Capítulo 29: El Desastre de la Oficina

1044 Words
Valentina entró a la oficina con el corazón acelerado. El día comenzaba como cualquier otro, pero hoy sentía que el universo conspiraba en su contra. Había decidido, finalmente, enfrentarse a sus miedos y dar el paso de hablar con su jefe sobre el proyecto que tanto le había costado terminar. Claro, el problema era que en la mañana, antes de salir, había dejado caer la taza de café sobre su blusa favorita, y había tenido que ponerle a toda prisa una chaqueta que no combinaba con su pantalón. Nada podía salir bien en esas condiciones. —¡Vale! —exclamó una de sus compañeras, Carla, al verla entrar—. ¿Te has visto en el espejo hoy? Valentina levantó una ceja, sintiendo cómo su autoconfianza se desplomaba en cuestión de segundos. —Claro... —respondió, mirando hacia abajo y viendo que el pantalón que había elegido no solo no combinaba con la chaqueta, sino que tampoco le quedaba bien después de semanas de trabajo ininterrumpido. —¿Eso es un "look de oficina" o un "desastre natural"? —preguntó Carla con una sonrisa maliciosa. Valentina se sintió incómoda, pero trató de sonreír. —Es un "look de oficina con estilo", lo llamo "Caos chic". Carla se rió a carcajadas, pero al ver que Valentina no parecía tan convencida, cambió de tema. —Oye, ¿has hablado con el jefe sobre tu proyecto? —preguntó Carla con tono serio. —Todavía no... —dijo Valentina, mientras sentía como si el mundo entero la estuviera observando. Decidida, Valentina fue directamente hacia la oficina de su jefe. El pasillo parecía más largo de lo que realmente era, y la puerta de la oficina, que normalmente estaba abierta, hoy estaba cerrada. Un mal presagio. Antes de tocar, se asomó por la ventana de la puerta, buscando alguna señal de vida. Su jefe, el Sr. Pérez, estaba mirando fijamente su computadora, como siempre. Era un hombre alto, de apariencia siempre impasible, y con una mirada que, si pudiera, haría que cualquier ser humano se derritiera en el acto... pero no en el buen sentido. Era como si un hielo gigante se hubiera instalado en su interior. Suspiró y tocó la puerta. —¿Se puede? —preguntó con voz temblorosa. —Adelante, Valentina. —respondió él, sin levantar la vista. Valentina entró, tomando una respiración profunda. —Sr. Pérez, he terminado el informe del proyecto X, y... —empezó a decir, mientras veía que su jefe no dejaba de teclear frenéticamente en su ordenador—. ¿Me prestará unos minutos de su tiempo para revisarlo? —Claro, claro, dale un segundo... —dijo él, sin dejar de teclear, casi como si no la estuviera escuchando. Valentina dio un paso más adentro de la oficina y esperó pacientemente. Después de lo que pareció una eternidad, el Sr. Pérez levantó la vista, solo para mirar su reloj. —¿Tienes prisa, Valentina? —preguntó con indiferencia, como si la conversación fuera lo menos importante en el mundo. Valentina, que ya estaba acostumbrada a ese tipo de actitudes de su jefe, trató de mantener la calma. —No, solo quiero saber si hay algo que deba mejorar antes de presentarlo en la junta. —Bueno... —dijo él, levantándose de su silla y caminando hacia la ventana—. A decir verdad, no tengo mucho tiempo. Tengo una reunión importante en cinco minutos, así que... revisémoslo rápido. Valentina sintió un nudo en el estómago. Por alguna razón, esa situación le recordaba lo que sentía cada vez que se enfrentaba a situaciones complicadas: la sensación de que todo se desmoronaba a su alrededor. El Sr. Pérez, sin embargo, comenzó a revisar el informe rápidamente, dando algunas observaciones que a Valentina le parecieron un tanto... innecesarias. —Esto está bien, esto está bien, pero... ¿por qué no lo pusiste en color naranja en lugar de verde? El naranja siempre llama más la atención. —¿Naranja? —Valentina no podía creer lo que escuchaba. El informe estaba impecable, pero parecía que el color no era lo suficientemente... "llamativo". —Y también, ¿puedes poner la fecha en negritas? Los números necesitan más énfasis, eso es lo que dice el protocolo. ¿No lo sabías? Valentina intentó no reírse ante la absurda sugerencia, pero se mordió el labio. —Sí... claro... —respondió, con una sonrisa tensa. Cuando por fin el Sr. Pérez terminó de leerlo, miró a Valentina y le dio una palmada en la espalda. —Bien hecho, Valentina. Para ser sincero, pensaba que no llegarías tan lejos. Pero esto... esto no está mal. La palabra "no está mal" fue la peor forma de halago que Valentina había recibido en su vida. Sin embargo, no podía quejarse. Tenía el trabajo, y eso era lo que importaba. —Gracias... Sr. Pérez —respondió, sintiendo que su cara se ponía roja por el esfuerzo de contener una risa nerviosa. —Lo importante es que el proyecto está bien. Solo recuerda, cuando la junta venga, mejor usa más color... en todo —añadió él con una mirada de aprobación. Valentina salió de la oficina de su jefe con la sensación de haber sobrevivido a una batalla, y lo hizo con el pensamiento de que, tal vez, el mundo del trabajo era aún más extraño de lo que había imaginado. Pero mientras caminaba de vuelta a su escritorio, su teléfono vibró. Era un mensaje de Alejandro: Álex: "No olvides que eres increíble, no importa lo que piensen los demás." Valentina sonrió, aunque sentía que todavía no lograba entender qué estaba pasando con su vida, o con ella misma. Justo antes de llegar a su escritorio, se cruzó con Carla, que le lanzó una mirada de "te lo dije". Valentina solo pudo suspirar. —¿Te sientes bien, Vale? —preguntó Carla, con una sonrisa burlona. Valentina asintió, aunque su mente estaba en otro lugar. Pero antes de que pudiera decir algo, Carla se adelantó. —¿Y qué tal el jefe? ¿Te dejó usar colores menos aburridos en el proyecto? Valentina no pudo evitar soltar una risa. —Creo que ahora el color más importante es el verde... y no, no es envidia, es solo mi cara después de hablar con él.
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