alejandro se encargaba de un pollo relleno de algo que parecía más magia negra que comida real. —Vale… ¿segura que eso es comestible? —preguntó ella, señalando la sartén donde Alejandro mezclaba ingredientes de manera que desafiaba toda lógica culinaria. —Claro que sí —respondió él, con voz segura—. La combinación de ingredientes es avanzada. No todos pueden entenderla. —¿Avanzada o absurda? —replicó Valentina, arqueando una ceja—. Porque si no puedes probarlo antes de enviarlo, no es cocina, es un experimento nuclear. Alejandro frunció el ceño. —Oye, no me subestimes. Esto es arte culinario. Y tú… bueno, tú todavía estás aprendiendo a distinguir un camarón de un trozo de pan duro, ¿verdad? —¡Yo puedo cocinar! —protestó Valentina—. Solo que a veces los ingredientes tienen vida propia y deciden saltar de la sartén. A medida que la tensión en la cocina aumentaba, el perro de la vecina, que siempre parecía rondar el departamento, apareció en la puerta de la cocina. Miró los ingredientes, olfateó un poco y luego se tumbó como si dijera: “Esto va a ser un desastre, y yo no voy a involucrarme”. Valentina no pudo evitar reírse. —¿Ves? Hasta el perro sabe que esto es una mala idea. —Bah, no te preocupes —dijo Alejandro—. Si el perro puede sobrevivir, nosotros también. Pero la tranquilidad duró poco. Alejandro, en su entusiasmo por la “magia culinaria avanzada”, accidentalmente volcó salsa de vino por toda la encimera. Valentina, tratando de rescatar sus camarones, terminó salpicada de pesto. En cuestión de minutos, ambos parecían dos guerreros derrotados por la batalla de la cocina. —¡Esto es un campo de batalla! —gritó Valentina mientras esquivaba un trozo de pollo volador—. ¡Ni los chefs en televisión se ven así de ridículos! —¡Eso es porque no me han visto en acción! —contestó Alejandro, sosteniendo una espátula como si fuera una espada—. ¡Prepárate para la fase final, Valentina! La “fase final” resultó ser un intento desesperado de empacar la comida sin que nada se cayera. Alejandro trataba de poner el pollo en la caja de delivery mientras Valentina luchaba con los camarones que parecían resbalar más que bailar. —Si esto llega al cliente en ese estado, probablemente nos denuncien a la policía gastronómica —dijo Valentina, cubriéndose el rostro con las manos para no llorar de la risa y el estrés. —¡No exageres! Solo necesita un poco de… glamour —replicó Alejandro, intentando poner el pollo de manera que no pareciera un atentado culinario—. Todo está bajo control. Cuando finalmente lograron cerrar las cajas, Valentina respiró hondo. —¿Sabes? —dijo, mirando el desastre que quedaba en la cocina—. La próxima vez, mejor pedimos delivery normal. —No seas cobarde —respondió Alejandro con una sonrisa desafiante—. Esto es épico, y la épica nunca se logra sin riesgo. Ambos cargaron las cajas hacia la puerta, pero justo antes de salir, Valentina se dio cuenta de algo horrible: había olvidado poner la dirección del cliente. —¡Alejandro! —gritó—. ¡No puse la dirección! —¿Qué? —Él volteó hacia ella con horror—. ¡Eso es un detalle pequeño pero fatal! Valentina y Alejandro se miraron, completamente paralizados. En ese momento, la risa nerviosa se mezcló con el pánico absoluto. —Bueno… supongo que la entrega sorpresa será aún más… sorpresa —dijo Alejandro, intentando ponerle humor a la situación—. Tal vez el cliente reciba pollo volador y camarones fugitivos. —¡No puedo creer que hagamos esto! —protestó Valentina, mientras ambos corrían a buscar un bolígrafo y papel para salvar lo que quedaba de la misión. En medio del caos, el perro de la vecina decidió que era el momento perfecto para entrar a la cocina y hurgar entre las cajas. Alejandro se lanzó para detenerlo, pero terminó tropezando con una bolsa de harina, cubriéndose por completo de blanco. Valentina no pudo contener la risa. —¡Pareces un fantasma de cocina! —exclamó, mientras señalaba a Alejandro cubierto de harina. —Y tú… —respondió él, tratando de limpiar el pesto de su camisa—… parece que te has convertido en un broche de ensalada ambulante. Finalmente, después de varios intentos, lograron escribir la dirección y enviar las cajas. Exhaustos y cubiertos de ingredientes, ambos se desplomaron en el sofá. —Bueno… —dijo Valentina—. Esto ha sido… épico, pero creo que también un poco peligroso para nuestra salud mental. —Sí —replicó Alejandro, mirando los restos de la batalla—. Y no me atrevo a imaginar la cara del cliente cuando abra la caja. En ese momento, el teléfono de Valentina vibró. Un mensaje entró, proveniente del número del cliente: Cliente: “¿Esto es una broma? Porque creo que me han enviado un pollo que aún respira y camarones que están intentando escapar…” Valentina levantó la mirada hacia Alejandro, con los ojos muy abiertos. —Mierda… —dijo él—. Creo que olvidamos un pequeño detalle… el cliente no va a sobrevivir a esto. Valentina se mordió el labio, intentando no reír y llorar al mismo tiempo. Sabía que, pase lo que pase, esto iba a ser recordado como el día en que Alejandro y ella convirtieron un delivery en una experiencia… inolvidable. —Bueno, al menos sobrevivimos nosotros —dijo Valentina, mientras se recostaba junto a él en el sofá—. Y eso ya es un milagro. —Sí… —respondió Alejandro con una sonrisa traviesa—. Pero la verdadera pregunta es: ¿sobrevivirá el cliente a nuestra “épica cocina”? Y en ese instante, ambos se miraron, sabiendo que algo mucho más grande y cómico estaba a punto de suceder. La puerta del departamento sonó. —Valentina… —dijo Alejandro con un hilo de voz—… creo que olvidamos algo más. Y justo cuando ambos se levantaron para enfrentar lo que fuera que tocara la puerta, un ruido extraño proveniente de la caja del delivery los hizo saltar. —¿Qué demonios es eso ahora? —exclamó Valentina, mientras Alejandro miraba con horror y diversión al mismo tiempo. El gran desastre apenas comenzaba.
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