Cuando el reloj dio las ocho en punto, Valentina ya había muerto emocionalmente tres veces, resucitado dos, y estaba en proceso de una tercera reencarnación mientras se acercaba a la oficina de Álex.
Cada paso se sentía como caminar hacia un ritual místico.
O una ejecución pública.
Con Álex nunca se sabía.
—¿Por qué tengo que venir sola? ¿Por qué a las ocho? ¿Por qué habla como si fuera a darme una profecía? —murmuró mientras apretaba el portafolio—. ¿Y por qué diablos vengo? Ah, sí… porque soy una oveja obediente con tendencia al drama.
Llegó a la puerta.
Respiró.
Tocó.
—Pasa —dijo la voz profunda, amortiguada desde dentro.
Valentina entró… y se congeló.
La oficina estaba tenuemente iluminada, solo una lámpara encendida.
Las persianas medio bajadas.
Álex, sentado detrás del escritorio, sin saco, solo camisa y mangas remangadas.
Ella tragó saliva.
¿Por qué se veía ilegalmente atractivo así?
¿Y por qué su cerebro decidió apagarse en ese momento?
—Llegaste puntual —dijo él sin levantar la vista inmediatamente.
Valentina quiso responder “CLARO QUE SÍ, SEÑOR TEMOR CORPORATIVO”, pero solo logró decir:
—Eh… sí.
Álex se levantó, caminó hacia ella y se detuvo muy cerca.
Demasiado cerca.
Como siempre.
—Tranquila —dijo él al ver que ella parecía un pollo frito en ataque de pánico—. No te traje aquí para asustarte.
—¿Ah no? —Ella pestañeó—. ¿Entonces es un bono sorpresa? Porque eso sí me daría un infarto bonito.
Él la miró como si hubiera dicho la cosa más absurda del universo.
—No es un bono.
—Lo sabía —susurró—. Demasiado bello para ser cierto.
Álex caminó hacia la mesa de reuniones, donde había dos carpetas cerradas.
Señaló la silla frente a él.
—Siéntate.
Valentina se sentó… pero con las piernas temblando como gelatina de fiesta infantil.
—Necesito prepararte para la junta —comenzó él—. No puedo permitirme sorpresas mañana.
Valentina levantó una ceja.
—Yo tampoco, pero aquí estamos.
Álex le deslizó una de las carpetas.
—Este es el guion básico. Memorízalo.
Ella abrió la carpeta… y su alma abandonó el cuerpo.
—¡¿QUÉ ES ESTO?! —exclamó—. ¿Doce páginas de puntos? ¿Doce? ¡Ni mi tesis tenía tantas revisiones!
Álex la observó sin parpadear.
—La junta es importante.
Valentina apoyó la frente en la mesa.
—Señor Montes, con el debido respeto: si mañana digo todo esto de memoria, que alguien me haga un examen toxicológico, porque no seré yo.
Él se inclinó un poco hacia ella.
—No tienes que decirlo todo. Solo interiorizarlo.
Valentina levantó la cabeza.
—¿Interiorizarlo? ¿Qué soy? ¿Una esponja? ¡Yo apenas interiorizo que debo tomar agua al día!
Álex suspiró lentamente, como quien pierde la fe en la humanidad.
—Valentina…
—¿Sí?
—Intenta. Eso es todo lo que te pido.
Ella lo miró.
Por un breve segundo, vio algo suave en sus ojos.
Algo que parecía… preocupación.
Y eso fue lo que la mató emocionalmente por cuarta vez en la noche.
—Vamos a ensayar —dijo Álex, abriendo su carpeta—. Lee la primera parte.
Valentina se aclaró la garganta.
—“Buenos días. Gracias por su tiempo. Hoy vamos a presentar—”
—Stop —interrumpió Álex.
Valentina lo miró con desesperación.
—¡¿Qué hice ahora?!
—Tu tono suena como si estuvieras disculpándote por existir.
Valentina lo fulminó con la mirada.
—Disculpe que mi existencia no cumpla con los estándares corporativos, señor Montes.
Álex frunció el ceño… pero sus labios se movieron apenas, como si quisiera reír.
—Otra vez —ordenó.
Ella lo hizo.
Él volvió a corregir.
Ella volvió a equivocarse.
Él volvió a suspirar.
Pasaron veinte minutos.
Luego cuarenta.
Luego una eternidad.
Hasta que Valentina dejó caer la carpeta.
—No puedo más. Mi cerebro está caliente. Mis ojos están viendo doble. Y si sigo leyendo, esta mesa me va a demandar por abuso verbal.
Álex cerró su carpeta y se levantó.
—Ven.
—¿Dónde? —Ella lo miró con sospecha—. Si es otra carpeta, me tiro por la ventana.
—No es otra carpeta —respondió él mientras se acercaba a ella—. Es algo diferente.
Valentina se paralizó cuando Álex se detuvo justo frente a ella.
Tomó aire, como si estuviera organizando mentalmente lo que iba a decir.
—Necesito que confíes —dijo él.
Ella frunció el ceño.
—¿Confiar… en ti? ¿A estas alturas? ¿Con tu nivel de frialdad y mis habilidades de desastre ambulante?
Él la miró directo a los ojos.
—Sí.
Valentina sintió que algo dentro de ella desaparecía por completo.
Tal vez era la cordura.
—Está bien… —dijo ella en voz baja—. ¿Qué quieres que haga?
Álex extendió la mano hacia ella.
—Ponte de pie.
Ella obedeció.
Él levantó una mano y la colocó sobre su hombro.
Valentina casi dejó de respirar.
—Relaja los hombros —ordenó él.
—Estoy relajada —mintió ella descaradamente.
—No lo estás.
Le empujó suavemente el hombro hacia abajo.
La tensión se liberó lentamente.
—Respira —dijo.
Valentina inhaló.
—Otra vez.
Ella lo hizo.
—¿Ves? —preguntó él—. No vas a desmayarte mañana.
—No me desmayo —bufó ella—. Me tropiezo con elegancia.
—Como una jirafa recién nacida —respondió él, impasible.
Valentina lo miró con el ceño fruncido.
—Mira, si voy a caerme, mínimo avísame para caer hacia tu escritorio, que es más blandito.
Álex parpadeó.
Luego negó.
—Eres imposible.
—Gracias, lo intento.
Él soltó un leve suspiro derrotado, pero en el fondo, la esquina de sus labios subió un milímetro.
Cuando estaban a punto de terminar, Valentina notó que Álex se quedaba mirándola un poco más de lo usual.
No con juicio.
No con frialdad.
Con algo… distinto.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
Él tardó en responder.
Pero cuando lo hizo, su voz sonó extraña.
—Valentina… necesito que mañana no dudes de ti.
Ella abrió la boca, sorprendida.
—Yo nunca dudo —dijo, haciendo una pose dramática—. Solo entro en pánico profesionalmente.
Esta vez Álex sí sonrió.
Una sonrisa completa.
La primera que ella veía así.
Y fue tan inesperadamente cálida… que Valentina sintió que el piso se movía.
Pero antes de que pudiera procesar nada, Álex se acercó un poco más.
Lo suficiente para que ella sintiera su respiración.
—Mañana estaré contigo —murmuró él—. No tienes nada que temer.
El corazón de Valentina explotó como un confeti en pleno festival.
—Álex… —susurró sin querer.
Él la miró, serio.
—¿Sí?
Pero Valentina tragó las palabras.
No sabía qué decir.
No sabía qué pensar.
No sabía si estaba a punto de desmayarse de verdad esta vez.
Se separó un paso.
—Entonces… nos vemos mañana —logró decir.
—Mañana —repitió él.
Valentina abrió la puerta, aún con el corazón dando volteretas.
Antes de salir, escuchó la voz de Álex detrás de ella:
—Y Valentina…
Ella se giró.
Álex estaba mirándola de una forma… peligrosa.
Demasiado peligrosa.
—Si mañana te pones nerviosa —dijo—, mira primero hacia mí. Solo hacia mí.
Valentina se quedó sin aire.
—¿P… por qué?
Álex sostuvo su mirada un segundo largo, intenso.
—Porque funcionará.
La puerta se cerró detrás de ella antes de que pudiera preguntar otra cosa.
Suspenso
¿Por qué Álex quiere que ella lo mire primero?
¿Qué planea realmente para la junta?
¿Y por qué su mirada parecía esconder algo más… algo que Valentina no está lista para enfrentar?
El día de la presentación llegó.
Y nada volverá a ser igual.