Valentina Herrera nunca había pensado que su primer día de trabajo sería tan… bueno, tan desastroso. El aire acondicionado de la oficina no ayudaba, las luces fluorescentes parpadeaban como si quisieran decirle algo, y su escritorio parecía estar a medio camino de un desastre: papeles desordenados, una planta artificial que ni siquiera lograba aparentar vida, y una computadora que se veía como si hubiese sido heredada de la Edad Media.
—Este es mi nuevo mundo. ¡Bienvenida al club! —se dijo a sí misma, mientras se dejaba caer en la silla de su escritorio, que, por cierto, hacía un sonido raro cada vez que se movía. Como si la silla misma estuviera cuestionando su existencia.
Justo en ese momento, una voz autoritaria y fría la hizo saltar de su asiento.
—Valentina.
Valentina miró rápidamente hacia la puerta. Ahí estaba Álex Montes, ese hombre del que ni siquiera sabía si podría pronunciar su nombre sin que sonara un poco ridículo. Tenía los brazos cruzados, y su expresión era la misma de siempre: como si el mundo fuera suyo, y ella solo un accesorio.
—¿Qué necesitas, Álex? —preguntó ella, intentando sonar profesional, aunque estaba segura de que sus manos sudaban y su voz sonaba como si hubiera corrido una maratón.
—Tu informe —dijo simplemente, sin mover un músculo de su rostro, como si hablar fuera lo último que quería hacer.
Valentina se quedó allí, mirando el papel que tenía frente a ella, como si pudiera hacerlo aparecer de la nada solo con su mirada. Por supuesto, no pasó nada.
—¿Mi informe? —dijo, parpadeando varias veces. No tenía ni idea de lo que estaba pasando. Se la habían dado un tarea (o eso pensaba) el día anterior, pero en su caos, ni siquiera había tenido tiempo de mirarla.
Álex suspiró, y Valentina pudo haber jurado que él emitió un sonido que indicaba un nivel de frustración que, sinceramente, no le había esperado de él.
—Si piensas que esto va a ser una serie de comedia, estás muy equivocada, Valentina. Haz lo que se te pidió. —Álex se giró rápidamente y, como siempre, se alejó sin esperar respuesta.
Valentina se quedó ahí, observando cómo se iba, como si la vida misma estuviera tomando un respiro antes de darle el siguiente golpe.
—¡Ay, Dios! ¡Esto es más aterrador que un examen sorpresa! —se dijo, mientras se sumergía en la carpeta desordenada sobre su escritorio. ¿Dónde estaba el famoso informe?
Cinco minutos después, no solo había encontrado el informe (por accidente, claro), sino que además había derramado café sobre él. La mancha marrón comenzó a extenderse como una obra de arte moderna, cubriendo la mitad de la página.
—No puede ser, Valentina… ¿de verdad soy tan desastrosa? —murmuró, mirando su taza de café vacía, como si ella pudiera volver a llenar la taza con un solo pensamiento.
Era en ese momento que alguien tocó la puerta. Álex.
—¿Qué pasó con el informe? —preguntó, con una voz que no sonaba ni remotamente sorprendida. Como si lo hubiera anticipado.
Valentina miró la página manchada. Estaba perdida. Se levantó, tomando lo que quedaba de su dignidad y de su profesionalismo, y dijo:
—Bueno… veamos lo bueno, ¿no? Al menos ya no se puede leer lo que está ahí.
Álex no mostró ningún signo de empatía. No hubo ni una sonrisa, ni un suspiro de compasión. Solo su expresión de mármol.
—Eso no es "bueno", Valentina. Lo bueno sería que lo hubieras hecho correctamente. Ahora, si me disculpas, voy a revisar las cuentas de la empresa. Si aún no tienes ese informe listo para el mediodía, tendré que considerar otras opciones. —Y se giró tan rápidamente como un tornado.
Valentina no podía creerlo. ¿¡Había dejado su oficina sin ni siquiera un "gracias"!? Como si la vida misma hubiera decidido ser una especie de serie de suspenso, sin final feliz.
—¿Otras opciones? —susurró, mirando el papel. —Esto es horrible.
A las 11:45 de la mañana, Valentina se encontraba en el pasillo, mirando a su alrededor como si estuviera en un episodio de un programa de supervivencia. ¿Debería buscar más café? ¿Debería esconderse en el baño y pretender que está trabajando? Todo parecía una tragedia.
En ese momento, alguien la llamó.
—¿Valentina? —La voz era suave, pero tenía ese toque nervioso que todos los novatos comparten en sus primeros días. Era Martina, una de las compañeras de trabajo de Valentina.
Valentina se giró rápidamente.
—¡Ay, Martina! ¿Qué pasa? —dijo, ya sintiendo que había dejado una mala impresión en la primera hora de trabajo.
Martina estaba sonriendo, pero se veía un poco inquieta.
—He notado que parece que todo te está yendo al revés hoy. ¿Te ayudo con el informe? —dijo, sin perder su sonrisa.
Valentina respiró aliviada. ¡Alguien más estaba dispuesto a ayudarla!
—¡Ay, sí! ¡Por favor, ayúdame! Este trabajo es mucho para mí, y mi vida parece que está a punto de caerse a pedazos. —Valentina se desplomó sobre su escritorio, mirando la pantalla de la computadora como si fuera un rompecabezas imposible de resolver.
Martina se acercó a su escritorio, mirando la pantalla de la computadora. Se acercó aún más y luego, de repente, su expresión cambió.
—¿Valentina? ¿Por qué tienes… un email de Álex Montes? —Martina levantó una ceja, mirando la pantalla con asombro.
Valentina, completamente confundida, levantó la vista. Álex Montes estaba de pie frente a ella nuevamente, y esta vez no parecía nada divertido.
—¿El informe? —dijo con voz fría, como si ya estuviera esperando esta escena.
Martina estaba completamente congelada. Valentina, por su parte, no sabía qué hacer. ¿Debería pedirle disculpas? ¿Hacerle un chiste malo para aliviar la tensión? ¿O simplemente esconderse debajo de la mesa?
—¿Tienes algo que decir, Valentina? —Álex la miró fijamente.
Valentina, con una sonrisa nerviosa, dijo:
—Bueno… si tú puedes no ser tan serio, tal vez yo pueda empezar a trabajar correctamente.
Álex, sin una sonrisa, simplemente dijo:
—Tienes cinco minutos para resolver tu desastre. El café, el informe, todo. Y por cierto, espero que la próxima vez no pongas la excusa del café.
Valentina lo miró, sus ojos casi brillando de pavor. Sin embargo, antes de que pudiera articular una palabra, Álex ya había salido, dejando un rastro de hielo y desolación en su camino.
Valentina sabía que no podía seguir con este desastre. ¿Cómo iba a sobrevivir? Había perdido el control, pero ¿era esto realmente el final de su esperanza en la empresa? ¿O tal vez había algo más bajo la fría superficie de Álex Montes?
¿Seguiría perdiendo el control, o había algo más que aún no había descubierto en su jefe?